Autónoma e independiente, paloma.

”Adiós, María Teresa, adiós. Esta mañana tenemos veinte años”.

R. Alberti

Distraído y absorto en la deliciosa sensación de odio que sólo un busto bien hecho de un escritor basura puede otorgarnos, se encaminó hacia su librería más cercana.
Fue al centro de Madrid y tardó más de una hora, teniendo en cuenta que viajar en esta ciudad marchita es harto complicado. Quieras o no, tienes que entablar algún tipo de comunicación humana o animal con cualquier semejante, y resulta tedioso. Debemos comprender que hay veces en las que uno, pues no quiere hablar, no quiere hablar y ya está. Lo entenderíamos en cualquier caso. Me explico, un poeta sale a recitar en un bar y tan sólo promueve un canto silencioso de suspiros de mierda. El público empieza a mirarse en plan, qué le sucede a este tipo. En realidad no le sucede nada, sigue haciendo poesía. Después de todo, a ver quién es el imbécil que se llama así mismo poeta.

Antes de entrar, sintió un par de monedas en el bolsillo de la chaqueta, al lado del reloj. Llamó desde la cabina que estaba más cerca y se compadeció de un hombre que pedía dinero tirado por el suelo. Hizo como que llamaba por teléfono. Gesticulo, asintió un par de veces y rióse diciendo: – Sí, sí, dentro de un rato nos vemos, nos vemos. Claro, claro cariño, yo también te quiero (observe la pandemia hecha mentira universal, universalitatis). La gente comenzó a mirarle envidiando, pudriéndose en ácidos nucleicos como el que leva el ADN, A D N, DNA en inglés. De ná de ná en español de Andalucía.
Como digo, saboreando la toxina que produce el veneno de la empatía que uno no llega a tener en su vida, ejemplo: Soy un bebé, el bebé de al lado tiene un chupete. Lo quiero. Se lo quito y que se joda, ahora es mío y yo no pienso en sus mejillas sonrojadas por la vergüenza que le produce ponerse a llorar. Los bebés lloran de vergüenza.

[Un momento, estoy escribiendo esto y resulta que habían cortado el agua de mi letra. En el edificio. Total que se ha puesto a llover y ha vuelto el agua]

Finge collars, es decir, cuelga. Mira al mendigo y le da las monedas que lleva encima. Se cuela un billete con la cara del rey de España, ¡Abajo la corona! Entra en la librería y no puede creerse que un escritor esté dando vuelvas por allí. Inmediatamente corre a coger uno de sus libros, que no tiene, y se lo compra. Inventa un bolígrafo y empleando las formas habituales de tratamiento le pide que le firme el ejemplar. Este le dice que le sorprende que le haya reconocido, pero que al fin y al cabo debe admitir que es habitual que los escritores conocidos se paseen por las librerías. Este ritual forma parte del ”hacerse consciente del volumen de ventas”. Desilusionado y apartando un objeto invisible con el pie, se pasa la mano por una melena blanca que empieza después de la frente, la experiencia y las canas: en la parte media del cráneo. Dice que no ha vendido nada, que la gente ya no consume poesía. Él y otros conocidos no venden, los que lo hacen no tienen nombre, se esconden bajo una historia de mierda que se ha inventado algún becario con su vida de mierda- afirma un comunista, el exiliado, el comunista traidor, la paloma. A día de hoy nadie sabe qué cojones simboliza la paloma.

El lector triste le enseña que él sí ha comprado su libro porque sigue amando la poesía. El escritor le mira con aires de superioridad, como si estuviera contemplando su propia obra e intentando modificar su versos, cada una de las lecturas que admiten sus estrofas y no encuentra ningún camino para hacerlo. Sus palabras dejaron de pertenecerle en cuanto las puso por escrito para pertenecer a una amplia mayoría denominada: público.

El verdadero pesimismo lo llevaba a cuestas el maldito (sinónimo de dichoso) escritor, cuyos malditos (en el sentido de puñetera y netamente buenos)versos le iban a acompañar hasta que lo enterraran boca arriba soñando la noche hasta el final. Girando y corriendo en una gran rueca de animal de compañía sin decidirse a bajar porque no sabe qué. No sabe qué. No sabe qué pasa si deja de correr.

Al año siguiente este tipo se marcho al mar, donde estaba su pueblo, un pueblo de la costa de este p-p-país y murió tiempo después. Él y otros hicieron como JRJ. Revisar continuamente su obra. ¿Y todo para qué? Para nada, puesto que revisar la obra, AFIRMO, la vida de uno es espantoso. Su obra no dejaba de ser su vida, y si no se vendía, pues no se vendía. Su obra ahora eran los lectores aficionados a su pluma, ese era su legado. Una tropa de locos que prefieren perpetuar el misterio del caballo que galopa, de la paloma.

El otro tipo era plenamente consciente de su vida, la literatura le afectaba en tanto en cuanto ese día se marchó a su casa estúpidamente feliz con un libro firmado por un poeta, tal vez bueno, recibiendo en el mismo instante en el que atravesó la puerta una bofetada de su mujer y una semana sin conversaciones íntimas de carne por no avisar de que no iba a llegar a comer.

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1Nota: El lector creo que es un sucedáneo de mi padre pero puede que esta historia no existiera de verdad, ni por su parte ni por la mía.

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