El despertar de los dioses, 2

Mientras lo hacía, la mezcla de arena anaranjada cuyo polvo se adhería a las suelas de sus botas mudaba a una hierba amarillenta por el sol, que más tarde, dejó paso a una tierra fértil. Los árboles, anteriormente desperdigados por el paisaje, se concentraban ahora, habían crecido, las sombras eran alargadas. Llegaron a un claro, y después a otro. Le vino a la mente una imagen de lo que parecían haber sido minutos. Había dejado su arma donde le encontró, justo al lado de un cuerpo inerte que cobró vida. Recordó un momento extraño y también difícil. Cuando habían empezado a subir por las piedras de aquella zona, el desconocido se había girado, observándole de arriba abajo. No sentía nada, estaba como paralizado. Podría decir que era el mismo hombre que hacía cuatro años. Llevaba a su hijo al zoo, no muy apartado de su casa. La puerta de hierro del principio, pagar las entradas, el hombre tras el disfraz de oso, el tacto frío de la barra que separaba el recinto de los leones. Los leones. El sentirse presa. Se quedó un momento mirando a uno de ellos y sintió una punzada de dolor. Cambió a su hijo de hombro, le dejó en el suelo y se aproximaron a ver otros animales que no transmitieran la sensación de vivir una vida que no corresponde. Aquello era igual. Esos ojos inquisitoriales le estaban preguntando. Rogaban una respuesta. Quizá esperasen un ataque. Un salto hasta la zona baja, coger el arma y disparar. Después de todo, ¿Quién podría ser?

Una construcción se alzó ante sus ojos y fue apareciendo en sus retinas como los créditos iniciales de alguna película. El espacio que ocupaba era grande, pero la superficie bajo sus pies diezmaba esa sensación, las paredes parecían espejos donde se reflejaba la luz dibujando un hexágono perfecto en el suelo. Se preguntó si aquello no quemaría ese lugar sacado de ningún sitio. El guía se volvió, haciendo un gesto con la cabeza: La luz no se proyecta, sino que se refracta consiguiendo un efecto óptico que no existe. Permite que no existamos y que nadie pueda ver este lugar, y tampoco a nosotros. Convierte cada movimiento en un baile de sombras en un claro, de un páramo por el que sólo se interesan los satélites para demostraros que la tierra aún vive y que las ciudades se mantienen a raya. Se quedó parado. Hablar… sin mover los labios… adelantó su pie derecho y levantando el brazo izquierdo a una distancia prudente, una mano amable preguntó, ¿Quién eres tú? Echó a correr de pronto y un fogonazo le aturdió haciendo que perdiese el equilibrio cayendo al suelo de espaldas. Cuando quiso levantarse, sencillamente no pudo. Una corriente de aire le quemaba la cara y una luz inundó todo. ¿Dónde estoy? Allí en el suelo tirado, apoyó sus manos contra la superficie. Era fría, casi de cristal. Parecía una superficie frágil. De pronto se durmió.

Al despertar, volvió a ver aquello que persiguió. Estaba sentado en un sillón blanco, con la mano en la barbilla, contemplándole. Hablaba como para sí mismo. Se colocó los pantalones color camel, se estiró la camisa de cuadros verdes y azules, se quitó el polvo del chaleco para finalmente preguntar, quiénes sois y por qué estoy aquí. Una voz grave despegó los labios. ¿Y quién eres tú? Se quedó algo pensativo. Parecía que no estaba ocurriendo nada, pero esta nada era el todo más profundo a unos cuantos kilómetros a la redonda y quizá a otros tantos de lo humano.
¿Es esto otra especie de cuento de ciencia ficción?

–>Continuará–>

Barbaquiu (41)

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