Preferimos siempre lo más trágico.

Marabunta.
Millones golpeando el suelo. Aviones que naufragan en el mar. Pies que se mojan en charcos. Personas ahogando sus dudas a las seis de la mañana. Hombres sin complejos, mujeres absortas en exhibir su condición, comen pizza en los alrededores de Callao. La vida está para celebrar, callar y mentir. Nunca fue más triste lo que vemos en el horizonte.
Miré los ojos de mi amiga desde la nube gris. La confusión asfixiaba lo poco sano que mi mente podía retener y ella se deshacía mientras otros, borrachos, estúpidos, borrachos, felices, borrachos, subían por la calle del Pez, y lloraba y no sabía qué decir, y repetía un nombre que por momentos de desgastaba y dejaba de tener sentido. La diferencia entre ella y yo era temporal, para mí el problema había hecho mutis por el foro. Para ella seguía saliendo una y otra vez, como cuando el público reclama ver a los actores para seguir aplaudiendo y afirmar que el espectáculo debe continuar.
Afirmo sin temor a equivocarme: Me mareé. No quería que el amor fuera dependiente, narcisista, casi una mezcla perfecta entre dolor y lujuria, notas rasgadas en una guitarra. Yo no quería ser un instrumento de nadie, yo tengo mi esencia, la vida, y no quiero que nadie me haga ser más. La complementación sin embargo, de ese modo es casi perfecta, idílica, de estrambote. Ya quisieran muchas historias cursis de princesas contar que los amantes son, en suma, un lamento gitano, un grito, un cante jondo. Jondo. Jondo. Por lo tanto vale. Que nos rasguen, pero con cariño, ¿No? Todo hasta ahí bien. Pero basta de sufrimiento y de ojos que suplican que corra detrás de nosotros alguien que se despertará mañana siendo feliz en cada momento con la misma intensidad.
Alzo la mirada y veo millones de banderas de mil colores ondear cuando no corre ni gota de aire. Tan sólo el movimiento del mundo y un par de orientales vendiendo cerveza, a horas que no corresponden.
Debemos combinarnos de forma imperfecta, para que la mezcla no sea un subterfugio, y dejar la soledad rompiéndose en cualquier eco tardío, de los coches que iluminan el inicio, ahí subiendo… por la Gran Vía.
Porque el amor no debe ser esclavo, y si las cadenas existen que sean débiles, quebradizas… para decir que no tienen excusa, que son una mierda. Y es un asco que las personas tiendan a idealizar la literatura porque yo idealizo el amor, e idealizo la vida y luego aparecen preguntas difíciles que inducen al silencio. ¿Es que es mejor leerlo o vivirlo? No quiero estar entre la espada y la pared.

Al final ella salió corriendo, en dos ocasiones, y nosotras fuimos detrás. Y cada encuentro era un tortazo, algo innecesario. Agarramos la calle y decidimos marcharnos, porque era lo mejor.

Las reinas se multiplicaron en la claridad de la noche. El deseo descarnó lo poco que quedaba del alma en sí.

Memorias de África

Memorias de África.

Andrea.

PD. He empezado a leer a Gil de Biedma y bueno… yo… en fin. Basta.

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