La primera vez que leí algo de Rafael Sánchez Mazas.

La frase que da título a esta entrada es mi síntesis del libro Soldados de Salamina.

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– Portada de la edición.

No es el mejor libro que he leído en mi vida, pero es un libro, y eso ya es más de lo que muchos pudieran nombrar como suyo. Recuerdo una clase de lengua y literatura, de tercero o quizá cuarto, una de esas páginas repletas de ejercicios, cuyo mal sino es copiar su enunciado en nuestro cuaderno. Había una viñeta, un hombre cenaba frente a una mujer. Unos platos, unas copas de vino y una lámpara en medio de poca justicia estética. El dibujo acompaña a un texto de este libro. Era corto, una conversación entre el protagonista, un alter ego del propio escritor y su mujer. El caso es que llevaba algún tiempo sin escribir y por fin había aparecido una idea, cuyo camino no es fácil de encontrar. Era un diálogo, de eso sí que me acuerdo.
Automáticamente se añadió a un sector mental que conservo intacto con los años, a pesar del azote de la mala fe, de libros que tendré que leer en mi vida, porque yo quiero sin que nadie me lo diga.

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– Javier Cercas.

No fue hasta hace un año y algunos (muchos) meses, en un trayecto Madrid-Aranjuez donde comencé a leer la novela. Me gustó como cualquier libro medianamente bien escrito cuyo argumento te emociona sin rozar la lágrima y te sorprende sin llegar al asesinato. Lo volví a leer de nuevo a los pocos meses tras descubrir que había una película, del director David Trueba. Si hablamos de comida – perdonadme, acabo de comer- la primera lectura sería el pan del bocadillo, la película el jamón y bueno, las sucesivas, el tomate, la lechuga, la mayonesa y el queso. El otro trozo de pan es mi propia interpretación.
Como lo que voy a contar no es nuevo, no aviso de más que probable spoiler.

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– Rafael Sánchez Mazas.

El protagonista es un escritor que no escribe. Un día, en un encuentro con el hijo de Rafael Sánchez Mazas, que por ironía no sé si literaria, intelectual o qué (En este mundo nadie es padre de nadie pero sí hijo de alguien) resulta ser el padre de Rafael Sánchez Ferlosio, a su vez padre de El Jarama, uno de esos libros que se suman a la lista, anteriormente comentada, escucha la historia del fusilamento de su padre. Rafael Sánchez Mazas, ideólogo y miembro más antiguo de la Falange española es apresado, y también es el perfecto candidato para engrosar las listas de fusilados de la guerra civil, cuyo escenario es ahora el bando republicano. Cuando comienza el tiroteo de balas sin un destino, y el olor a muerte se le pega al abrigo de piel, se tira al suelo, para intentar pasar por muerto y huye por el bosque. Se esconde en un matorral, con la suerte – o no- de haber respirado la muerte y poder seguir caminando. Un soldado le encuentra y le perdona la vida mirándole a los ojos mientras le preguntan si ha encontrado a uno de los dos supervivientes (Me niego a escribir sobreviviente). Qué jodido es, ¿No? Perdonar la vida a alguien que no sabes quién es, que tal vez le hayas visto un par de veces, sabiendo que es uno de esos hombres que han tirado una de las primeras piedras para que empezase toda esa mierda que admiro, la Guerra Civil, y que mucha gente ha olvidado, porque las cosas que duelen se olvidan. Qué hay de esas personas, Qué hay de ellas. Ahora sólo quedan placas honoríficas por toda España, en cada pueblo, en cada plaza olvidada, tal vez en alguna playa en la que algún héroe cayó al suelo sintiendo la sangre y viendo el mar. Esa es la pura realidad.

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– ¿Miralles?

Es entonces cuando la persona, es decir, el escritor (dentro de la novela) decide seguir avanzando y recopilar todo lo sucedido dentro de esa historia, sin ahorrar ningún dato y sin omitir ninguna voz (gracias). Introduce otras tramas, no todo es historia. Escribe cómo se siente. La autohumillación de saber que muchos otros han escrito cosas brillantes y que otros tantos después de él, escribirán cosas mejores aún sin proponérselo. Es también un proceso que nos lleva a asumir que el tiempo va pasando, y que los horizontes migran.

Al ir relacionándome cada vez más con la lectura de otros autores, en una relectura del libro de Cercas, al volver a pisar el camping Estrella del mar, se me ocurrió pensar que fue donde Bolaño cuenta haber trabajado. Más tarde pude ver un par de entrevistas y leer en algunos de sus libros referencias a este pequeño recuerdo feliz. Roberto dice que no siempre se es feliz, pero que él siempre, en algún momento del día se sentía así. Yo creo que es el mismo sentir que tuve al decidir que tal vez, Soldados de Salamina, era mi libro, al compartir cosas de la vida que no son agradables, la Guerra Civil, el estilo como una respiración y Roberto Bolaño, que es mi favorito. Y también España, con cariño.

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– Roberto Bolaño.

Andrea.

Buen fin de semana e inicio DE OTra.

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Un comentario en “La primera vez que leí algo de Rafael Sánchez Mazas.

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