¿Quién eres?

El asfalto amorata las ruedas de mi coche, que piden un cambio a gritos. Sin embargo como no entiendo de coches y es él quien se encarga de decirme: ¿Cómo no puedes saber eso?, todo parece ir bien, de momento. Tras una mañana demasiado productiva en la que pude avanzar un pasito en mi pequeña investigación me vino a la memoria un nombre que acababa de leer: Clemencia Miró. ¡Cómo! ¿Es que acaso no es suficientemente cruel? Repasaba unos papeles que había guardado en mi ordenador para mi pequeño proyecto mientras leía sus versos: ”…Y tú silencio ,ahogado por la tierra, nuestro mensaje más desesperado”. Me pregunté de dónde podía proceder esa voz tan triste. Al llegar a casa pude averiguar que era la hija de Gabriel Miró, cuyo nombre vivía en las clases de un maestro hacía dos o tres semanas por lo menos. Lo hizo revivir de su memoria a través de la palabra, una mirada indicando su importantica, atractivo e interés y su ya manido: –Tal vez alguien debiese trabajar acerca de ello, no tenemos nada.

Dejé la biblioteca por cuestiones fisiológicas: me moría de hambre, de sueño y de frío. También de antipatía, pero esto es más personal. Salimos y nos despedimos, me dirigí al coche de mi amiga, quien me devolvió los libros de filosofía que cogió prestados de mi facultad y que yo debía devolver el lunes sin falta. Pensé que tal vez su voluntad obligaría a la mía a empezar con la organización dirigida a los exámenes. Pero no. Ahora escribo esto y pienso que tal vez lo mejor será que mañana me quede durmiendo y ya veremos. Pero como nada en la vida es como uno quisiera, mi madre, diligentemente, me echará de la cama mientras le suplico cinco minutos para poder soñar, y vivir lo que sea.
Una vez en el coche, miré al asiento del copiloto, donde había dejado los libros que nutrían mi trabajo, y la verdad, que el conocimiento no ocupa lugar, diremos a partir de hoy que hace compañía. Mi vecino al verme pasar con la lengua fuera, el bolso medio descolgado y el abrigo medio quitado, enseñando los hombros de forma tajantemente sensual me dijo algo así como: -¿Todo eso vas a estudiarte? Yo y yo misma coincidimos en que lo más apropiado era dedicarle una sonrisa amable que expresara: Claro, esto y mucho más. Mi otro yo, el asquerosamente terco dijo que eso y mucho más es lo que tendría que leerme para un 25% de una asignatura. Además lo hizo rechistando. De todas formas no es tan sólo leer, es asimilar y comprender. Llegados a este punto, creo que señalaré, no sé, me parece correcto, que no todo el mundo que lee comprende lo que alguien trata de decirle, y por supuesto no todo aquel que escriba transmite en condiciones su mensaje divino. Una vez en casa tiré todos los libros por la mesa y alzando la cabeza me di cuenta de que no todos eran de la biblioteca, un par de ellos eran de mi estantería y que dejaban un hueco tal vez insustituible. Los volví a colocar, tomando la determinación de cogerlos y usarlos, para volver a ordenarlos después. No está bien mantener una ausencia, les dije a sus compañeros. Una antología de Góngora y un libro enorme de Ian Gibson.

El caso es, que al volver hacia mi casa, tuve que pararme en un semáforo que está relativamente cerca de mi colegio. Es un punto digno de mención, se pueden ver hasta tres gimnasios. Al primero le separa un cruce del segundo, que está al lado de un restaurante chino, y el nuevo, o sea el tercero, que era antes un taller de coches (Ironía pragmática) tan sólo veinte metros cuesta abajo. Me agarré fuerte al volante pensando en que era una estupidez, tanto músculo, tanto músculo. Dentro de mi coche, y aún con Miles Kane sonando, olía al cloro de la piscina, al bolígrafo que usaba la secretaria del gimnasio al lado del restaurante (Sí, hice baile allí. Un tiempo), y también creí distinguir el olor a aceite quemado, casi como nuevo, según el dependiente.

De uno salían en ese momento unos chicos con mochilas de deporte, el otro no desprendía signos de estar en acción, debe cerrar en fin de semana me dije. Sin embargo una camarera salía con una bolsa de basura, cuyo contenido prefiero que se mantenga en el anonimato. El último. Una luz alumbraba la parte de arriba, lo que antes pudieron ser oficinas, ahora era una sala llena de colchonetas con gente haciendo unos movimientos…¿Raros? Extravagantes, casi de Vanguardia. En mi ventanilla un hombre muerto de frío, y yo quejándome, vendiendo paquetes de pañuelos. No entiendo por qué no abrí la ventana y le compré uno, algo me detuvo y no sé que fue. Ni si quiera pude mirarle a los ojos y decirle que no, tan sólo cogí mi teléfono buscando algún mensaje de alguien. Recordé que es suya la esquina del parque que queda a la derecha de esta curiosa Villa Olímpica de barrio, es suya la sombrilla y la silla de playa con cartones y mantas. Miré el termómetro de aquella noche y juré volver a pasar por allí, sin saber si la próxima vez abriría la ventanilla o no. Y finalmente pensé en Clemencia, Sólo puedo mirar hoy tu mirada que diste a este paisaje o en sus caminos encontrar tu paso, pero te sentiré vital junto a mi vida sabiéndome hija tuya y escribiendo con esta pluma que guió tu mano, en esas personas olvidadas por la crítica porque alguien de forma inconsciente la confundió como simple heroína, un refugio vivo de la obra de su padre y nada de ella. No hay nada. Como si nunca antes hubiera existido. Y cerrando los ojos me atreví a imaginarme los ojos de aquel hombre, eclipsados por una sociedad, también crítica.

Clemencia Miró

¿Qué se esconde tras tus ojos, Clemencia? ¿Quién eres?

a,

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s