Feria del libro (en papel si no es molestia)

Contemplaba libros de aquí y de allá. Nunca he visto un lugar mejor. Cuando camino en otras temporadas del año por el mismo espacio siento un enorme vacío, como si caminase por un sendero al que le faltara algo. Como deambular por un bosque sin árboles, un sol que se refleja en la tierra y no te devuelve nada, mas que una mano sobre los ojos para poder continuar.

Entre diario no suele haber gente, tan sólo algunos colegios con sus niños, gente mayor de ayer y hoy como todos llegaremos a ser y otros cuya rutina ha despertado en otro lugar que no sea frente a una pantalla de ordenador, una pila de apuntes o una mala noticia médica. O buena.
Al ir de caseta en caseta, sientes dejar atrás algunas cosas, como los años. No hace falta vivir todo a la vez, tenemos tiempo. Si ahora no te compro, Landero, no es porque no quiera, es porque no es el momento. Mas no resisto y compro a Bolaño para entender que si la cerveza resbala por mi cuello, me hace comprobar que estoy ardiendo. Y también me gusta ser absurda, y ser amor, y ser las palabras de Kundera escritas en mi cabeza un día cualquiera a las tantas de la noche después de apagar un ordenador que palpita continuamente, ábreme, ábreme. Dichoso mundo tecnológico. ¿Por qué debemos hacerlo todo de esa forma? Con tanto cable y tanta tecla… se está convirtiendo en algo estúpido. Lola camina junto a mí, y me cuenta que hace poco escuchó que El libro es un formato inmejorable. Y es verdad. ¿Podemos mejorar el olor de un libro? Las cubiertas, las páginas yo… yo creo que… no sé. Es complicado, ¿No? Al cerebro humano no se le puede engañar. Cuando me compré el libro electrónico lo primero que hice fue pasar de página y no sé por qué, pero no funcionó tras algunos intentos… mis dedos estaban como pegados al papel. Una sensación parecida a la que se experimenta cuando se pasan las yemas de los dedos por las ediciones Visor. Poesía. BASTA. Terminé poniéndole un marcapáginas en la tapa y metiendo todos los manuales de la facultad.

La semana pasada vi a mucha gente con el libro electrónico en la playa. Qué hay del Mierda, se me ha llenado de arena, Joder, se me ha arrugado esta página, del reflejo del sol en la pasta de papel… Qué triste. Por eso dejé el mío, que se recalentase un poco en el bolso, me daba algo de vergüenza sacarlo… temí que explotase.

Mientras pienso, una mujer, me importa un carajo su edad, le compra un libro a su nieta y le dice Ya verás qué bien lo vamos a pasar, vamos a leer mucho juntas, te va a gustar, nos lo aprenderemos… Y yo respiro aliviada porque me pongo nerviosa al gustarme tanto ser observadora privilegiada de esas palabras que nadie ha recogido aún. La Hiperión-vendedora le regala un cuaderno donde podrá pintar, y no le da un abanico porque o no tiene o se le han acabado. De todas formas le pedimos un par de catálogos, para unirnos un poco y que se nos pegue algo.

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Entiendo que la vida del escritor es complicada. Y la del lector. Y que la feria es el mejor momento para huir de culpabilidades estúpidas por llegar con una pila de libros. Como quien en un momento vital de hastío profundo se compra una poinsetia en verano, pues es lo mismo. Lo del escritor lo digo por una mujer que nos ha asaltado. Una escritora. Nos asaltó. ¿Os gusta leer? No, estaba paseándome con una bolsa que curiosamente tiene un libro dentro, con calor, estante por estante, charlando, pero no, no me gusta leer. Yo he venido a montarme en las barcas del Retiro de forma romántica en soledad, a revolcarme por el césped, a respirar este aire puro puto que bloquea mis bronquios y obstruye mis orificios nasales por culpa de una alergia equina por gusto, ¡Ah! Y a caerme en ese agua con peces prehistóricos, similares a una reconstrucción genética del paleozoico. No, no me gusta leer, ¿A usted le gusta vivir? Discúlpeme. Quiero seguir caminando. De todas formas, siento las palabras tan duras, me paro a hablar con usted. Me cuenta, nos, su locura, su libro mitad en español, mitad en inglés. Entiendo que debe usted ser intrépida porque ha salido de su boca ese sentimiento aventurero que deben experimentar los lectores cuando tengan en su mano lo que usted ha sentido que debería recoger alguien, que es usted. Le respeto. Respeto la escritura. Menos al Blue Jeans. Ese no. Usted tiene todo mi respeto. Con sus labios rojos desgastados de contar que ha escrito una colección de cuentos bilingües y que siente la vida de forma distinta. Gracias por ello. Mucha suerte. De corazón. No he tirado su tarjeta. Sigue junto a los catálogos en mi mesa. Vuelvo este fin de semana. Y sonreiré-

No, no me gusta Cien años de soledad. No de momento, tal vez en otra lectura. O es que no lo leí cuando debía.

AToribio.

Todas esas pequeñas luces en nuestros corazones…

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