Camino de Santiago, primer sueño.

Llegamos desde Ribadeo a Lourenzá sufriendo los siete males y perseguidos por los cuatro jinetes del apocalipsis. Durante el camino nos salvó una conversación con unos ancianos nonagenarios más frescos que nosotros. Aprendimos a no fiarnos de los paisanos, porque para ellos, lo que sus padres se hacían a plena luz del día en una hora nos ha costado ampollas y una tendinitis. Sin embargo me quedo con una frase de aquella conversación absurda entre Madrid, Barcelona, Galicia y un servicio militar hace ochenta años cerca de Cibeles: ”Yo no hablo con barcelonistas, ¿Para qué hablar con tontos?”.

Yo que nunca en mi vida he andando tanto y tan fuerte, creí con toda seguridad poder hacerlo sin ningún problema. Así nos fuimos, con las planchas del pelo metidas en el macuto y todo. Ya veis que la inteligencia es algo muy propio de mí. El primer kilómetro son todo risas, al quinto parece que llevas trabajando en el Valle De Los Caídos, desde que el pequeño Generalísimo alzó las manos a la antigua forma de los faraones egipcios.

El albergue estaba al lado del inicio de la etapa del día siguiente. Un escalón, a la izquierda una casa construida en la roca y a derecha un muro con una flecha amarilla pintada. En medio un camino oscuro y empinadísimo. Fenomenal.
Fuimos al albergue, a las cuatro de la tarde paseamos por el pueblo moribundos, buscando un alma caritativa que pudiera darnos de comer y que nosotros pudiéramos pagar tal regalo. Una señora de Gijón, enfadada con el mundo por haber cambiado esa aristócrata vida por un pueblo de apenas mil habitantes que cada mañana amanecía desierto y con la bruma al nivel del asfalto, nos preparó un plato combinado.

Al volver al albergue, charlamos con otros peregrinos. Resulta sorprendente, pero vuelves a creer en el género humano cuando gente que no conoces te presta hasta lo que no tiene o directamente te lo regala. Tus cosas te dejan de pertecer, siguen siendo tuyas pero las compartes de forma muy natural, y te ríes. Claro que te ríes. Luego dimos con un hombre en esta primera parada que llegó muy tarde, por la noche, y que al día siguiente se estaba comiendo lo que habíamos dejado. Cuatro días más tarde su olor inconfundible a vino tinto se hizo un compañero más. También su navaja de veinte centímetros con la que hacía ”cosas”. Le bautizamos Pocholo, y así se quedó el de San Blas. Sin pagar en un solo albergue, bebiendo vino y sin un duro. Habiéndose reído de los precios de las botas de montaña para acabar haciéndose el camino con unas chanclas que compró en el chino de su barrio por tres euros y que le destrozaban los pies. Cuando firmamos la compostela en Santiago, nos lo volvimos a encontrar tras tres días sin verle y nos miró, con el dedo índice en el aire, ¿Creíais que no iba a conseguirlo?

Así mismo, hay mucho espectáculo. Un italiano comía en ese momento una fuente de espaguetis con tomate, sirviéndose de un bocata de jamón y queso para empujar la comida al tenedor. Más tarde supimos que se hacía cerca de setenta kilómetros diarios y que le llamaban Pompeyo. Pasaron algunos días para que se me iluminara la bombilla, concretamente en Gontan, un pueblo que casi nos cuesta la salud, para que cayese en la cuenta de que Pompeyo era el nombre de un dibujo animado, un soldado romano loco. Imaginación peregrina.

Comprobamos la habilidad de ese primo Gonzalo y yo, al distanciarnos de Irene Y Luis, nuestros compañeros de aventura, cuando caminábamos por esos dieciséis kilómetros cuesta arriba- subiendo un puerto de montaña- y nos pasó con tal ligereza que parecía que nada le pesara. Como si cada paso que diese se fuera quitando algún tipo de carga moral o espiritual que llevase encima, dejando atrás algún rastro optimista que supimos recoger y que nos hizo llegar a comer un trozo de tarta de Santiago en el siguiente albergue.

Con esto quiero decir que todas las personas a las que conocí, rectifico y añado, todas las personas a las que tuve el gran placer de conocer y poder charlar aunque fuese unos instantes, tenían un motivo por el que levantarse a las cinco y media de la mañana durante los días que fuesen para llegar a Santiago y poder decir: Lo he logrado. Creo que tiene que ver con el hecho de poder decir, si he sido capaz de conseguirlo, puedo ser capaz de conseguir otras cosas que creí no poder hacer. El hombre se limita, no sabemos hasta dónde podemos llegar hasta que lo conseguimos.

Mañana seguiré con un par de reflexiones sobre este camino, que tanto hemos querido y odiado, sigo descansando.

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Andrea.

PD. Sí, la que está haciendo de forzuda soy yo. Me ha salido moya de tanto quitarme el macuto para descansar cada veinte minutos, gajes del oficio de postureo peregrino.

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