¿Que quién soy?

A Dolores Mendo Cano-Manuel, por amiga.

Tras un inusual, por lo poco frecuente, de un conglomerado de palabras trabadas, colocadas de forma absurda, vino un ¡Ay, Dios mío…! Suspiro propio de cualquier poeta sensible, de los poetas estupendos de toda la vida. Chica-mi-creo que…- tú-bueno-pienso que…- y otros disparates como atenuante de un título de una canción de cualquier diva negra de Harlem: You’re the woman of my life, babe. Después del susto, sin embargo tan cálido y agradable, me sosegué y me fui a la iglesia, a cultivar mi misticismo. Porque otra cosa no, pero los españoles llevamos el misticismo a rajatabla, nos corre por las venas ardiendo por hectáreas.

Tomé asiento siguiendo a mi amiga y colocando el abrigo a mi lado en el banco. Apenas reparé en él. Sentí su rostro en mi nuca, yerto y hueco, con los ojos azules cristal, como los de las vidrieras de las paredes, azules como el agua que tal vez alguien utilice para limpiar el cáliz del altar. Azul como el frío que se cuela por debajo de la puerta del templo. Azul como mi pensamiento que se vuelve a girar hacia el mar.

Lo vi mejor por primera vez cuando comenzó el coro a cantar una canción que me disgustaba. Llevaba una chaqueta de cuero color arena derruida por los codos y desgastada por los hombros, como la chaqueta de Walt Whitman de pana, magullada por los rayos de luna que le habían tocado. Tenía el pelo despeinado, unos vaqueros y una vaga armonía en la cara que me inquietaba y me fascinaba a partes iguales. Pude ver que sus hombros en dirección a sus manos terminaban con el abrazo último de éstas, estrechándose, y mostrando un silencio que tal vez no existe, un respeto mudo a las imágenes. Tuve que darme la vuelta al comprender que no estaba bien observarle con tanto descaro tan de cerca, por mucho que estuviera pensando en el mar y sus pestañas dormidas. En ese momento cerré los ojos sólo un momento y pude distinguir el gorgoteo de voces, que sin cesar unían sus oraciones con tercas palabras de súplica, con amargas palabras de perdón y de abandono.

El color morado del altar penetró mi pupila adentrándose en una parte difícil de comprender de mi tierra. Te quiero, te quiero, te quiero… yo también te quiero… pensé que decía casi susurrando a mis recuerdos vivos del día anterior. Del instante anterior. De una conversación de esa tarde sin ir más lejos. Yo te quiero, te quiero, también lo presiento, tal vez te quiero, creo que te quiero, te quiero, te quiero, te quiero… Pensé en las manos de aquel hombre, rico de espíritu y pobre común. Era como el señor de los pañuelos, eran los mismos ojos, aquel velo extraño me inundó de un sopor, como un sudor frío. Estaba sentada delante de los ojos de un niño, de una infancia prohibida, una madurez insustancial y ahora permanente. Un fruto rojo que no cae del árbol pues no hay quien lo recoja. Tal vez por eso acudió aquella tarde a la Iglesia, llegar a tierras de lo sagrado compartiendo un aire cargado de otros frutos. Se alza ante mí la figura de un árbol en medio de la sala haciendo balancear sus ojos de una parte a otra. Se crea un clima de espanto lleno de amor sin nombre. Te quiero, te quiero, en cuanto te vea te lo diré, te lo diré claro, como la arena de la playa en la que nos conocimos, te lo diré simple, como dar las gracias sin recibir nada a cambio. Te diré de la forma más sencilla que te quiero, sin que ello implique tener miedo a hacerlo. La cañería de mi vida destilaba ese sentimiento que hace que el mar se rompa en olas en la playa, y que retroceda siempre, pero que también vuelva. Eso quiero que sea mi amor. Constante y llano. Sí, sí así es como quiero.

A la luz de las almas del lugar, dejé el pino de los bancos de la Iglesia. Me giré y aquel hombre ya no estaba. Recordé el tacto de su mano al desearle una paz verdadera, sin palabras, salvaguardando la mueca gentil de su boca, hacia la izquierda. Ya no estaba, ya no estaba. Cerré los ojos una vez más y aprecié la belleza de las manos del mendigo de al lado de la casa de una amiga, unas manos llevas de verdad y de tristeza: de vida. Aquellas manos estaban sin embargo tatuadas y subían los dibujos erizando la piel como el agua que se vuelve escarcha. Pero ambas eran similares, llenas de luz. Como un te quiero, así de fácil, se nos escapa. Parece que la vida se encuentra hoy en cotas más bajas, en lugares más alejados de la frecuencia del ser humano. Primero ellos, luego Clemencia Miró. Ahora mismo un compañero, que lleva el mismo abrigo que aquel hombre con rostro de ángel caído. Creo que por fin he puesto tez al vivir.

Gracias de antemano. Clemencia: clemencia.
Gracias de antemano.

a,

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