El despertar de los dioses

Había baches en la carretera. La vegetación empezó a devorar el humo procedente del tubo de escape, deshaciéndose en una esquela de polvo. Con la mano derecha sujetaba enérgicamente el volante y con la que le quedaba libre cambiaba de emisora, golpeaba el salpicadero y buscaba un mechero que funcionase. La radio dejó de captar la frecuencia, se encendió un cigarro y el sol de primera hora de la tarde le obligó a sacar las gafas del chaleco. El coto era más bien pequeño, no muy apartado. Las torres se veían perfectamente desde una pequeña agrupación de rocas. El atardecer siempre era tranquilizador desde esa zona. Siempre dijo que tenía lo mejor de la ciudad respirando vida. Salió del coche, el cinturón volvió a su lugar, se dirigió a la parte trasera sacando una pequeña mochila, el cinturón, unos prismáticos y la escopeta. Echó la llave y comenzó a andar. Teóricamente el hombre bien pudiera definirse en base a la naturaleza, pero nunca antes ésta estuvo tan alejada de la idea de origen como en aquel momento. Hombres disfrazados de cazadores, buscando presas que después no serán más que un trofeo en algún salón, que junto con otros hombres, respirará dinero, vino de alguna cosecha sin etiqueta, el olor a puro, tan penetrante, incluso a un cigarro que en lugar de consumirse en alguna boca prefiere hacerlo en un cenicero de cristal. Igualmente se asustó, un ruido de hojas secas le hizo retroceder, girarse y disparar. Siguió caminando. Distinguió en la lejanía un par de hombres que parecían conversar de forma muy animada, iban con las armas en la mano, como quien lleva una sombrilla y espera el lugar idóneo para clavarla en la arena y sentarse a contemplar bañantes. Les reconoció, levantando la visera a modo de saludo, muy contentos se lo devolvieron y siguieron hasta desaparecer en dirección al arroyo. Supo que estaba perdido cuando dejó de ver el poste eléctrico que suministraba luz a un generador de una compañía eléctrica cuyo alquiler mantenía la actividad en el recinto. Sintió una presencia, crujían las ramas secas de los árboles, era él mismo. Consideró que la mejor opción era subirse a algún sitio donde pudiera tener cierta perspectiva que su metro ochenta, irónicamente, no podía proporcionarle. Una vez en las rocas, atisbó a ver unos coches y el comedero. Volvió sobre sus pies cuando algo le llamó la atención. Un cuerpo tendido en el suelo, con un traje blanco. Una de las extremidades totalmente girada. Bajó corriendo sin soltar el arma. La dejó al lado del cuerpo, le dio la vuelta y vio en su interior unos ojos cerrados que de pronto se abrieron. Un reflejo de luz en un cristal envidiaría la claridad de unos que ni si quiera pudieran competir con el silencio. Así, callados, permanecieron un rato hasta que se levantó, le miró, colocó la pierna en su sitio y se encaramó a las piedras. Arrodillado como estaba contemplaba cómo alguien que hasta hace un momento estaba inconsciente y gravemente herido, demostraba una agilidad pasmosa. Algo le incitó a seguirle y así caminaron durante largo rato hasta entrar en una zona en la que nunca había estado.

Sin arreglar (13)

—>Continuará—>

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