La destrucción de los ídolos.

Bolaño me ha hecho volver a escribir.

La destrucción de los ídolos.

Recuerda su entrada en el matadero de forma débil y confusa. Es cierto que se habían encontrado y charlado algunas veces, por puro compromiso o mera casualidad depende de cómo se mire. Ahora, desde donde está, se contempla de lejos, casi con miedo y algo delirante. Se acuerda de algunos trozos de conversaciones que es capaz de reproducir casi con total exactitud, parándose en detalles que carecen de interés colectivo, pero que se vuelven de oro y se clavan como puñales en un corazón individual.
Nunca antes me había descrito algo semejante, es decir, la cotidianeidad de los actos que día a día llevamos a cabo. ¿Ha descrito, alguna vez, alguien a una persona caminando por la calle? Pues bien, allí, en la soledad del parque, hacía como si mirase algo, poniéndole mucho ímpetu, casi me daba miedo preguntar: ¿Qué piensas?, pero aún así lo hice. En ocasiones la amistad se entiende en un rato silencioso que no suele durar mucho, a menos que hablando todo se vaya al más absoluto y profundo carajo.

– Verás…yo- me dijo. Sabes ese momento… en el que piensas que una persona es determinante en tu vida… ese tipo de gente con quien no tienes un contacto diario, pero que en un momento del día siempre te apetece decirle, ‘’Hoy, hoy justo me acordé de ti, ocurría que…’’, ¿Sabes lo que quiero decir?
– Sí, más o menos- le contesté yo.
– Pues eso.
– ¿Te has enamorado?
– No, joder, no. No, Dios, no.
– ¿Entonces qué es?
– Un maldito ídolo, alguien a quien yo tenía en un altarcito mapuche, cuyo nombre ahora está escrito en un papel de cuadros y que reposa junto al envase de verduras con ternera que hace mi madre los fines de semana.
– ¿Tan grave es?
– Lo grave es, que muchas veces nosotros damos. Y damos siempre todo a todos. No nos damos cuenta de que un día nos vaciamos, y ya no queda nada. Sin embargo no es tristeza lo que sientes sino un profundo alivio que parece falta de sosiego, ojeras, pesadillas, malas contestaciones, qué sé yo… Pero te alivia. Lo expulsas. Y es confuso porque parecía que no quedaba nada, que te habías evaporado, ¡Pum! ¿Ves? Ya no existo, soy de agua.
– Bueno, ¿Y? Así es la vida. Debes aprender que tu círculo es tuyo porque otros han decidido que formes parte de él. Las relaciones no son cuadradas, son circulares. Un círculo no tiene rayas. No tiene esquinas. Es decir, no es enrevesado, ni mentiroso, ni se esconde, ni es lineal. Las relaciones son claras como círculos. Son fáciles. Bueno, no, no lo son. Pero deberían serlo. Se necesitan dos manos para dibujar uno bien, no uno cutre. Y no me digas que lo que tienes al final de cada brazo son centollos de mar, porque sabes tan bien como yo que si pintas, no va a venir nadie a sujetarte el papel.

En ese momento se quedó pensando algo sobre esto, espero, reflexionando, quizá, no lo sé. El caso es que poco rato después cuando ya había terminado de contar las veces que estornudaba por estar en esa especie de zona verde, y el intervalo que transcurría entre ellas me dijo que en realidad no estaba mirando nada. Estaba esperando. Que ahora no tenía otra cosa que hacer. Esperar, esperar. Para luego esperar más. Yo dije que de esperar nada, claro, que luego ya se sabe. Los que mucho esperan costean pirámides y obtienen areneros sin arena, pues ha sido reemplazada por una especie de goma de neumáticos reciclada o al menos eso quieren que sepamos. Para que los niños si se tiran, se peguen el golpe de su vida, eso sí, sin hacerse daño, tan solo un raspón y a seguir jugando. Me respondió sin palabras, con un movimiento afirmativo de cabeza. No cuentan como palabras la oración: Es verdad, es verdad. Llevas razón, razón. Fue como si su garganta fuese un abismo, un gran agujero en el suelo e hiciera eco. Así sentí que era cierto que no tenía nada dentro. Me dio pena porque ni si quiera sabía cómo llorar. La verdad es, que las personas, cuando dan mucho y no reciben nada a cambio se vacían. Algo así como las arcas del estado, cuando de tanto sisar, sisea el viento dentro, mientras sabandijas salvajes y alguna que otra serpiente, huyen hacia un terreno conocido que les proporcione buenas vibraciones. Saqué mi paquete de cigarrillos y le di un par de golpecitos, uno por cabeza. Era un paquete odioso, de los de plástico. Evidentemente no me importó al comprarlo, el vicio es imperfecto, llama a más vicio.

– Lo peor de todo esto es que llegas a pensar que por una persona tu vida no vale nada. Te sientes en el ojo de un huracán que ha venido y le ha gustado esto- se dijo haciéndose un círculo con el dedo índice por el rostro.
– Preocúpate por la gente que se preocupa y ya está.
– Si todo fuese tan sencillo y yo no fuese tan emocional… diablos…Satanás era un sentimental. Por eso vivía en el infierno, porque era la única cosa que le mantenía. Una fuente de calor, gente horrible a la que poder torturar de por vida… El caso es que Cachito se ha portado muy mal, ha sido hiriente. Ha dolido.
– ¿Cachito?
– Sí, si eso es lo peor de todo esto. Que cuando odias a alguien tan fuerte es porque en realidad le tienes mucho aprecio. Y te frustras y te castigas y piensas, ¿Quién soy yo? Y este tipo de cosas yo no puedo preguntármelas porque empiezo a ponerme en un plan insoportable, no acabo, me acuerdo y el origen, y las tonterías y Dios… ¿Por qué la gente aparece y desaparece? Una ciudad de locos, infestada de prestidigitadores… amigos de ‘’Prometo llamarte’’ y aquí seguimos esperando.

Tracé un círculo en el suelo y sonrió al menos un poco, fue agradable.

– Lo que quiero decir… es que hasta le he puesto un sobrenombre. Y los apodos se ponen porque hay un cariño especial, te has fijado en un defecto o virtud y has metaforeado alguna característica que sólo tú puedes ver, por eso no tiene tanta gracia si tengo que pararme a explicarte toda esta mierda…
– ¿Cuál es?
– Déjame terminar…
– Adelante
– Pues… ¡Cachito!
– ¡Pero si es de Reverte…!
– Bueno, ¿Y?
– Nada, nada…
– Y lo mejor de todo esto es… que ese alivio… huele a muerte…
– ¡Pero qué has hecho! ¡Qué has hecho imbécil…!
– Nada, he cometido un asesinato.
– Que es una persona, joder, y me lo cuentas a mí, ¡A mí!, qué se supone que tengo que hacer ahora, ¿Eh? ¡Dime! Santo cielo…
– Déjate de acordarte de los de arriba. Te digo que no podía más y que he matado a Cachito. No es nada grave. Sólo aparecía al principio de la historia, luego molesta un poco y al final Alfonso el Bestia le da un manotazo se cae al río y cuando camina hacia su casa, se encuentra el cuerpo en la orilla, este animal vive con su madre ciega en un pueblo cerca de la costa, en Yucatán. Lo que no sabe es que sigue con vida. Coge el cuerpo que disimula el silencio y lo mete en el armario de la habitación de su madre. Pone un par de etiquetas de naftalina y lo cierra fuertemente, para compensar que se comió la llave la semana pasada. Le pone una silla y se piensa que los muertos no huelen a perfume ‘’Otra vida’’. Lo que no sabe es que Cachito despierta y se pasa meses dentro del armario, contemplando las vidas de estos desgraciados, siendo testigo de una casa que se retroalimenta, sólo pudiendo salir cuando el Bestia sale a repartir periódicos y la madre duerme con la radio puesta. No entiende por qué la casa se llena de trampas para ratones, una serpiente y un halcón.
– ¿Un halcón?
– Muerte, ¡Muerte!

Tras esta conversación absurda, pintó una especie de muñeca dentro del círculo que yo había dejado ya hace un rato, en un lugar de mi memoria. Seguía ahí, increíble. Dijo que era todo un detalle por mi parte haber hecho ya el armario en el que estaba Cachito, que se iba a casa, a ver si la resucitaba.

– ¿Cómo es que te importa tanto? ¿Es que acaso existe?- acerté a decir, siendo un punto lejano ya en el parque.

Se dio la vuelta y paró en seco. Hizo una especie de reverencia y se tocó la frente dos veces con el dedo índice. Me quedé ahí, en el banco, estornudando una y otra vez. En ese momento comprendí que era la única forma. El ser por escrito, nos permitía hacer lo que nos diese la gana. Nos privaba de dar ningún tipo de explicación.

AToribio.

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Gracias, gracias, gracias.

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