Vicenta

Parece que fue ayer. Los días más largos me producen histeria, no me concentro, no veo el momento de volver a mi cama y sentirme a salvo. Tampoco sé a qué se dedican todos esos días en los que ponerse un jersey es excesivo y querer a alguien, de forma normal, es obsceno. Con lo cual es mejor tratar de ser feliz, o al menos, verse y bien y fuera.

Me levanto por la mañana y me visto a oscuras. Siento un escalofrío al poner el pie en la ducha y me retuerzo a medida que el agua no se apiada de mí. Desayuno por no pasar vergüenza en clase y tener que ir al descanso a la máquina de café. Cojo el bus, y luego otro, y me encuentro con personas que me apetecen o tal vez no. Entonces bajo los ojos y finjo que el libro que llevo es excelente, o que la música que voy escuchando es el último suspiro de Hendrix. Llego y me encuentro con unos compañeros en la cafetería, charlamos y me marcho. Cerca de mi módulo me topo con un chico que sale a todo correr, me dice que la profesora se ha retrasado, que está en un atasco y que va a llegar tarde. Me cruzo con la tirana y su amante, dejo las cosas en clase, saludo y me voy a la máquina de café. Me alegra saber que las de reprografía comparten mi humor, gracia que aumenta al ver en el tablón, que hay más fotocopias de Naturalismo para la semana que viene, y de verdad, de verdad que le he puesto ganas, pero no hay manera. Una chica termina de sacar su café y antes de que pueda cogerlo, meto mi moneda de un euro, mía, y resulta que ni si quiera había salido su cambio. Mi amigo, que me ha acompañado, se ríe de mí, ella me mira en plan, qué cojones te pasa, y algunos de clase que cogían el maldito material, es decir, la ingente cantidad de fotocopias, también me decían por el suelo, el ya popular: Vaya tela.

Aguanto firme la mirada del sofá rojo de terciopelo con la letra P, que me escudriña desde esa montura finita, pero mis fuerzas parecen quebrarse y admito que no, que no he hecho los deberes profe. Durante las dos horas siguientes vemos vídeos sobre el comportamiento de los primates y las dos siguientes miro atentamente un libro con unos grabados ilustrados de Goya, bastante chulos he de decir, sostenidos por un simio. Y no, no me llamo Alejandra, ni tampoco acepto un ”Ay, casi”.

Salgo y corro al autobús de la universidad, veo que hay una fila impresionante y paso por toda la carretera y aparento mirar los horarios. Subo la primera, me siento en el sitio que quiero y cuando arranca el tanque, veo que se ha quedado gente en tierra. Me odian. Como rápido y me pongo a ordenar mi mente para la clase de esa tarde. Pierdo el tiempo y hago un par de fotocopias y esquemas. Salgo de casa, cojo las llaves y entro en pánico. Me viene a la mente mi cartera morada con ribetes de cuero en la cajonera de la universidad. Me pongo blanca, empiezo a fibrilar, llamo a mi madre repitiendo una y otra vez qué hago, qué hago, qué hago. La recojo y llego en cuatro minutos a la universidad. Los que me conocéis, desde mi casa a la Autónoma, ya sabéis. Salgo disparada del aparcamiento a mi aula, miro una y otra vez, no está. Miro incluso en asientos en los que no me he sentado en mi vida, por si se ha transportado por telekinesia a un lugar cerca del radiador. Voy corriendo a conserjería, me mandan a información. La gente me mira raro, corriendo con veinte años, vaya cruz. Me dicen que pregunte a las señoras de la limpieza. Me cruzo con una y le asalto. Me dice que vaya preguntando una por una. Mi primer día de trabajo y llego tarde, en fin, que yo soy así, incorregible. Logro dar con una que me dice que tengo que buscar a Vicenta, en mi interior suena la palabra en estéreo, a cámara lenta, me veo corriendo de un lado a otro. Voy a mi módulo, subo las escaleras y allí está. Dentro de una salita, con el carro, las bolsas, vestida de verde esperanza. ¿Es usted Vicenta? Le explico lo de mi cartera, me dice que la ha cogido, que cuando se suele encontrar las cosas espera a ver si el estudiante se pasa antes de que termine el día y sino lo deja en conserjería. Aún queda gente decente, me digo, hay que echarle un poco de voluntad. Le digo que es un sol y no para de hablarme. No sé cómo llego al coche donde está mi madre temblando, el dinero es lo de menos pero la burocracia, los carnés de las bibliotecas, las tarjetas, el carné de conducir- ¡Con lo que me costó!– y mi tarjeta de oro Vips hacen el paquete interesante. Perder la cartera se ha convertido en un asunto de honor. Me abraza emocionada. La dejo en casa, me pierdo con el GPS y llego a mi destino. Se me pasa la hora y media rápido y me marcho contenta de poder hablar de gramática. Cojo el coche y cae la de Noé en un sitio que no conozco. Suena la Rock Fm y me llaman para tomar unas cervezas, al llegar a casa aborto el plan y me tumbo a intentar a esribir unas líneas que no me salen. Efectivamente, sucedió ayer. Gracias Vicenta.

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Hoy me he dejado las gafas, pero todo va bien. No recuerdo donde dejo las cosas, debe ser algún trastorno obsesivo-compulsivo, seguro que las aguas del Eteo tienen algo de culpa.

Andrea.

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