Make your own kind of music.

Aquellas voces terribles.

”…Desde la invención de la televisión el mundo cambió mucho .Para mí. Acostumbrado a leer novelitas por las calles, a robarlas para poder perpetuar el acecho constante de un vendedor enfadado y vivir con los músculos de la cara tensionados, a vender juegos de mesa que mi padre guardaba celosamente en el altillo para los sábados por la noche, esa caja con un cristal negro en medio, que de vez en cuando hablaba, fue el fin de la creación propia y conjunta que me traía con los otros chicos.

Nos dedicábamos a escribir lo que se nos iba ocurriendo, hacíamos cadáveres exquisitos, relatos de una cara e incluso una vez hicimos algo Dadá y la sección de deportes de los periódicos que se repartieron en el barrio durante una semana, apareció infestado de bigotes y palabras malsonantes que a mucha gente escandalizaban. Menos a una chiquita que pasó por nuestro lado, que en aquel momento nos gustaba a todos a pesar de no saber su nombre, que nos miró y nos dijo que ella era una señorita, y que no por ello iba a escandalizarse. Años más tarde la encontramos una noche en el puticlub del barrio mascando chicle con el pie derecho sobre el tubo metálico que hacía que un taburete negro no se desplomase sobre un suelo lleno de purpurina. Llevaba unos zapatos dorados de punta y mucho tacón, una falda corta, negra, un abrigo de pelo no muy respetable de color púrpura y los labios ardían con sólo mirarlos. Nos preguntó si íbamos a estar mucho tiempo allí plantados. Sólo había que vernos. Cuatro muchachos que acababan de entrar en un mundo por un precio miserable. Ese día les habíamos quitado a nuestros padres las americanas y habíamos tratado de disimular con unos vaqueros, los zapatos de vestir y unos polos. Antonio se adelantó a nosotros, llegó hasta Tati y poniendo un brazo sobre su cuello nos animo a unirnos a una fiesta que iba a disfrutarnos a nosotros.

Tres años más tarde unos hombres le cogieron en un callejón cerca de casa, le presentaron tres veces al mismo objeto de manera diferente. Una navaja. Dorita. Un rayo de luna, no precisamente plateado…”

– No sirve. No podemos seguir exponiendo éste tipo de grabaciones. ¿Qué van a pensar los críos? Trae la siguiente, graba al siguiente viejo. Este es de los años ochenta, no nos sirve. Que sea de la guerra o nada. Es el tema de esta semana.

Santiago Gris aceptó lo que Adrián Urbe le dijo. Después de todo era su superior. Traspasó el cordel y desconectó al hombre que parecía tener delante de sí. En muchas ocasiones jugaban con esos hombres de goma que hablaban a través de una grabadora. La caja torácica consistía en un cruce de cables, una grabadora algo antigua y poco más. Unas lucecitas, bip, bip, bip. Quiero decir… ¿En qué se parece esto al futuro? Seguramente, me imagino, que la voz que habla a través de unos labios de látex pensó que nosotros, el mañana, crearíamos coches voladores y que las drogas engancharían a los hombres con sólo reproducirlas en sus mentes. Pues no. Aquí seguimos como desde el 67, cuando el hombre creyó llegar a la luna, y lo máximo que hizo fue simular en un acto el paso más grande que nadie haya dado jamás. El gran teatro.

Gris entró en la sala que estaba detrás de la exposición. Era un cubículo con las paredes desconchadas por la humedad, una máquina con vasos de plástico y un bidón de agua. El suelo era de baldosas, y las líneas que separaban cada una estaban asquerosamente sucias. Si alguien decidiera comer ahí debía estar loco. Realmente, ¿Quién quisiera comer en un sitio como ese? Se situó en el medio de esos tres metros cuadrados y dio con el pie derecho un gran golpe contra el suelo. La sala empezó a moverse, convirtiéndose en un ascensor. Mientras bajaba pensó en decirle a Gustavo, el electricista que algo había que hacer con ello. Qué brusquedad.

Un pitido le avisó, como siempre, de que el viaje había llegado a su fin. Se abrió una de las paredes deslizándose hacia arriba y saludó a Bibiana, con la que siempre se encontraba. Ella le dedicó una sonrisa al pasar, sin detenerse. Era guapa. Quizá algún día le invitaría a su piso, ¿Para qué más rodeos? O sí o no. Caminó un par de pasos al salir hasta llegar a una barandilla, una especie de balcón hecho a base de tubos negros que le impedían caer al vacío del hangar. Un número infinito de ancianos metidos en habitáculos de cristal translúcido hablaban sin cesar. Esas conversaciones estaban siendo grabadas. Horas y horas. Vestidos de blanco, una pulsera con un código en la mano y una cama.
Bibi volvió, le dio la cinta y le dijo que a las diez y media en su casa. Un problema menos. Se metió en la sala y volvió a subir. Se encontró con Adrián, quien le metió prisa porque tenían una visita en tres minutos. Puso la cinta.

”…Mi madre nunca me quiso. Estalló la guerra y me dejó en un convento, ¿Qué iba a hacer? Mi padre desapareció en una explosión y a mi madre le dieron un par de fotografías rotas o quemadas, qué importa, y un pañuelo que solía llevar mi padre en el cuello. Años más tarde supimos que estaba en Francia, que la explosión fue la gracia que Dios le otorgó para formar una nueva familia. Mi madre empezó a vestir de negro. Sólo lo supimos mi abuela y yo. Si ella se llega a enterar se mata. Creo que sus entrañas lo sabían y por eso empezaron a confabular y apareció el cáncer y claro, incontrolable. Intentó toda su vida que me alejara de la Iglesia pero fue ella la que me puso ahí. Al final terminó enviándome a Madrid para que me espabilara. Consiguió que encontrase a un hombre, que me casara con él y que tuviera tres hijos. A día de hoy el único hombre que tengo a mi lado es a Dios. Mi marido nos abandonó y se murió. Me dijeron que se fue a otra ciudad, que vivió en soledad. Yo creo que la soledad es sentirse solo. Aunque realmente no sé si esto lo he leído en algún libro o es mío…Ya nada es mío, ni si quiera mi vida…Sáquenme de aquí…de aquí…”

– Tócate las narices Gris, tócate las narices. Dos equivocaciones en un día. ¡Provocando travestis! Vete a leer el manual, me importa una mierda que sea tu primer día en sala.
– Sí señor.
– Ya bajo yo. Así veo a Bibi.

‘’… Artículo 32 de la Constitución del nuevo Estado Hispaluso: Cualquier individuo responsable de un delito adscrito al código cuatro en la escala, que supere el octavo rango será inmediatamente trasladado al pabellón correspondiente a su zona geográfica, y cumplirá la pena impuesta por el tribunal pertinente…’’

‘’Artículo 84 sección 1.1.4.6. Aquellos que superen los treinta y uno deberán abandonar las labores otorgadas por el Estado, delegar sus tareas en sus primogénitos y ceder su patrimonio a los ya referidos. De esta manera se impedirá el cambio social y el ascenso personal. Los méritos y el esfuerzo se convierten en genes heredados […] ingresarán de esta manera en los Campos Platicantes. El transporte será sufragado por el Estado gracias a los fondos de pensiones cuyo flujo muerto se ha convertido en fuente activo de aprovechamiento para sufragar otros asuntos más prioritarios…’’

Santiago sintió un escalofrío. Una multitud de niños agolpados en la puerta de cristal, cada uno vestido de un color diferente, esperaban entrar en la habitación. Miró a su alrededor, deteniéndose en todos los expositores, las reproducciones humanas, los textos y las fotografías. El Estado controlaba la información. El contenido vital del ser humano estaba recopilado cuidadosamente en un lugar que nadie conocía. Debajo de cada museo, cualquiera, no importa el lugar, había una pequeña sede que solo los trabajadores estaban al tanto de su existencia. Alguien manejaba toda esa información. Hace años dieron con la clave. Estuvieron perdiendo el tiempo con los medios de comunicación. El medio más potente era el ser humano. Había que privarle de sus experiencias y condenarlo a hablar hasta exprimirles la última palabra. De esta manera borraban la idea de la muerte. No existía el dolor. No se conocía nada sobre otros países. El pensamiento se había convertido en el arma internacional.
Cerró el manual, lo dejó en la silla metálica y fue a abrir la puerta, no sin antes escribir en un papel ‘No funciona’ y colgárselo a la reproducción de un tal Liberto Díaz. ¿Seguiría vivo? Los gritos de los niños comenzaron a llenar la sala.

Ehhhs

AToribio.

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