El despertar de los dioses 3

Aquel día no le había dado los buenos días. Al abrir los ojos, se incorporó en la cama y puso su mano sobre la cadera de su mujer. Respiraba de forma pausada, y de vez en cuando, un mechón bailaba con el aire que exhalaban sus labios. El color era bonito, un castaño claro, que iluminado por la luz que entraba a través de las cortinas parecía más claro e incluso transparente, invitando a la caricia. Le pasó la mano por la cara de forma suave. En sueños todavía, sonrió ligeramente, y la mano que tenía debajo de la cara al dormir cogió la suya, la besó y siguió durmiendo. Se incorporó de forma completa, retiró la sábana de sus caderas y bajó los pies al suelo, metiéndolos entre los hilos de la alfombra. Se echó para atrás, no muy cómodo pero sí divertido, la besó en los labios y se fue a desayunar. Por eso no, no eran buenos días. Eran ‘Los días’.
Para ir a la cocina debía atravesar un pasillo largo, y dejar a la derecha la habitación de su hijo. Entró y se encontró al niño con el pelo despeinado en aquella cama que le pidió en la tienda el día que le dijo: Hombrecito, vamos a construir tu propio fuerte, desde un metro y tres centímetros del suelo, con labios fruncidos y autoritarios, mientras le tiraba del pantalón.

Parecía uno de esos niños que caminan por calles de alguna ciudad olvidada. Creyó que nunca había visto nada tan triste como los ojos de esos pies cansados, esas manos con una canasta de fruta, ese pelo revuelto, pequeños príncipes…
Se acercó, metió su mano entre los mechones de pelo de su hijo, le pasó la mano unos segundos y la retiró. Se miró los dedos llenos de magia, le parecía mentira que aquel renacuajo respirase e hiciera burbujas debajo del agua. ¿Cuánto tiempo había pasado desde las vacaciones en Cádiz? Ni si quiera dos años… Pa…pá.

Un escalofrío le sacó del recuerdo y volvió a centrarse en ese cuerpo pétreo que ahora parecía su interlocutor. Estaba estático, una mirada que no decía palabras. Sin embargo, se dispuso a hablar, lo supo porque se levantó, le rodeó tocándole los hombros, volvió a sentarse, cruzó las piernas y su mano derecha con un gesto condescendiente acompañó su diálogo.

– ¿Qué hay del día en el que te dijo que estabais esperando un niño?
– ¿Perdona?
– Sí, ya sabes.
– No pienso responder, no sé cómo sabes cosas de mí, pero no pienso decir nada.
– Marta vio el miedo de tus ojos, un miedo terrible. Vio abandono, se vio sola. Como en el primer susto.
– Quién eres, quiénes sois. Estoy cansado…

Hizo un amago de levantarse e irse, a pesar de no saber hacia dónde, pero cayó al suelo fulminado y creyó volver a soñar desde las uñas de las manos de su hijo, desde la cama, desde el ventanal, desde el café sin leche.
Intentó no dejarse arrastrar, pero era inútil. Sus músculos se tensaron y como si hubiera dejado de pilotar su cuerpo, se sintió boca arriba, con los brazos en cruz, mientras sus ojos se cerraban lentamente como los de una muñeca de postguerra.

¿Papá?

Fotografía 2

Andrea,

–>Continuará…–>

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