Santa Ana de Botella

Salvaguardando el estupor que me produce llegar tarde a clase, admito que todos los martes son de carnaval. Haga lo que haga, y esté donde esté, por supuesto. Son casi umbral de un retiro que no consigo abrazar, pero que intuyo que pronto me dará la mano, o al menos pasará rozando, como dice Cernuda, con un aire suave.

Últimamente Madrid se me atraganta, y parece que ha cobrado vida a pesar de contar con millones de sombras de individuos y estúpidos maleantes, putas y mendigos. Ataviados con una gabardina, a poder ser beige y con bolsillos, escondemos un cuchillo bien afilado por si alguien se nos echa encima, o al menos a mí me lo parece. Más que nada porque me está empezando a escamar esta especie de indigestión social al no soportar a determinados tipos, no por nada, si no por pose, porque el odio, la heine, hate or fate, es la nueva máscara que debemos colgarnos sobre nuestros rostros extraños, por encima de nuestras caras cansadas. Ese estar en tensión se ha vuelto un habitual en nuestro itinerario sentimental, y no entiendo muy bien por qué. Tal vez, esto sólo sea una etapa, un tener que pasar al abordaje e intentar disimular que nuestros gustos ya están, sino definitivos, fuertes y que lo más probable es que sean distinguidores. La estación florida de Góngora, no es más que una infancia en la que todo era maravilloso y la personalidad, el estímulo inerte de los demás sobre nosotros se materializaba en señalar con el dedo diciendo: Tú eres mi amigo y tú no, niña. Por favor os pido, que en el ejemplo anterior huyáis de ese sexismo aparente, todos somos niños y niñas. Es algo así como la estúpida dicotomía de las siglas AMPA, que no es más que asociación de madres y padres de alumnos, padres todos y fuera. La vida ya tiene demasiados problemas como para añadirles discusiones léxicas inútiles.

Lo que quiero decir, a todo esto, es que me caes mal Ana Botella. Me caes muy mal porque permites que mi ciudad no brille como debería. A mí personalmente poco o nada me importa que tu asistenta limpie en tu casa o que tu relaxing cup of coffe in Plaza Mayor se haya convertido en un eslogan estúpido del que hemos conseguido hacer chanza y admitirlo entre nosotros, por lo gortesco, por lo absurdo. Lo hemos literaturizado y le hemos tomado cariño, desvinculándolo de la lengua sibilina de la que salió. Es algo así como la protagonista de La Regenta, qué culpa tiene ella de que su madre fuera… ehm… ¿Modista? Es decir, prohibamos el determinismo ambiental, que cada uno haga lo que quiera. Hasta tus propias creaciones te abandonan, al igual espero que lo haga tu ciudad. Según he leído, unas afirmaciones también de tu propiedad, la verdad es que Madrid nunca ha estado limpia, lo que pasa que ahora lo está menos. Te invito muy educadamente a que compartas no sólo conmigo, entiéndeme, tu compañía se me haría indigerible, sino con otros tantos que comparten conmigo un fervor místico por las sucesivas resurrecciones que experimenta la luz al morir por las tardes en los jardines de Sabatini, un paseo por la -ahora blandita- calle de Fuencarral. Come and see, Ana, come and enjoy.

De todas formas, una cosa más, que voy a evitar dejar en el tintero. Tal vez a algunas personas no les parezca estrambótica esta situación, pero verás, cuando caminas entre putrefacción moral, cualquier cosa que pises te seguirá pareciendo, hablando en plata, una mierda.

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