Lo insólito del caso

Si yo les contara, por ejemplo, la historia de un hombre que bebe, que bebe mucho, que bebe tanto que se deshidrata ¿Qué me dirían? Sin embargo, la historia que vengo a relatarles, es esta misma pero diferente. Vengo a hablarles de un hombre inteligentísimo, superlativo, un intelectual conservador en potencia, que fue todo lo que quiso en su vida, siempre y cuando tuviese que ver con su distinción espiritual, evidentemente consagrada a las letras. Pues bien, este tipo nació, supongo que como todos. Creo que esto último es necesario resaltarlo, ya que últimamente aparecen ciertas personas por generación espontánea. Sinceramente creo que debe tener alguna relación con la humedad, con las setas, hongos y musgo verde y grimoso que se agolpa en los rincones pedregosos de las vallas enredadas en metal, no me hagan caso es una mera opinión.

Creció en el Principado de Asturias, príncipe, príncipe, galletas príncipe. Con cuatro años hablaba latín mejor que ustedes y yo que no es más que la suma de un saber infinito que desconozco, mermado por mi conocimiento mínimo sobre el tema: Rosa, rosae. Con cuatro años y un poco más hablaba griego, esculpía estatuas y citaba a Tito Livio, según demuestra el estereotipo de precoz niñito en el siglo XIX, vaya juventud precaria.
Luego tuvieron que cambiar las leyes del país para que el señorito pudiera acceder a la cátedra cuando sólo contaba con diecisiete años. Yo aún recuerdo mis diecisiete, el parque y el alcohol, y la tos de los primeros cigarros. Supongo que él recordará su primer par de gemelos y su primera edición de El conde Lucanor, cómo ha cambiado la vida. Tras conseguir la beca de una ciudad se marchó al extranjero porque las leyes tardan en asimilar la modernidad y el progreso, y estudió todas las bibliotecas, leyó todo según me ha contado fulano de tal. ¿Saben? Hace poco vi a un tipo que se había hecho una camiseta con su cara y me pareció divertido. Yo también hubiera optado por la bebida adoptándola como escape mental de todas esas historias que los humanos, caprichosos de nosotros, nos empeñamos en escribir. Gracias amigos, por contribuir al sustento de generaciones de filólogos, farándula y otras garrapatas que afirman que la Celestina es profundamente católica, excusen mi DESCOJONAMIENTO.

Retomando la historia de este voyeur de portadas de libretos, grabados, facsímiles y demás originales, diremos que un día se plantó ante un papel y tras haber recogido mentalmente todas las obras que existían en el mundo escritas en nuestro basto/vasto idioma decidió elaborar una lista con los estudios que quería hacer. Su padre le miró fijamente y le dijo que debía casarse, independientemente de toda esa paja mental que inundaba su cerebro. Él le reprochó que no podría estudiar si tenía que tener al lado una mujer florero y cuando conviniese coqueta ya que no podría hacer las dos cosas. El padre, muy formal y astuto le obligó a elegir entre la biblioteca o un cuerpo de mujer. Optó por los libros, su padre moriría años después del disgusto y éste supervisaría la ampliación de su biblioteca de aquella casa que heredó, y que más tarde formaría parte de la hermosa ciudad de Santander. Después de todo, ¿Qué existe más sensual y excitante que las mujeres de los poemas de Lope de Vega o la mismísima Anita Ozores de Quintanar? Bravo Menéndez Pelayo. Bra-vo don Marcelino- pensé- mientras mi profesor de Ilustración al Naturalismo se deshacía en elogios de y para usted.

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Entre esto y aquello.

Buscamos la tranquilidad como quien busca lo fácil en la vida y quizá esto no sea posible en ausencia de algún tipo de tranquilizante. Drogas tal vez. O puede incluso, que nos decantemos por una serena conversación con unos amigos cercanos, algo íntimos, de los que no nos separamos ni con agua caliente. Y también podemos pensar, que en ese mismo instante un profesor- de filosofía si no es molestia- salga por la puerta de la cafetería mientras hablamos de los libros que han sacado lo que esta sociedad considera ”famosos”. Este tipo sabe perfectamente que es atractivo, ¿Para qué negarlo? Y que tan sólo un suspiro separa su despacho de nuestro aula. ¿Es que acaso se hace el sueco cada vez que le miramos por el pasillo de nuestro módulo? Pienso mientras miro a mis amigas. Una de ellas enrojece al pensar lo bien que puede llegar a sentarle el pañuelo que lleva, como pakistaní, y la otra se ruboriza al observar cómo coge el cigarrillo de liar que acaba de hacerse. Yo escucho el ruido que ha hecho su lengua al humedecer el papel para doblarlo. Es un sonido de pensamiento joven, sin embargo ya no creo en este tipo de tíos. Hace no tanto, pensé que eran todos el trozo descolgado cortado con el mismo patrón. Muy interesantes, sí, también atractivos y vivaces pero tienen un sentimiento tan desbordante que apabulla. Tanto amor idílico no debe ser bueno, hay que huir de esos que idealizan un tipo de mujer que no existe. Porque son ellos los que te hacen sentir culpable de no acercarte a ese ideal que tal vez no existe, pero que es hermoso porque todos debemos sentir que debe haber algo tan bello que sepa arrastrarnos al olvido y al absolutismo de saber que existe la posibilidad de amar a un ser que te complete. Y todo esto lo pienso yo, conmigo misma, porque me parece bien ver a este individuo levantando pasiones y convirtiéndose en un tema que da mucho para hablar, sustituyendo así, al maldito tema del tiempo y del frío endiablado que nos hace recluirnos en el nórdico de nuestra cama como si no hubiera un mañana.

De todas formas creo que los del grupo poético del veintisiete se pasaron de la raya al creer que se podía objetivizar el sentimiento y huir del mismo a través de símbolos que encubran el yo poético, el llanto que se esconde detrás de una palabra cualquiera y que sin embargo oculta un mundo derrumbado y en llamas. A ver, esto lo digo porque me ha parecido grato a la vista, 8dicho de otro modo: ideal de la muerte chica) en el intercambiador de Plaza de Castilla, un hombre tras una máquina expendedora intentando conectar su flauta de madera, entiendo que de algún lugar de Hispanoamérica o del mismo chino de la esquina, a un amplificador que no paraba de pitar reventándome los oídos y haciéndome pensar que el plato de pasta que me esperaba en casa, es todo lo que podré saborear hoy. Será mi remanso de paz.

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Todos tenemos nuestro ideal de belleza.

Todos.

Todo esto está bien, pero.

Voy a empezar a escribir con la televisión muda, pero van a continuar los personajes vomitando, intuyo que debe ser algún trasunto o alter ego del hecho abstracto del verbo. Mantenerlos medio vivos y a la vez tan muertos, me permite castigarles a ellos y a los de su condición, loros, cotorras y demás cotillas.

Tras la icónica fotografía de Ana Botella, vistiendo visón, junto a los trabajadores de los servicios de limpieza de Madrid, he reflexionado -seriamente, lo juro- sobre la conveniencia de incluir dicha estampa en a) La Rolling Stone, b) Mi carpeta de la universidad o c) Una futura revista literaria que se llame ”Bassurismo”, con dos -ss- por aquello del siempre tan de moda ”afrancesamiento”. El hecho es, que durante todos estos días hemos estado pisoteando, escupiendo y asqueándonos ante la basura que se amontonaba en todos los rincones de una ciudad, que para algunos es nuestra casa. La cantidad de cartón de las calles se convirtió en un esqueleto blandengue, los restos org-(puaj)-ánicos eran unos músculos que en nada desmerecían en consistencia a la tripa de cualquier hombre pasados los cincuenta, y las bolsas, las hojas de otoño caídas de no se qué árbol -porque en Sol no hay árboles-, conformaban un bonito collage que giraba alrededor de las cabezas de los transeúntes, orbitando, como en American Beauty. Una vez pudimos salir de ese caos ,volviendo a contemplar nuestras calles aseaditas, me pregunté: ¿Qué ocurriría si otro sector iniciase una huelga? Ésta vez han sido los servicios de limpieza urbanos de jardines y parques pero… ¿Y si de pronto toda la seguridad nacional del territorio dijera ”Hasta aquí, Mariano”? Las porras se arremolinarían por las esquinas volando en torbellino violento, las placas serían los nuevos tazos de la chavalería. Uniformes y cascos se venderían en las tiendas rotos, como trapos. Un nuevo hombre renacería, vestido de paisano sin pistola. En los bolsillos interiores de la chaqueta deben ir las carteras con fotos de familia, no armas que tal vez nunca lleguen a accionar su dudoso gatillo. Porque debajo de los sobacos (o axilas, es un debate al rojo vivo) debe ir sudor, vello y poco más. ¿Piercings? No armas de fuego. Lo que no sé es si el cese d su actividad haría que los ladrones, todo el pillaje de Madrid se destapara, como si los hombres y mujeres de la Puerta del Sol que trabajan disfrazados de (terribles) personajes de dibujos animados (espeluznantes) se quitaran la pintura de la cara: Claro que no soy Bob Esponja las 24h del día, pendejadas. No sé, es raro, quizá veríamos asesinos, violentos besucones y viejos verdes. Timadores y aprovechaos, todo muy castizo. La realidad es que creo que todos los políticos, en ese momento, el instante en el que digan los policías un ”Nunca mais”, deberían ponerse un gomet amarillo en la frente, para que pudiéramos reconocer, si es que no lo hacemos ya, a los verdaderos delincuentes.

¿Es esto motivo de multa? No lo sé, ya que ahora todo se resume en dinero, dinero y dinero por abrir la boca y soltarnos el pelo. De todas formas si lo analizamos bien, yo sólo protesto contra el uso de pieles animales. ¡ABAJO EL VISÓN!

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Espadas como labios

Durante cuatro años he deseado que llegara un momento. Mi vida no ha sido monopolizada por tal visión, era una espera silenciosa, latente siempre, que esperaba su sitio en mi memoria. Afuera hacía frío y también llovía, en la cocina mi desayuno, como todas las mañanas. He vuelto a llegar tarde, he entrado en clase y me han dado los buenos días. He esperado pacientemente a que finalizara la explicación breve, los últimos apuntes sobre un libro que llevábamos discutiendo varios días y por fin, por fin, ha aparecido el grupo poético del 27. Entiendo que muchos pensaréis que es una excentricidad mía, un fetiche, pero no. Suena absurdo y hasta casi te dan ganas de tacharme o abofetearme, pero yo soy con ello, es una de las parcelas de mi deseo. He masticado cada palabra, sonreía cada vez que escuchaba los nombres de aquellos poetas y hasta me ha alegrado recordar el nombre de algunas mujeres que he podido leer, y que también conforman esa época, los años veinte, los treinta de nuestra cultura, de nuestra historia, ¿Quiénes nos creemos para renegar de los hombres y las mujeres que hemos sido?

Lo cierto es que al terminar la clase, me he sentido estúpida, casi vacía, porque he entendido que el momento que uno quiere apenas dura unos minutos, casi se diluye en un abrir y cerrar de ojos. Yo sé que existen voluntades, vocaciones, deseos, pasiones y necesidades que el hombre por su naturaleza debe cubrir, pero quizá alguien debiera atribuir un nuevo término a la adhesión de un alma de forma completa al estudio de la palabra humana cuando se convierte en tiempo y perdura a través del mismo en un medio tangible. Pude que durante este tiempo haya sido una estúpida que cree que en la literatura, uno encuentra el modo de vivir y las soluciones más básicas a los problemas que uno tiene. También deberíamos tener en cuenta la puerta de escape y primera huida que se nos facilita al sumergirnos en una lectura casi lujuriosa de cualquier libro que nos llame. Puede que a estas alturas la literatura se haya convertido, con toda probabilidad, en otra cosa. Es así mismo más que probable, que ni si quiera se me dé bien, que tan sólo sea un mero pretexto. Pero entiendo que será algo similar a lo que ocurre con las cuestiones del corazón, porque después de todo, espero que nadie se atreva a decir que a día de hoy es posible escoger a quién dejar de amar o por qué empezar a hacerlo.

Ha terminado la clase y he sentido que debe haber algo más. Con toda esta divagación, lo único que trato de expresar es que la vida debe constituirse de metas y caminos a los que uno debe aspirar sin miedo, con paciencia y mucho esfuerzo, sabiendo que el verdadero sabor y olor natural, la esencia de aquello que se quiere conseguir debe saborearse en el proceso hasta llegar al mismo, contribuyendo a la felicidad de los pequeños logros diarios, porque cuando llegas al encuentro del día D, no creamos que será la verdadera dicha, siendo un fiasco. El camino debe nutrirse de experiencias, de lugares, de personas, de viajes, divinas palabras, amor, tristeza, pasión y sueño. Bares, escapadas, negaciones y reflexiones (sin mucha trascendencia, que luego ya se sabe), arte y moda. Superficial Vanguardia y profundidad dialéctica.

Al principio me he sentido algo triste, porque he pensado, bueno, bien, ¿Y ahora? ¿Ahora qué? Pues ahora, ahora es el momento de seguir hacia delante, de plantear nuevas rutas y de seguir adentrándose en la vida que uno ha elegido vivir. Ésta es la mía. ¿Cuál es la tuya?

Man Ray

Fotografía dadá de Man Ray.

”…Adiós
Bajo las sombras
por entre las ruinas y los pechos
tropezando en esquinas o en latidos
sombra luna pavor velando pasan
mundo
(adiós)
trasladado
(amor)
remoto

”Ni una gota de tristeza es pecado” a Luis Cernuda, ”Espadas como labios”, Vicente Aleixandre.

a,

Melocotones en almíbar

El hecho de no recordar, ni tan siquiera vagamente, cómo he tomado el autobús esta mañana, se ha roto. Me acabo de acordar que al cogerlo he visto la cara sencilla de mi amiga Julia, y me he alegrado mucho al verla. Quizá lo peor haya sido el hecho de tener que despedirnos rápido con un nos vemos. Lo único bueno de todo esto, es que no se trata de esa expresión de cortesía, sino que se cumple y se materializa, precisamente, lo hará la semana que viene, mientras volemos juntas a Manchester.

Desde mi cuarto veo la muerte de la tarde en la fachada, pero sin tanto lirismo. A lo lejos el parque de basuras con unas pintadas algo hijaputescas, incluso adivino algunas personas en la puerta con cara de poco negocio. Las hojas de los árboles aprovechan la moda estival, se visten como cualquiera que después perderá los papeles, se quitará la ropa y se irá a dormir hasta despertar como flores divinas. Las hojas dejan entrever un parque con un barquito azul y rojo. Encima de él intuyo la infancia, corriendo, jugando, creando nuevas realidades que deberían prestarnos a los que nos alejamos poco a poco del Peterpanismo. Más allá, se distingue un torreón con una antena parabólica, una palmera, las nubes y después la sierra. La profundidad de mi visión se adorna de sonidos estridentes, ambulancias, autobuses, vuelta a casa tras el colegio y jornada laboral. Todos somos niños. Todos queremos volver al hogar.

La rozadura de mi pie izquierdo me recuerda la ampolla que antes estuvo allí -huyendo de lo escatológico- claro. Esta mañana he corrido, y por eso me duelen los pies. Me han rozado las botas que compré de ortopedia, pero que sin embargo son tan vintage, que puedo parecer incluso algo moderna, alternativa, muy superior a esa sociedad de beliebers y Little monsters, del fenómeno fan. Se podría incluso decir que mi personalidad está sufragada por una corriente que reaccionó contra todo, muy en la línea de los mercadillos de segunda mano, la ropa retro, la mirada al pasado… el caso es que esta estupidez nos ha salido cara porque ahora todo el mundo quiere parecer de otra época. Lo más sencillo, si queréis un consejo, es comenzar a usar términos antiguos, como pelagatos o leer el papel en lugar de leer el periódico. Pero bueno, ya digo, es tan sólo sugerencia, sin ruego ni perdón.

Al llegar a la facultad, he leído el menú y únicamente recuerdo: Ensaladilla rusa. Como amenaza está fenomenal, como recuerdo, digamos que no es de los mejores. En ese momento, recordé lo mucho que me gustaba comer con mis amigos en el comedor del colegio, por el simple hecho de ver sus caras masticar las judías. Me veía reflejada en sus ojos, en sus muecas, en la risa con migas de pan camuflando lo viscoso y cruel que puede ser la verdura ahumada con poco amor. Quizá ninguno de ellos se acuerde del esperar esa fila, decir su nombre, mirar a sus compañeros y en el caso de que llevasen gafas los días de lluvia y cocido, girarse con ellas empañadas diciendo: No me lo puedo creer.

Tras la fachada nostálgica se encuentra lo amargo de lo brutal, el presente. Ando tranquila hacia el módulo, aún no han traído los periódicos. Veo un montón de carteles que anuncian o me oprimen para que vote a alguien para decano. Yo reivindico la anarquía y la falta de compromiso del ejercicio político. Si vengo de huir del personal administrativo, de la política que nos escupe desde el televisor, a mi remanso de paz espiritual, lo normal es que no quiera que se me informe para votar, ¿No? Aún así promulgo la causa ética que nos mueve a todos los que estamos aquí: Queremos soluciones, las exigimos ahora pero no queremos involucrarnos. Y esto es la sociedad española actual: Tardes que mueren, ensaladillas que nos invaden desde el extranjero y futuros decanos con eslóganes poco trabajados.
Sinceramente, a todo esto, creo que sólo debo decir, que me encanta el hablar, hablar, hablar sin decir absolutamente nada, y que la primera y última vez que probé el melocotón en almíbar fue en el colegio, y que me gustó. Realmente, hubiera deseado que lo pusieran de postre en la pizarra de la cafetería. Un momento, ¡Caramba! ¿No es también una obra de Mihura? Qué memoria la mía. ¡Craneo previlegiado!

Lana del Rey, José Aroda

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El año de la pera.

Caminábamos, perdiéndonos en el abismo de la tarde, en el vértigo que produce andar sin rumbo, pero ambas sabemos cuál es: la estantería de la segunda planta de nuestra librería. Muchas veces, lo recuerdo, muchas veces nos hemos dicho mirando esa pared de madera verde, que podríamos comprarla, decorarla. Estar dentro, sentarnos en el suelo lleno de yeso y mancharnos el culo para tener que sacudírnoslo después. Con las gargantas secas de estar respirando ese olor inconfundible a obra. Pero la realidad de ese sueño, en este momento estúpido, no es otra que la de una pared pintada de verde, desconchada por el paso de los años y la mirada indiferente de los vecinos del barrio. Aún sin embargo, se distingue la idea que alguien trató de expresar envuelta en un arcoíris que sufre el tiempo y que poco a poco pierde el color que probablemente antes emocionaba.

Si analizo cada vez que hemos atravesado esa puerta, siempre abierta, no puedo evitar pensar en todas esas veces que hemos dicho no, un no rotundo y sonante, a algo que probablemente no nos aporte más que caras largas en plazos futuros, pero que a día de hoy se traduce de forma fácil en: Sexo, drogas y rock and roll. Y libros. Tantos libros como uno desee, los necesarios para evitar pensar, los suficientes como para crear, desobedecer y apropiarnos de términos, de paisajes, de ideas que no son nuestros pero casi, porque nos poseen. De ahí tal vez expliquemos ese come-come que nos invade al tocar la portada de un libro; cada una de las líneas que forman nuestra huella dactilar apreciarán la superficie suave, rugosa o áspera de unas tapas que encubren la chifladura, el horror, la alegría o la lágrima. En ese momento cualquier palabra se vuelve estéril en nuestra conciencia incitando al estado de la cuestión: – Perdona, ¿Decías algo?- dice distraída.
Eso es lo que pienso cada vez que me giro sobre mí misma y te busco entre la gente que puebla esa, nuestra maldita librería fetiche. Un día nos pillarán y detendrán por vicio e intríngulis contra la sociedad, por animar a la lectura lujuriosa de Cernuda, lo sabes, ¿No? De todas formas, ¿Qué otra lectura admite?
– Perdona bonita- afirma amablemente.

Nos alejamos y veo un tomo de poesía de Panero. Se me revuelven las tripas y vomito. No se te puede hablar porque estás buscando no se qué. Ando como nerviosa, de un lado para otro, mirando continuamente el teléfono móvil, se me ha olvidado el reloj. Por eso ha llegado el momento de admitir que nunca he sido una chica cuya mano presuma de una actitud responsable y puntual, no, no, esa no soy yo. Espero no llegar tarde al acto, porque llamarlo evento redunda en la propia síncopa vital de la vida. El hecho de presentar un libro es pose. Y lo peor es que es pose de otros, porque se te va de las manos y de pronto te debes encontrar con caras que no quieres besar y sonrisas que debes forzar. También firmas que preferirías clavar y no escribir en algo que lleve tu nombre, pero en fin, al igual que la putrefacta burocracia, el deber es el deber, no dejando de ser igualmente absurdo. Deduzco que debe ser un sentimiento muy similar al de permanecer quieto en la feria del libro, mirando al público pasar sin ningún papel que interpretar a fin de cuentas, salvo el de escritor, en primer plano humano.

No sé si él vendrá, dijo que sí, de todas formas, es raro, porque vais a deciros algo, emplearéis algún tipo de saludo estándar, y a mí me importa tu opinión ahora que sé qué no es la vida, ya que no podría explicarte bien lo poco que sé de ella. Nos metemos en el metro y mientras hablamos de esas estupideces que me hacen aprender de ti, un chico que lee Rayuela nos está escuchando, se está riendo y después pillará nuestras palabras hacia él, pero no importa mucho ser discretas, ahora mismo nadie lo es, el defecto es general, se extiende como una pandemia. Es una lástima que no pueda fumar y compartir un cigarrillo contigo, aunque de vez en cuando lo haga, porque yo que sé, me gustaba, pero entiendo que no todo lo podemos conseguir en esta vida por mucho que queramos. Porque chupando de ese pitillo bicolor nos acercamos más al fin, pero eso sí, que nos quiten lo bailao.

– Hola…
– Hola, yo soy…
– Ya, ya sé quién eres.

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G. Prieto

Santa Ana de Botella

Salvaguardando el estupor que me produce llegar tarde a clase, admito que todos los martes son de carnaval. Haga lo que haga, y esté donde esté, por supuesto. Son casi umbral de un retiro que no consigo abrazar, pero que intuyo que pronto me dará la mano, o al menos pasará rozando, como dice Cernuda, con un aire suave.

Últimamente Madrid se me atraganta, y parece que ha cobrado vida a pesar de contar con millones de sombras de individuos y estúpidos maleantes, putas y mendigos. Ataviados con una gabardina, a poder ser beige y con bolsillos, escondemos un cuchillo bien afilado por si alguien se nos echa encima, o al menos a mí me lo parece. Más que nada porque me está empezando a escamar esta especie de indigestión social al no soportar a determinados tipos, no por nada, si no por pose, porque el odio, la heine, hate or fate, es la nueva máscara que debemos colgarnos sobre nuestros rostros extraños, por encima de nuestras caras cansadas. Ese estar en tensión se ha vuelto un habitual en nuestro itinerario sentimental, y no entiendo muy bien por qué. Tal vez, esto sólo sea una etapa, un tener que pasar al abordaje e intentar disimular que nuestros gustos ya están, sino definitivos, fuertes y que lo más probable es que sean distinguidores. La estación florida de Góngora, no es más que una infancia en la que todo era maravilloso y la personalidad, el estímulo inerte de los demás sobre nosotros se materializaba en señalar con el dedo diciendo: Tú eres mi amigo y tú no, niña. Por favor os pido, que en el ejemplo anterior huyáis de ese sexismo aparente, todos somos niños y niñas. Es algo así como la estúpida dicotomía de las siglas AMPA, que no es más que asociación de madres y padres de alumnos, padres todos y fuera. La vida ya tiene demasiados problemas como para añadirles discusiones léxicas inútiles.

Lo que quiero decir, a todo esto, es que me caes mal Ana Botella. Me caes muy mal porque permites que mi ciudad no brille como debería. A mí personalmente poco o nada me importa que tu asistenta limpie en tu casa o que tu relaxing cup of coffe in Plaza Mayor se haya convertido en un eslogan estúpido del que hemos conseguido hacer chanza y admitirlo entre nosotros, por lo gortesco, por lo absurdo. Lo hemos literaturizado y le hemos tomado cariño, desvinculándolo de la lengua sibilina de la que salió. Es algo así como la protagonista de La Regenta, qué culpa tiene ella de que su madre fuera… ehm… ¿Modista? Es decir, prohibamos el determinismo ambiental, que cada uno haga lo que quiera. Hasta tus propias creaciones te abandonan, al igual espero que lo haga tu ciudad. Según he leído, unas afirmaciones también de tu propiedad, la verdad es que Madrid nunca ha estado limpia, lo que pasa que ahora lo está menos. Te invito muy educadamente a que compartas no sólo conmigo, entiéndeme, tu compañía se me haría indigerible, sino con otros tantos que comparten conmigo un fervor místico por las sucesivas resurrecciones que experimenta la luz al morir por las tardes en los jardines de Sabatini, un paseo por la -ahora blandita- calle de Fuencarral. Come and see, Ana, come and enjoy.

De todas formas, una cosa más, que voy a evitar dejar en el tintero. Tal vez a algunas personas no les parezca estrambótica esta situación, pero verás, cuando caminas entre putrefacción moral, cualquier cosa que pises te seguirá pareciendo, hablando en plata, una mierda.

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Ignorancia humana

Y digo ignorancia, como pudiera decir escasez moral, ética ausente y voz anulada. Así es como yo te veo, mujer. Desconozco tu ocasión. Es que no sé de dónde has salido, ¿Venías a mi clase antes? ¿O acaso eres nueva en el barrio? El caso es que me produce tu presencia vacío. Un espacio temporal que no tiene significado. Supongo que eso es lo que deberíamos sentir al mirar a alguien y no reconocer en sus ojos ecos que son lazos, el poder decir, Te conozco.
Pues bien, creo que estoy deshumanizada. Ni siento ni padezco. Y muchas veces creo que tú, y otras, y también algunos otros, dais forma a ese nutrido grupo, típicos adolescentes que vendrían a la facultad con un arma de fuego a volarnos la cabeza y a echarnos en cara, mientras nos retorcemos en el suelo preguntándonos por qué y quién un Yo, existo. También.
Hoy he entrado en clase y te he visto y me he preguntado a son de qué mi mala uva de los lunes. Lo hablaba con no sé quién de hecho. En cuanto ha intervenido la chica que estaba a tu lado, no sé si sois amigas o qué, le has tocado el antebrazo y le has sonreído, y me he dicho, ¡A son de qué! Incluso podría decir, que por lo bajinis le has dicho, Venga, ánimo. He envidiado tu humanidad de más, y he despreciado mi humanidad de menos, y por un momento, como estábamos leyendo a Valle-Inclán, he creído convertirme en un fantoche, recrear a La pisa bien, e irme a vender boletos premiados de la lotería, al creer que eso era lo único que yo haría bien. Al menos hoy.
Luego han venido tres animales, el Can, Miau y un loro, descubriéndonos a los demás, ¡Oh pobres mortales! , la correcta grafía y oralidad de la palabra sueño, el suspiro hecho conciencia y convertido a su vez en movimiento de Vanguardia. Las deidades reían, el coro sonando, porque la corriente, nunca estuvo bajo tierra. En fin, subrreal.
Ahí, tal vez, se me quitaron esas ganas -he de admitir, mínimas- de apostar por la raza y volver a mi odio patético y pésimo de los lunes. Pedí metralleta con leche y dos de azúcar, por prevenir. Y te miré con desprecio, porque no hay que fiarse de la gente amable, al menos no hoy. No un lunes, desde luego.

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Tú más que nadie…

Tú más que nadie deberías saber las consecuencias que tiene hacer una cosa u optar por otra. En el mismo momento en el que despegas tus labios y sale aire, ya es una brutalidad. Es muy burdo describir así el proceso tan complejo y enigmático que me hacen creer que es abrir la boca. Hablar. Escupir. Esculpir palabras que brotan, yo que sé, todo eso, ¿No?

El caso es que llegas tan tranquilo a casa, después de haberte enfrentado a esos cuatro hijos de puta que uno tiene que cruzarse en su vida, al menos una vez. Y yo no te lo digo, pero secretamente te guardo un gran respeto, porque yo no sería capaz de no darles dos bofetones y gritar: ¡Guerra! Después de todo esa prueba que tenemos que pasar, esquivar, demoler y corroborar llegas a hacerla, a estas alturas, sin pensar. Y mucho idiota hay por la red, que dice, ”Yo mataré monstruos por ti”, pero yo sé que tú, tú te enfrentas a toda esa banda de cabrones que me rodean y te sitúas cara a cara ante ellos por mí, por Diego, por la Bola.

Te quitas el traje y te sientas en el borde de la cama, mientras piensas que mamá llegará y te dirá que no te sientes, porque odia las dobleces, pero ignoraras lo que te dice y le sonreirás, diciéndole carantoñas que parece detestar pero que en el fondo le gustan y que mientras se marcha en dirección a la cocina para coger su teléfono y llamar a alguna de nuestras vecinas, toma aire y se siente querida.
Entras en la ducha, el agua cae sobre tu espalda y te contemplas a través de un vidrio para reflejarte en el cristal de la ducha tu medio siglo. Tu tiempo simboliza la vida, y a la vez es aniversario de muerte de mi poeta. Un poeta al que profeso gran cariño.

Y no entiendo por qué sales, te pones el pijama y vienes a mi cuarto. O en realidad puede que esto, que esto no sea más que una mentira, y que acabe de describir tu rutina, una rutina estúpida, como todas las que llevan a cabo los hombres. Porque el tiempo, el tiempo como tal, vertido o proyectado en la rutina no es más que una forma que tiene cada cual de encajar el puñetazo de la vida. Sé que eres tú, sé que vienes a mi cuarto por el ruido que hacen tus zapatos que te pones con el traje en la tarima. Te paras en el marco, finjo no haberte escuchado y te miro, de pronto, para quebrar el tiempo, yo que sé. Para hacerte esperar. Me observas y no sé qué piensas de mí, sin embargo a veces me decías, ”Andre, ¿Tú eres pequeña, o mediana?”, ahora me preguntas si abrazo el existencialismo, o llámame loca. De pronto, escoges decirme que cuando trabajabas en Caja Madrid, enfrente de la tienda de disfraces del centro, un hombre acudía con asiduidad a tu oficina. No era muy alto, siempre acompañado de un asesor, muy dicharachero, entroncando conversación con el que estuviera por allí. Un día te enteraste de que se trataba de Gregorio Prieto, y empezaste a hablar con él, al igual que te llamas Ángel, para poder llamarte Ángel Félix. ¿Crees que conocer el nombre de alguien, es indispensable para mantener una conversación agradable? Yo así lo creo y quiero que lo sepas. Parece ser, me dices, que cuando supiste quién era Gregorio Prieto, ya no el hombre, sino el tipo, hablasteis del 27, de algunos poetas y de arte. Luego murió. Le recuerdas bien vestido, algo afeminado, pero es que no voy a sorprenderme. Recuerdo que también viste a Alberti una vez en una librería y te acercaste a hablar con él, a pesar de que le detesto, y también hablasteis de literatura. ¿Sabes? También estuviste aquel día en casa, cuando buscando entre los libros del estudio vi el Popol-Vuh, el texto sagrado de los mayas, y me pregunté, recuerdo que me pregunté, ¿Por qué, papá? Al lado Ancia, Cántico de Guillén y tantas veces Borges…

Ayer hablaba con Lola, y le contaba estas estupideces, al tiempo que tomaba las anécdotas que te contó un maestro que tuviste sobre literatura, que ya es casi como hablar del tiempo, y me decía que quizá (de una especie de romance hablado en la península, ”qui sa”), eras un poeta absorto en el tiempo y digerido por la sociedad que no había escrito ni un solo verso. Si es esto así, quiero que de cada uno de mis intentos broten tus palabras perdidas.

Aún respiro mi mano sobre la tuya, de pequeña en la feria del libro, y me palpo la coronilla de mi pelo rojo, ahora, no antes, ardiendo mientras esperábamos juntos a que Galeano pudiera firmarte su último libro. Por eso tú más que nadie, tú más que nadie, deberías saber quién soy, al haber sido tú una vez, principio de mí.

Foto 1A

– ¿Mazarrón? ¿199…?

a,

Soledad de la tierra.

No tengáis héroes. Porque
Como hicieron con Dios y con
El cielo, al
Experimentar escasez,
Tuvimos que asistir a su creación.
Obviad
El paisaje, omitid los sentimientos.
Cubrid
Vuestro cuerpo de tierra y hundíos en ella para escupirla tras los pies peregrinos.
Exaltad
Los valores que prevalecen tras la siembra, creciendo lentamente, ocultándonos. Nos esconden en este valle larmoyante lleno de lacrimas.
Destruid
A los ídolos de cartón piedra que habéis creado,
Romped esas hall of fame stars de vuestro alma. El alma, la alma… A eso voy, que todo se diluya pronto .La sal, corrosiva, debe oxidar el metal de nuestro corazón, que como un navío atraviesa un camino lleno de personas como espinas, sudor de las entrañas y sangre de un esfuerzo maldito.

Si aún crees que el héroe romántico persiste, eres tú. Continua caminando, incluso te sugeriría que comenzases a correr para escapar de ti, de ellos, de él y de todos aquellos que te hacen crear monstruos. Después deberás humanizar o abandonar.

Man Ray 1

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