Los rojos no usaban gorros.

O al menos eso decía un cartel en la calle Montera de Madrid hace sesenta años, aproximadamente. Es lo que hemos estado analizando hoy en pragmática, luego se ha sumado Chomsky, una nueva denominación de origen para con nosotros por parte del profesor, llamándonos ”locatis”- lo hemos clasificado de neologismo-y trece mil cincuenta, ni más ni menos, horteradas semánticas que volaban por la clase. La semántica y la pragmática te animan a comprártelo, y además, no contentos, te cuentan que los gorros estaba prohibidos durante la guerra, que los rojos habían perdido y que sólo los que se encontraban en el lado ganador o estaban a favor de los nacionales, podrían tener el suficiente poder adquisitivo como para adquirir tan distinguido accesorio.

Sé que dice sombrero y que Portolés se enfadaría porque semántica y pragmáticamente no es lo mismo, pero al cuerno.
Sé que dice sombrero y que Portolés se enfadaría porque semántica y pragmáticamente no es lo mismo, pero al cuerno.

El lenguaje al ponerse por escrito nos proporciona ese afán de perdurabilidad que el ser humano necesitaba después del batacazo que supuso saber que no íbamos a vivir para siempre, y la verdad es que parece haber funcionado. Nos expresamos en cartas, paredes, cuellos, cuadernos, incluso con un avión en el cielo. Esto del amor, que es muy complicado.

Los carteles, hombres y mujeres, criaturas del Señor todos. Si todos los caminos llevan a Roma, ¿Por qué tanto cartel en las carreteras? No tienen en cuenta a un colectivo soñador que se piensa que son simple propaganda de Madrid, por poner un ejemplo. ¿No se han dado cuenta de que nos ha ido fatal promocionando nuestra bonita ciudad? Tanto relaxing cup of café con leche… Pero qué daño ha hecho.

No es correcto, disculpen, no lo es, pensar que las palabras no cambian a las personas porque sinceramente creo que es lo único capaz de modificar aspectos que creíamos totalmente estáticos y la verdad sea dicha, todo lo que no provoca un estímulo en nosotros no vale nada. Quién no baila cuando suena música, como por ejemplo, la del telediario, quién. Tiene mucho ritmo después de todo. Lo que quiero decir, es que para eso vivimos en una sociedad graficéntrica, las palabras configuran nuestra mente y no hay más tu tía. Ya lo dije una vez, si no recuerdo mal, que no morimos hasta que alguien firma un papel, y que no nacemos hasta que alguien nos da el visto bueno, esperando que ese empleo, el de dar el visto bueno no esté remunerado porque el que lo desempeña creo que está poco listo. Sólo es necesario la sugestión de una idea por medio de la palabra para que un individuo active de forma inconsciente su cerebro y voilá, lo sugerido aparecerá en su pantalla mental como por arte de magia, así que por favor, no imaginen nada que no puedan tolerar. Tortilla de patata. Mierda.

¿Se han fijado en las cajetillas de tabaco? Son cartas del tarot, te dicen: Fumar puede matar, no que lo haga sino que puede, es decir Tú sigue dándole al pitillito que verás, pituti. Sin embargo son muy inteligentes, porque en las botellas de alcohol no te dicen: Si bebes, no le escribas A NADIE por Whatsapp, o restringe tus contactos del género opuesto, si sabéis a lo que me refiero…

Las palabras también pueden pillarnos. Debemos estar siempre alerta , y digo siempre porque nunca sabes cuándo van a cogerte con las defensas bajas. Me levanté ayer y Esperanza Aguirre trató de convencerme con su discurso populista de aristócrata inmortal, que baja de vez en cuando a la provincia a dar de comer a las masas con discursos baratos y creíbles. No tengo ni idea de quién le mete la información a esta máquina, pero el hecho en limpio es que estuvo a puntito. Y es muy peligroso, créanme, yo no uso gorros. Pero, aparte de destrozarme el desayuno, no te perdono el asesinato de nuestra terminación maravillosa para adjetivos y participios: -ado. ¿Lo consideramos asesinato? Un momento Esperanza, a todo esto, ¿Por qué debemos catalanizar España? Cuidado vaquera.

Apuntamos los teléfonos en nuestras agendas, anotamos las tareas, decir que queremos a alguien para que quede constancia, en la universidad de Navarra junto a la matrícula, que dice estás dentro del equipo, te adjuntan un formulario de honestidad en el que te comprometes a no copiar en los exámenes. También deberíamos hablar de la ropa de marca, que sólo es marca porque lleva algo escrito que lo identifica dentro de una utopía de algodón, lycra y piel. Esto nos permite individualizarnos, separarnos de la masa, Yo llevo esto, y tú lo otro. El único riesgo que le veo es el convertirnos en un trozo de tela con ojos y no en algo malo que ya somos, trozos de carne, en ocasiones descastados y sin corazón. Otra cosa que deberíamos llevar encima, un papelito que diga: Tengo entrañas. Para avisar al personal vamos. Simple advertencia, que ahora parece que todo debe llevar etiqueta.
Escribimos nuestro nombre en nuestras cosas para que dejen de pertenecer a nadie, cosa rara porque nuestros padres no nos pusieron el suyo- salvo excepciones- luego se extrañan cuando aparecemos con tatuajes o con pendientes, pues sí padres, progenitores, mi cuerpo es de mí. Que nadie se tatúe esto último, hagan el favor. ¡Eh! Tampoco se lo imaginen. Espero no llegar tarde.

De todas formas muchísima gente debería hablar en silencio, por si acaso.

Andrea.

ImagenVC

* * *

Por cierto, tercero de hispánicas es increíble… quién iba a decírmelo, oigan. Quizá me permita el lujo de recomendar algunas lecturas…

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