Los ojos de un extraño

El metro, el ascensor o el autobús. Lugares donde tienes que mantener conversaciones insustanciales del estilo: Vaya, veo que llevas un abrigo muy calentito, hace ya frío, ¿Eh? o simplemente te paras a pensar que esas botas blancas están en peligro de extinción. Deben morir, como lo hicieron los pantalones de campana o Juana de Arco en el fuego. Combustión lenta…

Sin embargo, es el transporte público el único lugar donde podemos mantener charlas sin decir una sola palabra, gesticulando y mirando fijamente a los ojos, sin que implique una falta de respeto. Aquí en España se hace mucho, eso debemos admitirlo, a pesar de toda esa masa relativista que siempre tiene que decir: Perdona, todo es discutible. No, todo no. Las botas blancas no son discutibles, son enjuiciables y encarcelables. Yo no tengo por qué aguantar piernas escayoladas, porque se extinguieron en los ochenta y quedó clarito en la Constitución.

El caso es, que corrí hacia el vagón. Era el último y no quería aguantar el frío del autobús y los hombres raros que se suelen sentar atrás y que se dejan caer después de mí por la zona. No quiero,
!Parot-istas! Lo que quiero decir, es que acurruqué entre un tipo con cartera y gafas redondas y una pareja que no paraba de insistir en tareas del hogar:- Ah… o sea que…Te gusta lavar platos, ¿Eh? ¿Quieres que lavemos platos todo el domingo por la tarde?; – Oh, sí me encantaría lavar…los platos…ehm… bueno… platos (risa estúpida) Platos… Pero luego ordenamos las fotografías del verano 2010… ¡Hola! Vomito. Me recordó a esas veces en las que llamábamos a una amiga (antes de cumplir los 19, que con 18 aún nos queda algo de respeto), diciéndole que si había comprado las pizzas para esa noche, pizzas con patatas y Coca-Cola, pajitas, hielos…

Un hombre que se sentaba delante de mí no paraba de mirar a otro. Llevaba una bolsa en la mano, de unos viajes, no lo sé bien. Era azul, con unos dibujos de unas alas, bolsillos en los laterales y no parecía de buena calidad. Él otro llevaba un libro, perdón, una mierda de libro del último Vargas Llosa: Vargas Llora. Le miró de arriba-abajo, puso cara de asco, de miedo, estaba inseguro, no paraba de mirar la bolsa. Miro hacia un lado y hacia el otro, como dando a entender que él era el único que se estaba dando cuenta. Incluso sus manos eran tragedia, una carretera accidentada de líneas que levan a ninguna parte. Se puso en pie, dudó y finalmente se fue. El tren arrancó, me senté en su asiento y vi la cara de aquel hombre sujetando una mochila. No sabría decir si era árabe o hispano. Lo que se acababa de ir sabía perfectamente lo que era. Me levanté y me puse de pie, prefería seguir vomitando. Botas blancas, botas blan…cas…bo…tas…blan…cas.

”Es tar can sa do tie ne a las”

Luis Cernuda.

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