El concursante parte 2

A la pantalla de la vieja televisión siempre le costaba algo arrancar. La bailaora flamenca que tenía encima actuaba como antena con ese brazo agitanado tocando el cielo, un techo con gotelé, sí, sí, algo extrañísimo. Sofía no hablaba, pero cotilleba con esos mofletes silenciosos llenos de comida en las comisuras. Adelardo pensó que no era tan humano si permitía que su mujer se encontrase en ese estado tan decrépito. Pero esa noche no pensaba hacerlo. El médico vino un día hace tres años, al no poderse trasladar al hospital por motivos de peso, y dijo que Sofía había tenido un shock muy grande. Que era un gran vegetal, como un volcán dormido. Sus funciones motoras estaban intactas, también sus reflejos, por no hablar de su sistema digestivo- a pleno rendimiento- en cuanto al habla… el habla… en fin. Como la lava. Puede que sí o puede que no.

Adelardo esperó pacientemente los primeros tres minutos de interferencias y sintonizó el canal, el único canal que se veía con nitidez. A esa hora solía haber un concurso en el que aparecían un par de caras conocidas junto a concursantes y un presentador joven. La única dificultad era completar una lista de preguntas. El humano se sintió integrado en esa realidad cuadrada y sórdida, el mundo de los focos y el maquillaje y comenzó la práctica para adquirir la técnica. Cada noche, él sería el concursante nuevo. Y no podía fallar. Y si lo hacía, sentiría vergüenza hogareña, íntima. Y algunas veces se enfadaba porque Sofía lo miraba con miedo, porque aunque no hablase sus ojos destilaban vocablos, a veces la palabra que le faltaba para completar esa lista, que pronto se convirtió en obsesión. ¡Eso es, INJURIA!

Una noche el sueño no parecía haberse repartido de forma equitativa entre los miembros de aquella familia descompuesta y tan poco equilibrada. El gato Silvano y las gallinas dormían a pierna suelta, y Sofía relinchaba desde el establo. Adelardo daba vueltas en la cama, de forma literal, no medias, sino enteras, como la leche que compraba. Se vistió y fue al Laor den, sabía que el Moro Llanos tenía una guía telefónica y quería conseguir el teléfono del programa, concursar y pasar página. Obsesionarse con otra cosa, algo que ate a los hombres, tal vez un pequeño huerto tras el árbol del jardín, una colección de clásicos comprada a un vendedor sin escrúpulos y devorarlos en poco tiempo, salir a cabalgar en Babieca, volver a enamorarse de su mujer en Dulcinea, la fábrica de pasteles del pueblo, liberar a un par de galeotes.

– Sí, ¿Operadora? Con Pentavisión por favor.
-…
– Sí, verá, ¿Para el Listado ganador?
-…
– Ya, ya. Vale. Sí. Adelardo Reina. De Esperanza del Escolapillo, Guadalajara. Sí, sí. Tengo la EGB. Y un curso universitario a distancia de Geografía. ¿Cas qué? Ah, cástin.
-…
– Vale, ¿Le doy mi número de teléfono?
– …
– Gracias, esperaré su llamada.

El Humano salió corriendo del bar ante la mirada extraña de los que tomaban café. Porque era la hora del café. Entonces Paco Llanos dijo:

– Hay que ver este hombre. Con las gafas polarizadas oscuras a las cuatro de la tarde, ¡La hora de la siesta! Cada vez más idiota… cuidando de una vaca que no muge.

Adelardo se marchó a su casa muy contento pero con la sensación de haber cogido un avión y estar en otro lugar. Era de noche y las personas caminaban por la calle sin ningún temor a que el sereno les pusiera cara de volver a casa, que a esas alturas sólo había mujeres lujuriosas y hombres tristes y borrachos. Entró en casa y volvió a meterse en la cama. No sabía si había sido un sueño, le habían cogido el teléfono a altas horas de la madrugada. Se rascó la cabeza una vez en la cama, le picaba mucho el rayo de luz que le calentaba el cerebro y le hacía pensar más despacio. Tranquilo Ade, debes estar tranquilo. Ahora toca esperar, con una mano en la frente y otra en el teléfono. En la ciudad todo era distinto, nadie dormía y se vivían las veinticuatro horas completas. Ya habría tiempo para descansar. Pero él necesitaba dormir.

Sofía pensó que debía decirle a su marido, un pobre tonto, que no era de noche, sino la hora de la siesta. Pero decidió darle margen y no hacer ruido hasta el día siguiente tirando el jarrón de plástico al suelo para despertar a ese imbécil para que cuidase de ella. Concretamente a las diez de la mañana. El reloj blanco con agujas negras era la única razón por la que Sofía no perdía la cabeza. Tic, tac. Tic, tac.

– ¿Entonces?
– La semana que viene. Un tonto se va a llevar el bote.
– ¿Un tonto?
– Del bote.

AToribio.

DSC_0448

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s