El escritor de los cien años

El 11 de noviembre de dentro de diez años, serás ese escritor del que hablo. El escritor cuyo nacimiento sea conmemorado, homenajeado e incluso ese tipo al que le dedicaron una especie de congreso cuyas actas se pudran en alguna universidad de provincias, ¿Debe parecerme bien escribir o leer algo así?

El año pasado, decidí comprar un libro: Tiempo de silencio, del que se me habló en el colegio, título que reposaba en mi memoria. Mi mente pueril no recuerda detalles de dicho acontecimiento. Iba en el autobús cuando comencé a leerlo. Tardé el trayecto completo en leerme las dos primeras páginas, honestamente ante todo, no entendí absolutamente nada. Hoy, a día 30 de diciembre de 2013 entiendo que se suscribe a un realismo-dialéctico, cuyo terror pesimista es el testaferro de aquellos tres inconformistas barbudos (bigotudos en el caso de ”Azorín”). Lo que no quiere decir otra cosa que: el escritor ha comprendido la realidad, asiente y cada palabra se ha elegido con sumo cuidado y temple para describir lo que tiene delante. El instrumental médico, las ratas de Madrid, el poblado gitano y ese olor a ron que deleita a la señora de la novia de un usted, teóricamente biográfico, me emborrachó. Es una realidad palpable que parece de mentira, y lo que es más importante: hicieron película, una película que deja mucho que desear (según me han dicho que tengo que opinar), y es raro, rarito porque leer la historia en sí es como ser espectador de una escenografía abrumadora. Lo que se ha conseguido decir a través de las palabras es mejor no tocarlo, que bastante trabajo lleva persé. De hecho Wittgestein dijo algo así como: decir encierra la posibilidad de decir algo, pensar presenta opciones a la hora de pensar en algo, pero decir algo que se piensa, eso es otra cosa. (Lo digo de memoria, ni siquiera tiene por qué ser cierto)

Este señor, que como Baroja fue médico (abundan los médicos plumilla), es otro de los escritores del NO, señor Vila-Matas. Escribió Tiempo de silencio, dejó la continuación en manos de J.C Mainer y entre unos papeles suyos se encontraron el título de tres novelas que pensaba escribir. Una de ellas de ambiente carcelario. Sólo espero que esa idea esté flotando por el aire y que algún día llame a la puerta de algún inconsciente que reciba el nombre de escritor.

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He leído algo sobre los escritores del NO.

Vuelvo a mi casa y se pone a llover y pienso, qué fantástico, tengo el pelo muy limpio. El caso es que no sé cómo mirando la ventanilla de un coche llena de gotas me he dado cuenta de que hacía tiempo que no escribía y he pensado que tal vez padeciera el síndrome de Bartleby que reseña Vila-Matas en su libro: Bartleby y compañía (Gracias Pablo). No es más que un personaje de Mellville bajo el que se esconde un hatajo de hombres temerosos de escribir y ser juzgados. Son una panda de cautos y poseedores de la máxima inteligencia a decir verdad, porque todos tenemos miedo y sólo han hecho lo que pudiera esperarse de esta vida: confesarnos débiles ante el juicio del otro. Y no hay más.

Mi madre me ha preguntado que qué quiero como regalo de Reyes y yo le he contestado que quisiera un ordenador de Apple, evidentemente me he peinado para atrás y me he ido a mi cuarto haciendo la semicroqueta, porque mi pasillo es más bien estrecho. Esto en realidad ocurrió hace unas semanas pero lo recuerdo como si fuera hoy mismo. Tengo una rozadura en la rodilla del marco de la puerta contra el que me estampé. Entonces, en mi vida, manía estúpida, me aferré a la idea de que probablemente no volviese a escribir más si no tenía ese ordenador. Y ha sido en ese momento cuando he mirado las gotas en los cristales del coche cuando me he dicho, hoy más que nunca: Andrea, eres gilipollas y superficial. Una tecla es una tecla, aquí y en la conchinchina, en lo que piensas es tan sólo una marca. Hace tres años en nada que quería un coche. Un coche que me diera igual, ni bonito ni feo, tan sólo que fuese medio mío y que pudiera llevarme a donde quisiera sin dejarme tirada. Un bonito coche para mí, antiguo o feo para los otros. Una verdadera carraca que se pudiera resumir en la tautología siguiente: Tiene cuatro ruedas, por lo tanto anda.

Ahora aporreo las teclas de mi ordenador rojo, que para mí es bonito, y que tiene marchas de pegatinas que he quitado, y el cursor desgastado de mis dedazos. La inspiración realmente les viene y les va. Yo no creo en ella. Si sientes la obligación de escribir contigo mismo, hazlo. En ti está el mostrarlo o engullirlo. O dejarlo en un cajón como Kafka, y que venga otro a leérselo.

Mamá, quiero un boli bic.

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Lady averías o cómo no hacer un ensayo literario.

Llamad al no more drama y comed equilibrado si no queréis que os receten una medicina de cuyo nombre no quiere acordarme sin vomitar. Ahora mismo entre apuntes, libros y demás estafeta, me agobia pensar en un par de cuestiones, inquietantes digo, entorno a los trabajos literarios.

1. Todo es reciclable.

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2. ¿La reformulación se considera plagio? De ser así, alguien debiese meter mano en esta red de plagiadores: internet.

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3. El gustito que nos entra el encontrar páginas de periódicos referidos a las chorradas que estamos escribiendo en una hemeroteca.

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4. Las fotos.

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5. Los cotilleos.

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6. Por no hablar de los programas y series de la página de Televisión española.

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7. Las ramas.

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8. El paroxismo. No sé lo que significa esta palabra pero está en mis apuntes. ¿Qué dirá el DRAE? ¡EL PAROXISMO, EL PAROXISMO! Ya sé lo que es. ¡ES!

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9. La estupidez.

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10. Como no sé qué decir cito versos.

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11. La intelijencia.

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12. Los frutos de las ramas. Volvemos a las ramas: Jaime Gil de Biedma en Imprescindibles de rtve. No le deis a reproducir, que es tan sólo una imagen.

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13. Cernuda y su dandysmo.

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14. Machado. Si habéis visto la película Fahrenheit 451 y recordáis al hombre que se aprende El príncipe de Maquiavelo sabéis de quién estoy hablando.

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15. Por favor, que nadie haga caso a JRJ y a Pedro Salinas.

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16. Me voy a patinar sobre hielo.

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17. Esto casi parece un poema de esos, de mierda, que hacen algunos por internet. Mo-der-neo en la vestimenta, dejen de lado la palabra.

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”Zorra bonita” mirándole a los ojos.

Yo me pregunté entonces sobre aquel determinismo del que nos habló Santiago, si verdaderamente no podemos escapar de lo que somos por lo que son otros, es decir. Yo ahora mismo pienso en él, en su madre prostituta y encima pobre, pobre. ¿Es que acaso él ha heredado la pasión por aquellos que ella no tenía? Una pasión ardiente y desbocada. Pues no lo sé, ¿Por qué tiene que ser así? Su padre era un pobre desgraciado que únicamente se dedicó a bailar aguas, a prometer rosas frescas para finalmente vender plástico. ¿Dónde está la gota de lluvia del pétalo escarlata? Este hombre se enamoró de la muchacha pero al no tener dinero la suegra advirtió a la niña, este te quiere por una guita que no tenemos. Con las manos en la tripa ya abultada él se desentendió diciendo que se casaba con una mujer rica y hacendosa, de buena familia. Luego resultó que el padre de esa tierra prometida tan sólo quería tapar las relaciones de su hija con otra amiga y tener un marido verde, verde. Verde de envidia, que volvió a pasearse por la calle de la muchacha con un carro en la mano y una palma en el aire, por piedad. Huyó de allí corriendo y una vez subido al tranvía se fijó en los ojos de la muchacha para después taparse el alma para siempre, no vería jamás los ojos del niño. Jamás.
Y bien, lector, ¿Qué sacas de todo esto? ¿Por qué Santiago debe estar determinado? ¿Qué hay de Agustín? Cada uno debe vivir lo que quiera, pero el tema de la libertad es un terreno pantanoso y esquivo, y sobre todo harto de que la gente trate de explicar qué coño es la libertad y qué cojones hacemos con ella en ausencia de un dios mediante poemas, películas, filósofos aburridos y escritores que parecen faraones al querer dejarse la piel para que la gente recuerde que han escrito.

Santiago y Agustín quedaron en La fonda del peine para tomar un café. Era un bar de ambiente de la parte de atrás de Madrid, por donde se destilan las infidelidades y se airean los billetes de los políticos en el canalillo de alguna niña estúpida que baila. Podría ser cutre pero lejos de la estética del momento, la setentera, era de lo más refinado. Por eso le gustaba ir allí a Agustín, porque no olía a colonia barata y los besos no eran tan prohibidos delante de una taza bonita y chic.

Sentado allí, vestido con una camisa azul marino, vaqueros y zapatos trendy miró a los ojos a Santiago y le dijo que aquello se acababa. No tenía que tolerar que una zorra bonita le choteara en su cara. Santiago le dijo que las excentricidades eran culpa suya. Se pelearon y acabaron en el baño. Volvieron a la mesa y volvió a llamarle zorra, esta vez mala. Dijeron de nuevo que tenían que dejarlo que era lo mejor para los dos, las relaciones personales y el trabajo no se llevan bien. Lo que Agustín no entendía es por qué si le estaba bailando el agua al jefe de sección le había castrado llevándole a un departamento lleno de mujeres gordas bajitas y con el pelo corto que sólo hablan de comer, comer ah, sí y comer. No era nada empático el traslado. Resultó que Santiago estaba celoso porque Antonio le ponía ojitos a Agustín, pero vete tú a saber. El caso es que aquello quedó sobre el aire sin saber qué pasó pero bueno, cada cual, tras un tiempo volvió a su lugar dentro de ese engranaje modélico.

Sin darse cuenta salieron de la mano del bar y se metieron mano en el coche. Se apartaron corriendo y simularon una disputa en cuanto pasó el policía, que se agachó haciéndoles abrir la ventanilla y suspirando que terminaba en una hora y cuarto, que quisiera estar con ellos. Agustín sintió que algo malo estaba haciendo y le dio asco verse reflejado en el vicio del bigote policial. Aceleró dándole tiempo a Santiago para abrocharse el cinturón y dejarle en casa corriendo para ir a la suya, despidiéndose con un beso guarro y un: esto se acaba aquí.

Llegó a su casa y se acostó con su mujer, que no hizo preguntas. Apenas reparaba en el olor a Agua Brava.

”Zorra bonita” mirándole a los ojos, de Arneses y cuerdas, Clemencia Thieghou. Ed. Zarazúa 2003.

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”Hija de puta” fue lo que me dijo.

Una vez tuvo unos zapatos decentes, de un color adecuado y un betún cívico que cumplía su rol social: Parecer alguien. Con el tiempo, es decir, por trabajar tanto y de forma tan poco humana aquellos fueron perdiendo lustre y tuvieron que ser relegados a un papel totalmente secundario. Coincidió con el cambio de planta y de sección, de moda de caballeros, donde vestía a hombres de negocios, a toallas, cortinas, mantelería y cubertería. Menaje del hogar en definitiva. Delante de sus compañeros de trabajo supuso la castración, y de cara a su mujer, digamos que el alboroto final. En realidad se mostró satisfecha pues de un modo u otro Dios había provisto, y por fin su marido intervendría en la elección de los colores de los juegos de sábanas. ¿Qué quieres que te diga? Yo creo que a Agustín le daba lo mismo. Probablemente después de tener que vender paelleras y secadores tan sólo querría acostarse en una cama independientemente del color y el juego que hicieran con las cortinas, reposando en el pecho de su mujer triste y cansado porque echaba de menos oler la colonia del cuello de los hombres. El pecho de su mujer era el único que le hacía olvidar. Se veía caído, sin gracia ninguna con muchos lunares algunos de consulta médica pero nadie es perfecto. En ocasiones abrazarlo y hundirse en él le parecía obsceno y le hacía avergonzarse. Ese calor humano no es el calor que necesitaba, estoy segura. Pero sin embargo rodeó su cuerpo, y no le costó mucho. A pesar de todo era delgada y además guapa. Sé que os estabais imaginando a la típica mujer con sobrepeso e insatisfecha que tan solo cocina croquetas y se queja de lo cansada que está y no es así, hay que huir del estereotipo de hastío doméstico después de todo, ¿No?

Aquella mañana mientras se movía entre el silencio estático de los electrodomésticos y escuchaba el hilo musical de los grandes almacenes vio desde lejos la nueva sección que estaban colocando de ropa femenina al otro lado y cómo las clientas se agolpaban en las escaleras mecánicas. Deseo ser una de ellas y salir corriendo a por todos los trajes de baño de su talla y probárselos y correr por una playa arrojándose a los brazos de un hombre fornido y extraño que no tuviera rostro para no poder avergonzarse de nada. Miró de un lado para otro asegurándose de que la sección estuviera bien atendida. Se tocó las solapas de su americana, se estiró el traje de rayas azul marino pasándose la mano por la cabeza engominada. También acertó a introducirse una mano en el bolsillo derecho. Se dirigió seguro hacia ese bikini rojo con un aro dorado y un extraño estampado negro. Lo tomó entre sus manos y simulando coger la talla para una clienta se metió en el almacén, en el vestuario de los trabajadores. Se regaló unos minutos de contemplación frente al espejo, sintiéndose fuerte y vulnerable, sabiendo que su fin sería que alguien abriera la puerta en aquel mismo momento. Tuvo miedo, y fingió ser artista, una obra de teatro, Dancing queen. La canción de Freddy Mercury de I want to break fee rompió a los Abba y se cayó de culo al escuchar unos gemidos. Eran del cubículo de al lado. Se agachó en calcetines a mirar por debajo, por la rendija que comunicaba ambos y vio a Santiago desvistiendo al jefe de sección de caballeros. Chilló como una mujer y se sentó en la esquina cogiéndose las rodillas fuertemente. Lo cierto es que tenía un aspecto ridículo con la parte de abajo del bañador encima de los calzoncillos de cuadrados. Se abrió la puerta de golpe y se tapó con la americana.
Les miró despechado, herido y a la vez reconfortado porque no volvería a pasearse entre artículos de cocina. El jefe hizo una mueca de terror, Agustín sabía que era un vicioso, pero Santiago… esa maldita ramera… El jefe le miró con ojos misericordiosos y salió corriendo colocándose la corbata en su sitio. Santiago se le quedó allí observando lo patético fijamente. Agustín se levantó y se le cayó la chaqueta al suelo. Ambos se agacharon y de la sonrisa de Agustín dejó entrever un: Hija de puta.

Por ahí no paso, le dijo Santiago. Si mi madre no hubiera sido una puta y mi padre un tonto enamorado de otra que no le corrrespondía yo no hubiera sido esto. Hubiera sido alguien que no debe humillarse ante un grimoso jefe de sección y hubiera podido besar a quien me diera la gana, que para eso el mundo es nuestro. Le asió de la cadera.
Agustín soltándose como pudo y cogiendo la poca dignidad que le quedaba latente en sus palabras le dijo: Es que aún no te has dado cuenta. El marco es una filigrana. No importa de dónde vengas, sino que importa lo que tú quieras. Y lo que tú quieres es el interés.

Aquel día, ésta vez sí, una señora de los pies a la cabeza se compró un bañador que creyó adecuado para pasear por la playa cogida del brazo de su Antonio, el jefe de sección de unos grandes almacenes, donde la ropa de caballero. Tan distinguido y tan apuesto se enorgullecía de pasear con él cogida de su brazo vigoroso y protector. La espuma llegaba a los muelles, las olas a la orilla y rompiendo el agua un grupo de chicos pasaron corriendo luciendo sus bustos al sol.

”Hija de puta fue lo que me dijo” de Arneses y cuerdas, Clemencia Thieghou. Ed. Zarazúa 2003.

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Los muchachos andaluces.

A un profesor que admiro y que pierde la s- final.

”Donde libres de argollas se fugan los forzados”

J. Genet

Sabe el mar de su espuma como saben las alpargatas lo que es un muchacho andaluz. Al igual que también los olivos han perdido el miedo a ser azotados por el hambre, el olor a dinero, para poner un par de panes sobre la mesa de mantel blanco.

Míralos correr en la plaza, míralos bien que se escapan. Los muchachos andaluces, corren, los muchachos andaluces saltan. Míralos bien bajo el pino de la plaza.

Sabe la madre de su hijo como saben las drogas de la noche lo que es un muchacho andaluz. Al igual que también los chicos han perdido el miedo a diluirse entre la vida, el sueño amargo de la juventud truncada, para poner un par de panes sobre la mesa de mantel negro. El brillo de su pelo ha perdido en el muelle su virtud.

Míralos coger un autobús a Francia, míralos que sólo llegan a las Ramblas. Los muchachos andaluces se meten en hoteles, los muchachos andaluces soplan a otros hombres. Míralos bien en el bar de la esquina, con faldas de otra, van de mujeres bonitas.

Míralos bien, cómo crecen hacia dentro. No son niños lo que ves, son adultos serenos. Sus labios son trazas en la noche, la luz oscila en su pecho, una medalla de oro en el cuello un clavel en el pelo.

Muchachos andaluces esquivos, huid de la noche. No dejéis que os coma los sueños.
Todos envidian vuestra alegría fúnebre, todos saben qué tipo palpita bajo vuestras camisas rosas.
Qué tipo de alegría destruis, qué tipo de vivir os toca.

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Hombres y amigas.

…Falleció de niño, ya no existe”.

V. Aleixandre.

Tantas veces entre amigas se habla de cosas que tal vez no se recuerden más que entre suspiros hegemónicos. Aún se siente aquí (el dedo índice encima de un jersey de lana rojo donde debiera estar el corazón). Mientras conversamos, un cielo encapotado tras una puerta de cristal metálica, y detrás, como suspendido entre árboles se imprime el gesto de un hombre cuyos labios parecen la delgada línea entre las hojas flotando en el suelo, y el color tan gris que se funde en la ceniza de sus manos, manos delgadas, las suyas, tal vez te las sepas, dedos mezquinos, tez fría y soñando. Sus zapatos mohosas piedras ancladas al cemento, vaqueros melódicos… y yo sé que tú… respondes ante un hasta luego. Una despedida que parece un saludo, y que se quedará alojado donde antes (línea segunda de este texto).

Yo sé que se ha quedado anclada en tu memoria esta visión estropeada de mis ojos, cuando bien pudieran estar hablando los tuyos. Pero de hecho lo han hecho allá donde yo no puedo seguirte. Lo han hecho aquí (el dedo índice y el corazón llaman a tu frente en repetidas ocasiones con pelusas rojas), mientras deambulabas intercediendo en el camino de la luz y de la sombra en nombre de un amor que dices it’s not meant to be. Y yo digo que le den. Que le den porque ahora bajamos la calle del Jose Alfredo y te encuentras como estúpida entre una cascada sentimental que no tiene nombre, ¡Que el amor te está llamando!, te digo. Que el amor te está llamando, digo.

Ahora te leo: cuando tú me mirabas / su gracia en mí tus ojos imprimían y aún pienso en ese libro-poema imbécil que me leí de un tal Genet y se me aparece un muchacho con una sonrisa disuelta en un clavel rojo en la parte final de la espalda. Que it’s not meant to be? Absurdo. Si nada nace para ser, entonces, ¿Qué cojones hacemos aquí?

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Autónoma e independiente, paloma.

”Adiós, María Teresa, adiós. Esta mañana tenemos veinte años”.

R. Alberti

Distraído y absorto en la deliciosa sensación de odio que sólo un busto bien hecho de un escritor basura puede otorgarnos, se encaminó hacia su librería más cercana.
Fue al centro de Madrid y tardó más de una hora, teniendo en cuenta que viajar en esta ciudad marchita es harto complicado. Quieras o no, tienes que entablar algún tipo de comunicación humana o animal con cualquier semejante, y resulta tedioso. Debemos comprender que hay veces en las que uno, pues no quiere hablar, no quiere hablar y ya está. Lo entenderíamos en cualquier caso. Me explico, un poeta sale a recitar en un bar y tan sólo promueve un canto silencioso de suspiros de mierda. El público empieza a mirarse en plan, qué le sucede a este tipo. En realidad no le sucede nada, sigue haciendo poesía. Después de todo, a ver quién es el imbécil que se llama así mismo poeta.

Antes de entrar, sintió un par de monedas en el bolsillo de la chaqueta, al lado del reloj. Llamó desde la cabina que estaba más cerca y se compadeció de un hombre que pedía dinero tirado por el suelo. Hizo como que llamaba por teléfono. Gesticulo, asintió un par de veces y rióse diciendo: – Sí, sí, dentro de un rato nos vemos, nos vemos. Claro, claro cariño, yo también te quiero (observe la pandemia hecha mentira universal, universalitatis). La gente comenzó a mirarle envidiando, pudriéndose en ácidos nucleicos como el que leva el ADN, A D N, DNA en inglés. De ná de ná en español de Andalucía.
Como digo, saboreando la toxina que produce el veneno de la empatía que uno no llega a tener en su vida, ejemplo: Soy un bebé, el bebé de al lado tiene un chupete. Lo quiero. Se lo quito y que se joda, ahora es mío y yo no pienso en sus mejillas sonrojadas por la vergüenza que le produce ponerse a llorar. Los bebés lloran de vergüenza.

[Un momento, estoy escribiendo esto y resulta que habían cortado el agua de mi letra. En el edificio. Total que se ha puesto a llover y ha vuelto el agua]

Finge collars, es decir, cuelga. Mira al mendigo y le da las monedas que lleva encima. Se cuela un billete con la cara del rey de España, ¡Abajo la corona! Entra en la librería y no puede creerse que un escritor esté dando vuelvas por allí. Inmediatamente corre a coger uno de sus libros, que no tiene, y se lo compra. Inventa un bolígrafo y empleando las formas habituales de tratamiento le pide que le firme el ejemplar. Este le dice que le sorprende que le haya reconocido, pero que al fin y al cabo debe admitir que es habitual que los escritores conocidos se paseen por las librerías. Este ritual forma parte del ”hacerse consciente del volumen de ventas”. Desilusionado y apartando un objeto invisible con el pie, se pasa la mano por una melena blanca que empieza después de la frente, la experiencia y las canas: en la parte media del cráneo. Dice que no ha vendido nada, que la gente ya no consume poesía. Él y otros conocidos no venden, los que lo hacen no tienen nombre, se esconden bajo una historia de mierda que se ha inventado algún becario con su vida de mierda- afirma un comunista, el exiliado, el comunista traidor, la paloma. A día de hoy nadie sabe qué cojones simboliza la paloma.

El lector triste le enseña que él sí ha comprado su libro porque sigue amando la poesía. El escritor le mira con aires de superioridad, como si estuviera contemplando su propia obra e intentando modificar su versos, cada una de las lecturas que admiten sus estrofas y no encuentra ningún camino para hacerlo. Sus palabras dejaron de pertenecerle en cuanto las puso por escrito para pertenecer a una amplia mayoría denominada: público.

El verdadero pesimismo lo llevaba a cuestas el maldito (sinónimo de dichoso) escritor, cuyos malditos (en el sentido de puñetera y netamente buenos)versos le iban a acompañar hasta que lo enterraran boca arriba soñando la noche hasta el final. Girando y corriendo en una gran rueca de animal de compañía sin decidirse a bajar porque no sabe qué. No sabe qué. No sabe qué pasa si deja de correr.

Al año siguiente este tipo se marcho al mar, donde estaba su pueblo, un pueblo de la costa de este p-p-país y murió tiempo después. Él y otros hicieron como JRJ. Revisar continuamente su obra. ¿Y todo para qué? Para nada, puesto que revisar la obra, AFIRMO, la vida de uno es espantoso. Su obra no dejaba de ser su vida, y si no se vendía, pues no se vendía. Su obra ahora eran los lectores aficionados a su pluma, ese era su legado. Una tropa de locos que prefieren perpetuar el misterio del caballo que galopa, de la paloma.

El otro tipo era plenamente consciente de su vida, la literatura le afectaba en tanto en cuanto ese día se marchó a su casa estúpidamente feliz con un libro firmado por un poeta, tal vez bueno, recibiendo en el mismo instante en el que atravesó la puerta una bofetada de su mujer y una semana sin conversaciones íntimas de carne por no avisar de que no iba a llegar a comer.

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1Nota: El lector creo que es un sucedáneo de mi padre pero puede que esta historia no existiera de verdad, ni por su parte ni por la mía.

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”Las condicionales son bonitas, son un mundo”

J. Portolés.

Un profesor da la vuelta al mundo. Claro, claro, totalmente en desacuerdo: si sitúo un dedo en el mapa encima de la península y lo llevo a Taiwan hay poco. ¿Saben que Taiwán es una….? Sus alumnos se enteran hoy, ayer a día: no me acuerdo ¿Cuándo nos has contado esto? Bien. Pues bien. Yo no planifico decir: Pues bien en una oración. Trato de hablar sin darme cuenta, sin parecer una pedantona.

. Las palabras son alas con plumas. Las palabras te permiten volar donde quieras. Volar donde quieras no está reñido con ver el mundo. Ver el mundo cuando piensas que es pequeño. Es pequeño porque eres un hombre. Eres un hombre que viaja por el mundo. Por el mundo hay todo tipo de bestias. Todo tipo de bestias recorren los Urales. Los Urales parecen lagos y son montañas (23x45cm) desde el avión. Desde el avión todo se ve más pequeño cuando vas a China. Cuando vas a China es porque vas a dar una conferencia. Porque vas a dar una conferencia, te permites hacer chistes graciosos con la azafata. La azafata piensa que estás loco. Estás loco porque eres un humano poseído por la lengua. Las palabras son la lengua. La lengua son las palabras. Las palabras son alas con plumas. .

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Calla, calla.

Hasta tal punto que, en aras de esa dignidad, tendremos que robar flores si no Podemos comprarlas.

J. GENET

Aún no han pasado años suficientes
como para que se me acaben las manos,
¿Y sabes qué?
No importa porque si me fijo,
si finjo, las tengo delante. LA CUESTIÓN: mentir o vivir.

Te HE necesitado (mucho)
para saber que no eres nadie. Y lo más justo: Yo tampoco.
Y sin embargo suspiras tan alto,
que apenas logro arrancarte una palabra […] Cuando me dejas te tomo,
te abrazo… abrazo con fuerza e incluso me hago daño y san…gro…

Me sangran los recuerdos hechos pedazos. MIS lugares me miran, buscando en mi rostro una aceptación de haber sido vividos. Reniego, reniego de todos y de nadie. Quiero seguir viviendo (lo prefiero) y entiendo que ya llevo equipaje. Y te digo que no he amado, que no he querido a nadie (en serio). Y sólo ME/(A MÍ) sale decir que cuando quiero parece la primera vez. Todos los besos son los primeros. Todos los lunares se han exiliado. Y te pido, POR FAVOR, que no acabe.
AMAR es imposible sabiéndote al lado.

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