El concursante parte 1

Las gallinas hacían un ruido insoportable mientras Adelardo Reina les hacía aspavientos con las manos para que se retirasen de la puerta de entrada al salón y se metieran en una especie de corral que les había preparado junto al televisor. Al otro lado, una planta que daba tomates en abril y castañas en noviembre, un gato negro enmohecido y hastiado, y una esposa cotilla, tan ancha, que cuando llevaba el camisón granate con flores amarillas y blancas parecía el mantón del Cristo resucitado, de la cofradía de los Espantaos de la villa del Señor, un sábado de romería sin ir más lejos.

Adelardo redecoraba su salón una vez a la semana. Estaba suscrito a una revista de espiritismo y descubrimiento interior de la humanidad llamada Escarnios, cuya mensualidad esperaba con tanta ilusión que en ocasiones cuando llegaba el cartero le invitaba a comer unos callos con chorizo si es que Sofía se lo permitía. Su sección favorita, la de Felipe Guamán, adivino y artista, le aconsejó meses atrás que existía una cosa llamada Fen suí, que regía el alma de los hombres y que se podía controlar cambiando de lugar los objetos del hogar. ¿Así de sencillo? ¡Así de sencillo, querido amigo! Esa semana había decidido situar a su mujer en una de las esquinas del salón, quería que la casa pareciera más moderna de lo que en realidad era. Con ella allí, se aseguraba de que tres de las cuatro paredes fuesen completamente rectas y una pareciese curva, incluso conseguía que la estancia pareciese más amplia y luminosa. Sofía casi nunca se quejaba. Llevaba diez años sin hablar, desde que se enteró Adelardo que le engañaba con el panadero. Total, que pasaron cinco años y allí estaba ella. Sin entender por qué motivo tenía a un hombre bueno a su lado y habiendo adoptado cada una de sus piernas diez kilos, y sus brazos otros tantos.

El Humano, que así llamaba la gente de Esperanza del Escolapillo a Adelardo, siguió mirando a su mujer con esos ojos tiernos de verbena tras unas gafas de montura metálica y cristal grueso a pesar de lo ocurrido. La culpa para Sofía era verse reflejada en ellos, se podían ver hasta farolillos y al tendero de Laor den, el único bar del pueblo, diciéndole esa noche del 5 de agosto de 1966 que el joven de Concha ,la Ardilla, iba detrás de ella, que le tenía prendao. El caso era que su mote era algo esquivo para las nuevas generaciones del Escolapillo. La realidad era que estaba hecho para él. De su familia era el único que no se parecía a ningún animal. Su hermano Manuel el Chivo heredó de su padre Anselmo el Nutria la naturaleza tranquila y trabajadora y su hermana Jimena la Simia era lo más parecido al eslabón perdido que nunca nadie había visto jamás. La verdad de esto es que todos habían encontrado pareja y habían perpetuado la especie humana en consonancia con el resto de animales del arca de un tal Noé, cuyo nombre fue más aceptado entre los hombres del pueblo para dirigirse a el Nutria. Las conversaciones entre mujeres eran un correveidile, las de hombres eran otra cosa. Eran entre hombres.

– Bueno, bueno, a ver qué ponen hoy en la caja mágica- se dijo mientras se acurrucaba en el sofá, al tiempo que miraba a Sofía y buscaba el mando con las manos entre los cojines.

AToribio.

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