”Ojos negros”

En el horizonte de la calle, bajo el árbol gris pedalea, pedalea un hombre con unas migas de pan en una bolsa de plástico, amarradas a la parte de atrás de su bicicleta, pedalea, pedalea, y no se le cae ninguna. Están atadas con una goma verde arañadas de colores: rojo, amarillo, naranja. No son migas, son trozos de pan, pan duro, pan blando, las gallinas ya están escuchando el eco del mendrugo sobre el suelo. Y yo escucho a través de mi sordera urbana, gracias a mis ojos estúpidos bajo unas gafas de mierda el roce que hace el plástico que las cubre cuando rozan sus deportivas cansadas. Pedalea, pedalea y no se queja en absoluto. Va la familia lenta en un coche y este hombre mira hacia el final de la calle como buscando los ojos a su casa. Pedalea, pedalea sin prisa. El reloj del coche pasa y tu tiempo pasa lento, pasa lento… se invierte en el sueño. ¿Dónde estarán esas gallinas cluecas? ¿Pondrán huevos? Yo sólo he venido a observar, a ver cómo muere el día y da pie a la noche en la carretera que me lleva a mi casa, en la carretera de Castilla, un lugar ancho y misterioso. Un sitio que no conoce nada, y todos tratan de cabalgar. Sigue pedaleando, muriendo menos en este pueblo transitado por turistas de aquí y de allá, que vienen, que van, que se marchan diciendo: He estado aquí, he estado allá. Los únicos que pueden decir eso, son los que han gustado la tierra en sus papilas, han gozado del trigo en sus pupilas, han tomado el pálpito del rumor de voces de los siglos y se han quedado a vivir donde les corresponde. Un lugar donde han visto por primera vez la vida, y aún les falta tiempo para saber que morirán allí. Ahora recuerdo la voz fuerte y esplendorosa en mi recuerdo de ese hombre, el campesino es hombre, sentado en el borde de un banco de piedra diciendo a la juventud que es en el campo donde uno no se marchita, que es en el campo donde uno vive. Que si pudiera dar todas sus cosas por vivir otros cuarenta años lo haría. Pero tanto nosotros, simples incidencias, y ellos, tan sólo hombres, sabemos que vamos a morir. Ni si quiera la eternidad de Castilla podrá liberarnos de los campos de espino. Sólo aislarnos en un recuerdo y quedarnos a morir en él.

La vuelta fue mejor, al alejarnos de la noche, de las vías, de los campos, de Castilla, de los hombres y mujeres, de la comida y el horror, recordé cuando era yo la que conducía de noche con música y amigos y a la derecha había un cartel indicando un pueblito: Ojos negros. Qué bonito sería decir: Yo morí en Ojos negros. Pero nunca podríamos decirlo si estuvieran nuestros labios silenciados. Mur…mu…llo.

El pueblo se divisaba desde lo alto, desde lejos, desde la nada. Unas luces titilaban en la oscura, oscura. Los muchachos se acurrucaban en lo claro, claro. Y entre un recuerdo y otro yo agarré la mano de mi abuela diciéndome mientras miraba por la ventana del coche: Te quiero, nieta. Y yo, no lloraba.

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