Volutas, volutatis

Las gracias comenzaron en el mismo momento, en el que decidieron que debíamos leer aquel libro. Ese libro maldito que sepulta cualquier ideal estático que puedas tener, uno de esos libros que te remueve la conciencia, para quien la tenga, claro. A mí, que me doblegue un buen libro -me dije- una cerveza o los brazos de alguien abrazándote de manera enérgica. Pero no un miembro de una generación decadente, no alguien que decide adoptar el nombre de un personaje creado por él mismo. No quiero democracias interiores ni paisajes íntimos.
Por eso tomo este autobús diariamente, y me siento donde puedo y no donde me dejan. Saludo amablemente al conductor, porque creo que es lo correcto y después me bajo al ver que es mi parada. Atravieso el puente, corro, bajo las escaleras de cinco en cinco y sin caerme, llego al pasillo de baldosas que me guían hacia la siguiente parada. La carretera de la izquierda me sopla detrás de las orejas y a pesar de la barandilla negra y fría el paso de los autobús me despeina el pelo salvaje. Alzo la mano y lo paro. Me subo a él, tomo asiento y miro por la ventana. No siento que mi expresión sea agria ni tampoco pienso especialmente en nada, sólo en los minutos, en el tiempo que no tengo, en los libros que aún me quedan por leer y si existe una vacuna contra el síndrome de Bartleby, vacunarme, vacunarme, vacunarme. Si tengo que escribir anónimamente y para mí huiré de ese patetismo extremo, no publicaré nada.
En el horizonte, a medida que el autobús pasa, yo leo, leo a Azorín, ese burdo personaje del que hablo, leo cómo José Martínez tiene la valentía de hablar a través de unos labios que no son suyos, que no paran de despegarse, que no paran de vomitar filosofía, literatura y vida. Y comienza, por si fuera poco, a charlar con Baroja de forma epistolar. El autobús se para, no me bajo, y veo una boina negra que sube. Un hombre mohíno, enjuto, con una chaqueta de pana ocre. Detrás un encinar, un hospital, y una residencia de ancianos. Se sienta delante de mí, y posa su brazo izquierdo por todo el respaldo del asiento. No para de mirar hacia todos lados, como si le persiguieran. Yo no paro de leer porque le temo. Es Pío Baroja, es él, no es realidad. Lo he leído y ha salido de mi boca, de mi mente, está conmigo y ahora me mira y tiemblo porque sé que está loco y que no me esquiva a pesar de que yo trate de hacerlo por todos los medios.
Me siento aliviada, veo que debo bajarme y me levanto agarrándome al tubo amarillo. Se levanta conmigo mientras le grita al conductor, ¿Es esta mi parada? ¿Acaso él lo sabe?, me digo. Llevo botas negras, medias del mismo color, charol, una chaqueta vaquera y una sudadera. Me mira de arriba abajo. Temo al hombre. De pronto me dice que el color negro que llevo encima no es suficiente como para equiparar la expresión seria de mi rostro. Le sonrío temblando, bajo los ojos y me río. En cuanto abre las puertas salgo corriendo, y cuando estoy a cierta distancia me doy la vuelta y ya no estaba. El viento me golpeó la cara y continué mi camino pensando en este hombre, en lo que me faltaba por andar y la voluntad que debería ponerle para ser en ocasiones, algo más valiente. Alejémonos de las mixtificaciones.

Pío Warhol

Andrea.

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