Lo insólito del caso

Si yo les contara, por ejemplo, la historia de un hombre que bebe, que bebe mucho, que bebe tanto que se deshidrata ¿Qué me dirían? Sin embargo, la historia que vengo a relatarles, es esta misma pero diferente. Vengo a hablarles de un hombre inteligentísimo, superlativo, un intelectual conservador en potencia, que fue todo lo que quiso en su vida, siempre y cuando tuviese que ver con su distinción espiritual, evidentemente consagrada a las letras. Pues bien, este tipo nació, supongo que como todos. Creo que esto último es necesario resaltarlo, ya que últimamente aparecen ciertas personas por generación espontánea. Sinceramente creo que debe tener alguna relación con la humedad, con las setas, hongos y musgo verde y grimoso que se agolpa en los rincones pedregosos de las vallas enredadas en metal, no me hagan caso es una mera opinión.

Creció en el Principado de Asturias, príncipe, príncipe, galletas príncipe. Con cuatro años hablaba latín mejor que ustedes y yo que no es más que la suma de un saber infinito que desconozco, mermado por mi conocimiento mínimo sobre el tema: Rosa, rosae. Con cuatro años y un poco más hablaba griego, esculpía estatuas y citaba a Tito Livio, según demuestra el estereotipo de precoz niñito en el siglo XIX, vaya juventud precaria.
Luego tuvieron que cambiar las leyes del país para que el señorito pudiera acceder a la cátedra cuando sólo contaba con diecisiete años. Yo aún recuerdo mis diecisiete, el parque y el alcohol, y la tos de los primeros cigarros. Supongo que él recordará su primer par de gemelos y su primera edición de El conde Lucanor, cómo ha cambiado la vida. Tras conseguir la beca de una ciudad se marchó al extranjero porque las leyes tardan en asimilar la modernidad y el progreso, y estudió todas las bibliotecas, leyó todo según me ha contado fulano de tal. ¿Saben? Hace poco vi a un tipo que se había hecho una camiseta con su cara y me pareció divertido. Yo también hubiera optado por la bebida adoptándola como escape mental de todas esas historias que los humanos, caprichosos de nosotros, nos empeñamos en escribir. Gracias amigos, por contribuir al sustento de generaciones de filólogos, farándula y otras garrapatas que afirman que la Celestina es profundamente católica, excusen mi DESCOJONAMIENTO.

Retomando la historia de este voyeur de portadas de libretos, grabados, facsímiles y demás originales, diremos que un día se plantó ante un papel y tras haber recogido mentalmente todas las obras que existían en el mundo escritas en nuestro basto/vasto idioma decidió elaborar una lista con los estudios que quería hacer. Su padre le miró fijamente y le dijo que debía casarse, independientemente de toda esa paja mental que inundaba su cerebro. Él le reprochó que no podría estudiar si tenía que tener al lado una mujer florero y cuando conviniese coqueta ya que no podría hacer las dos cosas. El padre, muy formal y astuto le obligó a elegir entre la biblioteca o un cuerpo de mujer. Optó por los libros, su padre moriría años después del disgusto y éste supervisaría la ampliación de su biblioteca de aquella casa que heredó, y que más tarde formaría parte de la hermosa ciudad de Santander. Después de todo, ¿Qué existe más sensual y excitante que las mujeres de los poemas de Lope de Vega o la mismísima Anita Ozores de Quintanar? Bravo Menéndez Pelayo. Bra-vo don Marcelino- pensé- mientras mi profesor de Ilustración al Naturalismo se deshacía en elogios de y para usted.

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