Lo ensordecedor del deseo.

Juan de la Cruz, cariñosamente ”Mi Senequita” para Teresa de Jesús, hizo del deseo una de las primeras realizaciones humanas -conseguidas- de la historia de la literatura. Reflejó el instante máximo de la conciencia individual, el orgasmo, a través de una poética amorosa de corte divino. Hubo hace tiempo, un grupo monjitas fanáticas que llegaron a creer que tras sus palabras se escondía la efervescencia divina del creador avivando la llama de la fe. Sin embargo mis amigos y yo, creímos que se trataba de una exaltación del deseo, como lo fue en su día el Cantar de los Cantares, si cabe, el poema amoroso más bello, ¿No? No lo llevaron a la hoguera por ser hombre, y Santa Teresa se libró por los pelos.

El deseo viene jodiéndonos – irónicamente- desde que el hombre era hombre, quiero decir, nos echaron del paraíso por querer coger una manzana. Yo no lo hubiera hecho, por la sencilla razón de que no me gusta esa fruta porque me produce abulia, pero oye, aquí cada cual que coma lo que le venga bien, como todo. Luego vino un hombre cargado de valores que en conjunto deseaban la salvación de la humanidad, y acabo crucificado porque nadie quiso entenderle. Más tarde fue un problema que Juana deseara fervorosamente a su marido y que él deseara a otras, conduciendo a esta a la locura y trayendo un heredero alemán que provocaría a unos cuantos comuneros segovianos, pero qué os voy a contar.

Ahora resulta, que el deseo en sí, volvió a ser un problema antes y después de la guerra. Cada hombre debía amar a una mujer, no podría enamorarse de forma libre. Y si quería expresar su amor, podía reflejarlo de forma artística, epístolas, imágenes, poemas… eso sí, desde un lenguaje que aportase la libertad necesaria como para hacerlo sin revelar su alma del todo, el surrealismo. Fue una época extraña, a cualquier persona podían señalarla con el dedo, tras crear los poemas de amor, que expresasen su deseo más íntimo, de forma sincera. Los bárbaros los censuraron o los mataron. Asesinaron el deseo, o al menos el recipiente del mismo, que no es otro que el propio ser, convirtiéndose en entres vacuos intolerantes y retrógrados, como si el deseo pudiera escalarse. Claro que estoy hablando de Federico.

Ahora llega la doctrina Parot. El deseo de los familiares por ver entre rejas para siempre a los que aniquilaron, del modo que sea, a la gente que adoraban. ¿No es esta adoración deseo? Deseo de continuidad, de felicidad, de familia, de amor… ¿No es acaso estúpido? ¡Es inútil! Nace el deseo y se materializa en los que gustamos tener cerca, ¿Por qué deben marcharse? Yo no hablo de la muerte, que llega y punto. Hablo de lo estúpido, y casi transgresor que resulta ir contra la moral. ¿Es eso? ¿Os hace parecer más rebeldes a ojos de Bruselas? Esta doctrina viene a decir que el acusado cumplirá pena por un único delito, el primero, desestimando los demás. Ahora indemnizan a una etarra por los daños sufridos por sus derechos como individuo desde Bruselas y España vuelve a bajar servilmente la cabeza. Violadores, asesinos en serie, ladrones, terroristas, cuya cuna fue el deseo desde una perspectiva concreta andarán por las calles exhibiendo de nuevo ese deseo que siempre ha llevado a España a la ruina y al llanto. El hombre es el único -en teoría- animal racional y conservamos ese vestigio salvaje en forma de deseo, instinto, qué se yo, la popia voluntad. El llanto sangrado por Castilla, la lágrima de un colectivo que grita. Una masa informe llamada: pueblo de España, sufrió las consecuencias de ese brote espontáneo, las sufre y las continuará sufriendo.

El deseo siempre nos ha perdido y sin embargo, en ocasiones ha hecho que nos encontrásemos.
Aquellos tristes pueblos de España, corridos por el tiempo y por la muerte no son más que el recuerdo de lo que el hombre deseo, tuvo y apartó de su horizonte de expectativas.

La vida no es más que el deseo de la muerte por echarnos al mundo.

Andrea.

Teruel, Castellote

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