Francisco Domado

Sale Francisco y le agarran de un brazo en el portal de su pensión. Le hablan de forma rápida, sin que pueda decir nada.

Escucha libertad, revelación, anarquía, amor a la patria. ¿Acaso usted no ama? Le hablan de un joven muchacho, con el puño en el alto, con la sangre en los ojos, con el campo en las manos. La tierra, le dicen, la tierra brota de la sed de los hombres por querer un motivo, alcanzar una fe, un sacrificio. Hombres y mujeres deben ser iguales, el verbo debe ajustarse al deseo. Lo surreal, lo dadá, la bohemia, el campesino, la naturaleza, el abismo deben contener su métrica, don Francisco, cree usted para nosotros. La voz desaparece y un joven miliciano se arrodilla otorgándole el precio de la victoria, unos cuantos visados al extranjero, no hay dinero, tiendas de campaña en la frontera. La cultura perdida y los hombres, asustados corren hacia sus adentros, por lo que pudiera pasar. Se alejan unos niños calle abajo con una vara metálica mientras le gritan, ¿Qué tal está su madre y el perdido de su hermano?

De perdido nada, le dice una muchacha tomándole la mano. Lleva un traje azul, un pañuelo rojo, sin maquillaje y el pelo recogido en una coleta larga. Las ventajas de amar la tierra, Salve María, Jesús resucitó de la tierra, el dulce olor a ermita, a jara y azucena. Los pueblos de España unidos bajo un poder grande, los pueblos de España bajo una voz soberana. Cohesión, futuro, independencia de la patria. España volverá a brillar, el sol no volverá a ponerse. Las siguientes generaciones perpetuarán la tradición… sangrarán los ojos de la Virgen, y los pecados se diluirán en los espejos del sótano junto a los enemigos de la patria, los campos, las canciones, la vertebrada…
Se tomarán las conciencias y se harán una, unidad, unidad, unidad, pinturas doradas, almas quijotescas cuerdas, hijos de buena familia, amas de casa perfectas, oposiciones y enjambres de bebés, futuros funcionarios al servicio de Franco.

Y entonces don Francisco Domado fue Antonio Machado y dijo…

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una
.

Tomó del brazo a su buen amigo Rubén y nos señaló la torre desde donde iba a precipitarse.

Antonio Machado

Andrea.

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