El gusto por lo nimio

Un esqueleto de mujer vestida -eso sí- a la última moda, se dirige al centro comercial más cercano para cumplir un favor que le ha pedido su marido, algo sobre un negocio familiar, no lo sé a ciencia cierta y tampoco tiene mucha importancia. El caso es, que se dirige con paso firme y seguro. Sus manoletinas atravesarán la acera, las rayas de varios pasos de cebra, titubearán un poco ante las pequeñas piedras que sientan sus plantas del pie y llegará a las escaleras mecánicas, donde colocará su mano derecha en la cinta negra y la izquierda se resguardará en el bolsillo de sus vaqueros ajustados. Mirará a su alrededor y observará unas trazas de luz que se cuelan por la obscena arquitectura de ese lugar, los escaparates de las tiendas y el público tan variopinto que suele haber entre las siete y las ocho y dieciséis minutos de la tarde. Entonces recorre la planta de abajo, se para en un par de tiendas, adquiriendo un collar metálico en una de ellas y seguirá hacia el puesto que hace esquina, o hacía, donde graban cualquier cosa en un objeto x.
Esperará unos minutos, y verá que en las vitrinas hay muchos ejemplos de cómo intenta el hombre marcar todo lo que mira. Subirá su mano hasta la altura de su cara y verá que no lleva la alianza de compromiso, porque no le gusta el oro, supongo que va contra su dogma de fe, como todo. Ahora lo llaman religión, ¿No es eso? Se santifica. Lo que quiero decir con esto, es que sólo espera que al llegar a casa su anillo, cuidadosamente guardado- aún así- en su joyero no lleve esas letras góticas que acaban de producirle un escalofrío, vuelve a hacerse la señal de la cruz. La figura de un niño en un cristal con su fecha de cumpleaños y su nombre le ha impulsado a dar un paso al frente y a decir: Es mi turno, disculpe. Le atiende un hombre con la cara marcada por no sé qué extraño motivo de la adolescencia, un bigote negro que parece recién peinado, un flequillo negro y unas manos cuadradas con dedos gruesos. Sin embargo, le llamará la atención -poderosamente- que lleve las uñas arregladas entre tanta grasa que producen los aparatos y los betunes del taller. Se retira el pelo de la cara y le pregunta a la señora, Qué desea usted señorita, a lo que ella piensa que no es de la tierra. Es extraño encontrar formas amables ante el ya habitual Qué quieres, pero luego recuerda que los españoles son dados a creerse amigos de todo aquel humano que comparte un cliché, como esperar la cola del teatro, de un museo, la fila de las palomitas, el estanco, sin tener en cuenta la parada de autobús o cometer una torpeza como que se te caiga algo del bolso, evidentemente sin valor, y que te toquen en la espalda sonriendo o no, esto último es opcional.
Que digo, le pregunta eso y ella dice o dirá que viene con unas monedas que le ha dado su marido para grabar. Encima. Unos nombres. De niños. Sí, sí. Ah claro. Es usted la mujer de ese hombre bajito.
De ese hombre bajito. Bajito. Hombre. Es un hombre, y es pequeño, dicho con cariño bajito. Pequeño. Nimio.
Volverá a su casa dando un rodeo mientras en su cabeza va pensando y riendo, porque claro, es que nadie ha reparado en el diminutivo de las palabras, que es algo realmente chistoso y con sustancia, y el tic tac de su reloj le acercará a otro pasamanos, esta vez de madera, típico de portal de un edificio de barrio, saludará a su portero, y cogerá el ascensor. Al llegar a casa, reirá y lo contará a sus amigas, a su hija y a su hijo. No recordará la estatura del chapista ni si le ha pagado o no. Lo que si hará al estrechar a su marido entre sus brazos, ya en la intimidad, será pensar la suerte que tiene de estar con un hombre de género español, de la media. Que entable conversación con cualquiera. Ni muy alto, ni muy bajo, ni muy feo ni muy guapo. Que entable conversación hasta con el apuntador, porque por conocer, hay que conocer en el mundo hasta a gente en el infierno. Porque todo el mundo sabe que en el infierno sólo se creo con el pretexto de encerrar a personas burdas. Como todos aquellos que se meten con el respetable mundo de las grandes cosas que miden más de metro setenta, dijo finalmente mi padre indignado. Y yo le dije algo así como que no se preocupase, que mucha gente a la que yo respetaba era de mediana estatura, que antes las camas eran estrechas y que me iba a pasar el fin de semana entero fuera de casa. Eso sí, haciéndole saber que Mariano José de Larra, uno de los grandes, medía tan solo un metro y medio, bueno, siete centímetros más. Y por supuesto ignorando el hecho de que acabase suicidándose por la cabezonería de una mujer. En fin, me digo a mí misma en este momento.

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Andrea.

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