El despertar de los dioses 4

Intentó levantarse. Lo hizo de golpe, se mareó y volvió a dormirse. Cuando abrió los ojos vio una sombra de alguien que se acercaba. No supo si por miedo o por vagancia, asumiendo el cuerpo un rumbo propio tangente a la mente, los cerró. La segunda vez que fue consciente de que existía, decidió ponerse en pie y preguntar. Quería romper con esta estupidez, despertar en su casa, ponerse la corbata e irse a trabajar. Ocurre a veces, cuando estamos fuera, que sentimos una especie de exilio, un sentimiento que nos llama a sentirnos de algún lugar. Él pertenecía a unas cortinas blancas sin agujeros que llegaban hasta el suelo. Al café negro, a la televisión con una gran pantalla pero con un fondo bestial. No le gustaban esas televisiones planas. En cierta ocasión llegó a decirle a su hijo que era mejor la que tenían en casa que cualquier otra que pudieran ver en cualquier escaparate de cualquier gran superficie. Dentro de esa caja las mujeres y los hombres que aparecían, jugaban, se divertían. Tenía en su casa un pequeño espacio lleno de gente pequeña produciendo televisión para ellos mismos. Le gustó la idea y en el colegio empezó a decir que su padre tenía en casa un grupo de personas que grababan los programas de televisión, que dibujaban las series animadas, que leían las cartas por la noche. Por eso en el colegio se pensaron que trabajaba en una productora, que tenía un estudio o que los compañeros de trabajo de su padre eran grandes artistas. El padre de fulanito va a venir ésta tarde a hablarnos de su trabajo. Bien, ese día llegó y resultó que era economista y que trabajaba en una agencia de publicidad, pero bueno, al fin y al cabo a cualquier cosa le llaman espectáculo, hasta un balance de cuentas de Coca-Cola.

Deambuló por la habitación en la que se encontraba. Muy sobria, un sofá negro de cuero con una manta de cuadrados rojos y naranjas, unos cojines que para no tener una opinión clara de revistas de decoración le resultaban simpáticos, una estantería llena de libros, un par de mesas de madera envejecida y una lámpara de pie junto a una butaca hermana del sofá. Es mi casa, se dijo. ¿Qué hago aquí? Una voz dijo, ¿La reconoces entonces? Sí, es tu casa. Había otra balda encima de la televisión, que estaba a su vez, encima de un cofre de madera antiguo con los detalles metálicos en negro y una pila de revistas antiguas a la derecha. Ahí, tres fotos. Una de su hija Sara, otra de Quino y una de los cuatro juntos en una terraza en la playa. Marta sale con el pelo recogido en una coleta, sin camiseta, con una parte de arriba de bikini negra, con fruncidos, tratando de ser antigua. Por la posición parece tener las piernas cruzadas. En la mesa hay un paquete de tabaco. Los dos niños salen dispersos. Él sale con la mano izquierda tratando de alcanzar la barba de su padre mientras que la niña sale en la parte central de la mesa, encima. Delante una paella más grande que la personita que la mira sonriendo con las manos en la boca y el pelo castaño claro revuelto. Él, sin embargo, a pesar de que ya les están haciendo una foto, sale totalmente girado, mirando sentado la mesa mientras le saca una foto a la criatura.

– ¿Qué importa que Quino no sea hijo tuyo?
– Nunca me ha importado, cuando Marta me dijo que estaba embarazada yo ya sabía que no era mío. Siempre le he querido, desde que nació, siempre. Mi corazón reside en el suyo, porque cuando abrió los ojos fui yo el que se reflejó en ellos por vez primera. Es mi hijo.
– ¿Estás seguro?
– Por supuesto.

Su voz no tembló, decía le verdad. Pero empezó a llorar porque a veces, cuando estaba sólo, en casa, lloraba desde el sofá con el cojín en los pies, mientras miraba esas fotos cuyos marcos daban vida.

La sala se fue difuminando poco a poco. El hombre al que ayudó, estaba ahí, de pie, frente a él. También con el que había hablado y otra persona con aspecto de mujer, cuya mirada se concentraba en algún punto de ese suelo negro opaco. Perdió interés y se dirigió a él:
– No eres una mala persona. Tampoco te hemos puesto a prueba. ¿Qué quieres?
– ¿Qué quiero?
Asintió.
– No quiero nada, sólo quiero irme, no sé cuánto tiempo he estado aquí. Quiero irme a casa, quiero ver a mis hijos, quiero abrazar a Marta. Quiero ser feliz.
– ¿Quieres ser feliz?
– Sí.
– Está bien.

Sintió que alguien le golpeó muy fuerte, es decir, eso creyó, no pudo compararlo con nada que le hubiera sucedido anteriormente. Probó de nuevo el suelo en la cara. Al despertar, se quitó las hojas del rostro, se quitó el polvo de encima. Sacudió sus pantalones llenos de barro, se quitó las piedras de las palmas de las manos y se tocó la cabeza. No tenía ninguna herida. En principio estaba bien. No sabía dónde estaba. ¿Dónde estaban aquellos hombres? Qué fue del claro y de la luz.

FMult (75)

Andrea.

–>Continuará…–>

Perdonadme, soy una antigua y me gusta Bunbury. Sonó en las fiestas de la Latina, y me he acordado de repente.

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