Entre esto y aquello.

Buscamos la tranquilidad como quien busca lo fácil en la vida y quizá esto no sea posible en ausencia de algún tipo de tranquilizante. Drogas tal vez. O puede incluso, que nos decantemos por una serena conversación con unos amigos cercanos, algo íntimos, de los que no nos separamos ni con agua caliente. Y también podemos pensar, que en ese mismo instante un profesor- de filosofía si no es molestia- salga por la puerta de la cafetería mientras hablamos de los libros que han sacado lo que esta sociedad considera ”famosos”. Este tipo sabe perfectamente que es atractivo, ¿Para qué negarlo? Y que tan sólo un suspiro separa su despacho de nuestro aula. ¿Es que acaso se hace el sueco cada vez que le miramos por el pasillo de nuestro módulo? Pienso mientras miro a mis amigas. Una de ellas enrojece al pensar lo bien que puede llegar a sentarle el pañuelo que lleva, como pakistaní, y la otra se ruboriza al observar cómo coge el cigarrillo de liar que acaba de hacerse. Yo escucho el ruido que ha hecho su lengua al humedecer el papel para doblarlo. Es un sonido de pensamiento joven, sin embargo ya no creo en este tipo de tíos. Hace no tanto, pensé que eran todos el trozo descolgado cortado con el mismo patrón. Muy interesantes, sí, también atractivos y vivaces pero tienen un sentimiento tan desbordante que apabulla. Tanto amor idílico no debe ser bueno, hay que huir de esos que idealizan un tipo de mujer que no existe. Porque son ellos los que te hacen sentir culpable de no acercarte a ese ideal que tal vez no existe, pero que es hermoso porque todos debemos sentir que debe haber algo tan bello que sepa arrastrarnos al olvido y al absolutismo de saber que existe la posibilidad de amar a un ser que te complete. Y todo esto lo pienso yo, conmigo misma, porque me parece bien ver a este individuo levantando pasiones y convirtiéndose en un tema que da mucho para hablar, sustituyendo así, al maldito tema del tiempo y del frío endiablado que nos hace recluirnos en el nórdico de nuestra cama como si no hubiera un mañana.

De todas formas creo que los del grupo poético del veintisiete se pasaron de la raya al creer que se podía objetivizar el sentimiento y huir del mismo a través de símbolos que encubran el yo poético, el llanto que se esconde detrás de una palabra cualquiera y que sin embargo oculta un mundo derrumbado y en llamas. A ver, esto lo digo porque me ha parecido grato a la vista, 8dicho de otro modo: ideal de la muerte chica) en el intercambiador de Plaza de Castilla, un hombre tras una máquina expendedora intentando conectar su flauta de madera, entiendo que de algún lugar de Hispanoamérica o del mismo chino de la esquina, a un amplificador que no paraba de pitar reventándome los oídos y haciéndome pensar que el plato de pasta que me esperaba en casa, es todo lo que podré saborear hoy. Será mi remanso de paz.

a,

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Todos tenemos nuestro ideal de belleza.

Todos.

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