El año de la pera.

Caminábamos, perdiéndonos en el abismo de la tarde, en el vértigo que produce andar sin rumbo, pero ambas sabemos cuál es: la estantería de la segunda planta de nuestra librería. Muchas veces, lo recuerdo, muchas veces nos hemos dicho mirando esa pared de madera verde, que podríamos comprarla, decorarla. Estar dentro, sentarnos en el suelo lleno de yeso y mancharnos el culo para tener que sacudírnoslo después. Con las gargantas secas de estar respirando ese olor inconfundible a obra. Pero la realidad de ese sueño, en este momento estúpido, no es otra que la de una pared pintada de verde, desconchada por el paso de los años y la mirada indiferente de los vecinos del barrio. Aún sin embargo, se distingue la idea que alguien trató de expresar envuelta en un arcoíris que sufre el tiempo y que poco a poco pierde el color que probablemente antes emocionaba.

Si analizo cada vez que hemos atravesado esa puerta, siempre abierta, no puedo evitar pensar en todas esas veces que hemos dicho no, un no rotundo y sonante, a algo que probablemente no nos aporte más que caras largas en plazos futuros, pero que a día de hoy se traduce de forma fácil en: Sexo, drogas y rock and roll. Y libros. Tantos libros como uno desee, los necesarios para evitar pensar, los suficientes como para crear, desobedecer y apropiarnos de términos, de paisajes, de ideas que no son nuestros pero casi, porque nos poseen. De ahí tal vez expliquemos ese come-come que nos invade al tocar la portada de un libro; cada una de las líneas que forman nuestra huella dactilar apreciarán la superficie suave, rugosa o áspera de unas tapas que encubren la chifladura, el horror, la alegría o la lágrima. En ese momento cualquier palabra se vuelve estéril en nuestra conciencia incitando al estado de la cuestión: – Perdona, ¿Decías algo?- dice distraída.
Eso es lo que pienso cada vez que me giro sobre mí misma y te busco entre la gente que puebla esa, nuestra maldita librería fetiche. Un día nos pillarán y detendrán por vicio e intríngulis contra la sociedad, por animar a la lectura lujuriosa de Cernuda, lo sabes, ¿No? De todas formas, ¿Qué otra lectura admite?
– Perdona bonita- afirma amablemente.

Nos alejamos y veo un tomo de poesía de Panero. Se me revuelven las tripas y vomito. No se te puede hablar porque estás buscando no se qué. Ando como nerviosa, de un lado para otro, mirando continuamente el teléfono móvil, se me ha olvidado el reloj. Por eso ha llegado el momento de admitir que nunca he sido una chica cuya mano presuma de una actitud responsable y puntual, no, no, esa no soy yo. Espero no llegar tarde al acto, porque llamarlo evento redunda en la propia síncopa vital de la vida. El hecho de presentar un libro es pose. Y lo peor es que es pose de otros, porque se te va de las manos y de pronto te debes encontrar con caras que no quieres besar y sonrisas que debes forzar. También firmas que preferirías clavar y no escribir en algo que lleve tu nombre, pero en fin, al igual que la putrefacta burocracia, el deber es el deber, no dejando de ser igualmente absurdo. Deduzco que debe ser un sentimiento muy similar al de permanecer quieto en la feria del libro, mirando al público pasar sin ningún papel que interpretar a fin de cuentas, salvo el de escritor, en primer plano humano.

No sé si él vendrá, dijo que sí, de todas formas, es raro, porque vais a deciros algo, emplearéis algún tipo de saludo estándar, y a mí me importa tu opinión ahora que sé qué no es la vida, ya que no podría explicarte bien lo poco que sé de ella. Nos metemos en el metro y mientras hablamos de esas estupideces que me hacen aprender de ti, un chico que lee Rayuela nos está escuchando, se está riendo y después pillará nuestras palabras hacia él, pero no importa mucho ser discretas, ahora mismo nadie lo es, el defecto es general, se extiende como una pandemia. Es una lástima que no pueda fumar y compartir un cigarrillo contigo, aunque de vez en cuando lo haga, porque yo que sé, me gustaba, pero entiendo que no todo lo podemos conseguir en esta vida por mucho que queramos. Porque chupando de ese pitillo bicolor nos acercamos más al fin, pero eso sí, que nos quiten lo bailao.

– Hola…
– Hola, yo soy…
– Ya, ya sé quién eres.

a,

G. Prieto

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