El Aedo

El poeta espera la muerte, y
Que editen sus obras completas, y
Que otros puedan disfrutar de ellas.

Pero realmente existen los límites morales.

El poeta salva el silencio, y
Nos brinda la soledad de su claustro, y
Nos hace fugarnos. De esta vida. Un momento…
Quizá.

No le interesa la retórica de pandereta.
Escapa del estado larvario, le llaman ‘joven poeta’. Se resiste.
Ese empeño sin embargo, parece mantenerse sin esfuerzo.
Llegará la vejez, y siempre serás poeta, viejo coplista esta vez.

Y siempre tendrá algo que decir, al cesar las conversaciones entre los hombres.
Nunca sabremos quién es, en sus múltiples voces. Ello huye.
Corriendo con una libertad que no será de nadie, a pesar de entregarse en cada giro.

El poeta saboreará su muerte, y
Es que sale de lo que le da de comer, y
Lo escribirá sin darse cuenta, así caerá en la eternidad, sin ruido, gestos, sin pena.

Es sólo ese miedo, su medio tocante, para escribir que respira.
Es lo que siente, un dolor porque sabe que va a morir como el resto de los hombres.
La diferencia es que lo advierte.

El poeta suspira su vigor, y
Sabe que otros viven en él alegrándose o entristecidos, y
No entiende el por qué de su alegría, después de tan poco consenso interior.

Termina en la bruma. No tiene la certeza de que el siglo le haya comprendido.

DSC_0073

Arena entre la tierra, El Puerto de Santa María.

AToribio.

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