Relaxing cup of Nesquik in mi habitación.

Iba leyendo Nocturno de Chile, cuando de pronto se me ha acabado entre las manos. Ni corta ni perezosa, me he salido del menú y me he puesto a leer Los detectives salvajes, no sé, parece que es el mejor libro que he tenido. El mejor documento. ¿Ves como no queda igual? Hoy justito me ha dicho mi amiga Paloma, muy seria y con una carcajada en la garganta de fondo, no sé si sabéis a lo que me refiero, ”No me gustan las historias, me gustan los libros”. En serio, que tenga que venir una estudiante de medicina a darnos un repasito a la humanidad, cuesta pero que mucho, ¿O no?

No, claro que no es lo mismo leer en papel o hacerlo pulsando un botón pero no sé qué sentir, ¿Cómo debería sentirme? Pues no lo sé, esto de vivir se está poniendo peliagudo. Es como la estupidez de no ver a Cortázar en tercero de carrera, pues igual, lo mismito. Qué alegría es volver al centro acompañada de Dolores. Vamos a manifestarnos, pacíficamente, entre otras cosas por Julio y por Galdós. ¿Volver a leer Miau? Me quedaré de las últimas porque me niego a leer Cien años de soledad. Ahora me dispondré a comprar un pasaje para irme fuera del país, porque después de lo que acabo de decir van a apalearme.

Estoy escribiendo sin saber muy bien qué escribo. Hace poco sin ir más lejos, dije que estaba perdiendo memoria, cosa cierta, y hoy digo dos cosas. La primera es que debería haber más libros sobre La movida madrileña. La segunda es que quiero ser rica. La segunda de mentira apartado b es, que quiero el dinero para viajar y comprarme libros que olvidaré, perderé o prestaré. La segunda real es que me gusta observar a la gente que va en transporte público.

”De pronto me siento. Y lo hago en Vodafone, o sea, en Sol. No me siento porque hay mucha gente y es evidente que no tengo donde sentarme. Se van bajando y consigo un sitio, entre dos personas, no me suele gustar estar en medio. El chico que está a mi lado está leyendo lo mismo que yo. Él en papel, ”albricias”, me digo y ni si quiera me mira. Hay tres chicas gritando lo que han estado haciendo este verano, gritando. Justo delante de mí, sentada, con las piernas ligeramente cruzadas, un vestido con motivos ibicencos, sandalias y bolso blanco hueso las mira de arriba abajo sin pestañear. Creo que se avergonzaría si una de ellas fuese su hija. Tal vez lo fuera, lo importante es que se han bajado y ya no molestan. Sigo leyendo y me doy cuenta de una cosa que anoto cuidadosamente en un papelito, que no sé muy bien de dónde ha salido. Si fuese matemática- harto improbable- mi constante vital sería ”no lo sé” y tendería hacia menos infinito. La señora se levanta, o me levanto yo antes, y nos vamos hacia el otro andén, esto de los transbordos no hay quién lo soporte. A ellas tampoco, a ellas tampoco me digo bajito. Canal es una estación estúpida, siempre hay que esperar nueve maravillosos minutos leyendo, estúpida. Golpeo el botón de ”Ábrete puerta de mierda” del metro, y la señora está detrás y aunque sé que me mira, no me giro, y me dice, ”Tranquila, se va a abrir igual”, ¿Y si fuese mi madre? Qué bochorno.
Al salir en mi estación todos corren hacia las escaleras, y me digo a mi misma, que no iba a correr, que no me esforzara, que las aventuras son para gente de espíritu joven, pero llego y bueno, entramos sin hablar, como si fuésemos algún tipo de presos. Huele a Álvarez Gómez, esa colonia, o fragancia, es que no me importa, de gente madura, mayor, abuelos, ancianos, que Dios me castigue con la caída o el paso de los años. No soy yo. Salgo al exterior, respiro y timbro mi casa. Se me olvidan las llaves, se me olvidan las cosas. Y me apena, me pone triste. Empiezo a pensar en la gente a la que quiero y lloro en el ascensor y entro en mi casa, mi madre en el marco de la puerta. No hay palabra. Me quito la ropa , me fundo en un pijama viejo y me siento en la silla de mi ordenador, meto un libro en otro y me preparo un ”Relaxing cup of Nesquik en mi habitación, y la verdad es que no. No me lo preparo, porque eso lo hago por las mañanas, mientras veo la televisión, que francamente, no me interesa”.

Ojalá quedasen maestros. Qué digo maestros, ¡Personas decentes!

Chico leyendo en las vías del Amtrak

Ojalá …

***

Andrea.

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