Tú más que nadie…

Tú más que nadie deberías saber las consecuencias que tiene hacer una cosa u optar por otra. En el mismo momento en el que despegas tus labios y sale aire, ya es una brutalidad. Es muy burdo describir así el proceso tan complejo y enigmático que me hacen creer que es abrir la boca. Hablar. Escupir. Esculpir palabras que brotan, yo que sé, todo eso, ¿No?

El caso es que llegas tan tranquilo a casa, después de haberte enfrentado a esos cuatro hijos de puta que uno tiene que cruzarse en su vida, al menos una vez. Y yo no te lo digo, pero secretamente te guardo un gran respeto, porque yo no sería capaz de no darles dos bofetones y gritar: ¡Guerra! Después de todo esa prueba que tenemos que pasar, esquivar, demoler y corroborar llegas a hacerla, a estas alturas, sin pensar. Y mucho idiota hay por la red, que dice, ”Yo mataré monstruos por ti”, pero yo sé que tú, tú te enfrentas a toda esa banda de cabrones que me rodean y te sitúas cara a cara ante ellos por mí, por Diego, por la Bola.

Te quitas el traje y te sientas en el borde de la cama, mientras piensas que mamá llegará y te dirá que no te sientes, porque odia las dobleces, pero ignoraras lo que te dice y le sonreirás, diciéndole carantoñas que parece detestar pero que en el fondo le gustan y que mientras se marcha en dirección a la cocina para coger su teléfono y llamar a alguna de nuestras vecinas, toma aire y se siente querida.
Entras en la ducha, el agua cae sobre tu espalda y te contemplas a través de un vidrio para reflejarte en el cristal de la ducha tu medio siglo. Tu tiempo simboliza la vida, y a la vez es aniversario de muerte de mi poeta. Un poeta al que profeso gran cariño.

Y no entiendo por qué sales, te pones el pijama y vienes a mi cuarto. O en realidad puede que esto, que esto no sea más que una mentira, y que acabe de describir tu rutina, una rutina estúpida, como todas las que llevan a cabo los hombres. Porque el tiempo, el tiempo como tal, vertido o proyectado en la rutina no es más que una forma que tiene cada cual de encajar el puñetazo de la vida. Sé que eres tú, sé que vienes a mi cuarto por el ruido que hacen tus zapatos que te pones con el traje en la tarima. Te paras en el marco, finjo no haberte escuchado y te miro, de pronto, para quebrar el tiempo, yo que sé. Para hacerte esperar. Me observas y no sé qué piensas de mí, sin embargo a veces me decías, ”Andre, ¿Tú eres pequeña, o mediana?”, ahora me preguntas si abrazo el existencialismo, o llámame loca. De pronto, escoges decirme que cuando trabajabas en Caja Madrid, enfrente de la tienda de disfraces del centro, un hombre acudía con asiduidad a tu oficina. No era muy alto, siempre acompañado de un asesor, muy dicharachero, entroncando conversación con el que estuviera por allí. Un día te enteraste de que se trataba de Gregorio Prieto, y empezaste a hablar con él, al igual que te llamas Ángel, para poder llamarte Ángel Félix. ¿Crees que conocer el nombre de alguien, es indispensable para mantener una conversación agradable? Yo así lo creo y quiero que lo sepas. Parece ser, me dices, que cuando supiste quién era Gregorio Prieto, ya no el hombre, sino el tipo, hablasteis del 27, de algunos poetas y de arte. Luego murió. Le recuerdas bien vestido, algo afeminado, pero es que no voy a sorprenderme. Recuerdo que también viste a Alberti una vez en una librería y te acercaste a hablar con él, a pesar de que le detesto, y también hablasteis de literatura. ¿Sabes? También estuviste aquel día en casa, cuando buscando entre los libros del estudio vi el Popol-Vuh, el texto sagrado de los mayas, y me pregunté, recuerdo que me pregunté, ¿Por qué, papá? Al lado Ancia, Cántico de Guillén y tantas veces Borges…

Ayer hablaba con Lola, y le contaba estas estupideces, al tiempo que tomaba las anécdotas que te contó un maestro que tuviste sobre literatura, que ya es casi como hablar del tiempo, y me decía que quizá (de una especie de romance hablado en la península, ”qui sa”), eras un poeta absorto en el tiempo y digerido por la sociedad que no había escrito ni un solo verso. Si es esto así, quiero que de cada uno de mis intentos broten tus palabras perdidas.

Aún respiro mi mano sobre la tuya, de pequeña en la feria del libro, y me palpo la coronilla de mi pelo rojo, ahora, no antes, ardiendo mientras esperábamos juntos a que Galeano pudiera firmarte su último libro. Por eso tú más que nadie, tú más que nadie, deberías saber quién soy, al haber sido tú una vez, principio de mí.

Foto 1A

– ¿Mazarrón? ¿199…?

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