Melocotones en almíbar

El hecho de no recordar, ni tan siquiera vagamente, cómo he tomado el autobús esta mañana, se ha roto. Me acabo de acordar que al cogerlo he visto la cara sencilla de mi amiga Julia, y me he alegrado mucho al verla. Quizá lo peor haya sido el hecho de tener que despedirnos rápido con un nos vemos. Lo único bueno de todo esto, es que no se trata de esa expresión de cortesía, sino que se cumple y se materializa, precisamente, lo hará la semana que viene, mientras volemos juntas a Manchester.

Desde mi cuarto veo la muerte de la tarde en la fachada, pero sin tanto lirismo. A lo lejos el parque de basuras con unas pintadas algo hijaputescas, incluso adivino algunas personas en la puerta con cara de poco negocio. Las hojas de los árboles aprovechan la moda estival, se visten como cualquiera que después perderá los papeles, se quitará la ropa y se irá a dormir hasta despertar como flores divinas. Las hojas dejan entrever un parque con un barquito azul y rojo. Encima de él intuyo la infancia, corriendo, jugando, creando nuevas realidades que deberían prestarnos a los que nos alejamos poco a poco del Peterpanismo. Más allá, se distingue un torreón con una antena parabólica, una palmera, las nubes y después la sierra. La profundidad de mi visión se adorna de sonidos estridentes, ambulancias, autobuses, vuelta a casa tras el colegio y jornada laboral. Todos somos niños. Todos queremos volver al hogar.

La rozadura de mi pie izquierdo me recuerda la ampolla que antes estuvo allí -huyendo de lo escatológico- claro. Esta mañana he corrido, y por eso me duelen los pies. Me han rozado las botas que compré de ortopedia, pero que sin embargo son tan vintage, que puedo parecer incluso algo moderna, alternativa, muy superior a esa sociedad de beliebers y Little monsters, del fenómeno fan. Se podría incluso decir que mi personalidad está sufragada por una corriente que reaccionó contra todo, muy en la línea de los mercadillos de segunda mano, la ropa retro, la mirada al pasado… el caso es que esta estupidez nos ha salido cara porque ahora todo el mundo quiere parecer de otra época. Lo más sencillo, si queréis un consejo, es comenzar a usar términos antiguos, como pelagatos o leer el papel en lugar de leer el periódico. Pero bueno, ya digo, es tan sólo sugerencia, sin ruego ni perdón.

Al llegar a la facultad, he leído el menú y únicamente recuerdo: Ensaladilla rusa. Como amenaza está fenomenal, como recuerdo, digamos que no es de los mejores. En ese momento, recordé lo mucho que me gustaba comer con mis amigos en el comedor del colegio, por el simple hecho de ver sus caras masticar las judías. Me veía reflejada en sus ojos, en sus muecas, en la risa con migas de pan camuflando lo viscoso y cruel que puede ser la verdura ahumada con poco amor. Quizá ninguno de ellos se acuerde del esperar esa fila, decir su nombre, mirar a sus compañeros y en el caso de que llevasen gafas los días de lluvia y cocido, girarse con ellas empañadas diciendo: No me lo puedo creer.

Tras la fachada nostálgica se encuentra lo amargo de lo brutal, el presente. Ando tranquila hacia el módulo, aún no han traído los periódicos. Veo un montón de carteles que anuncian o me oprimen para que vote a alguien para decano. Yo reivindico la anarquía y la falta de compromiso del ejercicio político. Si vengo de huir del personal administrativo, de la política que nos escupe desde el televisor, a mi remanso de paz espiritual, lo normal es que no quiera que se me informe para votar, ¿No? Aún así promulgo la causa ética que nos mueve a todos los que estamos aquí: Queremos soluciones, las exigimos ahora pero no queremos involucrarnos. Y esto es la sociedad española actual: Tardes que mueren, ensaladillas que nos invaden desde el extranjero y futuros decanos con eslóganes poco trabajados.
Sinceramente, a todo esto, creo que sólo debo decir, que me encanta el hablar, hablar, hablar sin decir absolutamente nada, y que la primera y última vez que probé el melocotón en almíbar fue en el colegio, y que me gustó. Realmente, hubiera deseado que lo pusieran de postre en la pizarra de la cafetería. Un momento, ¡Caramba! ¿No es también una obra de Mihura? Qué memoria la mía. ¡Craneo previlegiado!

Lana del Rey, José Aroda

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