Muerte número uno.

Asía el bolso bajo su pecho porque tenía bastante miedo. No es ninguna broma sacar todo el dinero del banco, por si acaso, un martes y trece a las ocho y diecisiete de la mañana. Antonio, de la sucursal, se había extrañado de que se llevase una cantidad tan grande de forma tan apresurada. Cuando la encontraron en su casa nadie, – y con nadie quiero decir familia e hijos siempre te recordarán mamá– rodeada de cajas, y cajas de chocolate con cuarenta grados a la sombra, sonrieron al pensar que al menos tuvo una muerte dulce.
Yo no sé como se llamaba esta señora. Sí que es cierto que vi su epitafio, como pude ver otros tantos mientras viví en ese edificio, epitafio de papel que escribió mi portero en su ordenador versión del 97′. Misa en no se donde, oficiada por no se quien, se hará tal oficio y no se qué… Realmente es una de esas cosas que piensas, vaya, por qué, ¿No? Por qué a mí, que salía tan tranquila de mi casa, por qué tuve que mirar los avisos de la garita, por qué tuve que girarme y no mirarme en el espejo como buena coqueta. Pero no. Esa gente curiosa, que lee los carteles por la calle, que acepta todo tipo de promociones y ofertas que le dan los de Greenpeace en Callao, esa, ese tipo de gente, esa en ese tipo de gente soy yo. La líder, la más de los más.
Ahora qué. ¿Tendré que ir? Pero si no la conocía. Para haberse gastado la pasta en chocolate vaya cuajo la tía, con ese gesto de marquesa gitana. Yo que siempre la he abierto la puerta… En fin. Todos los días acabo firmando cuando voy al centro, no recuerdo bien por qué causa noble dejé mi firma infantiloide, y me engañan. A lo mejor un día me llaman para que me desnude en medio de Sol y me pinte con ketchup o tempera de los dedos sobre cartón piedra y plástico, en el suelo, imitando a un filete de carne roja. O me convenzan para que me haga vegana, qué más me da. Aunque una cosa, sí, todo sea dicho, prefiero desnudarme para esperar cola y entrar en Desigual y salir vestida antes que experimentar en mis carnes el frío del matadero. No sé por qué estoy hablando de esto. El caso es que empezaré a ensayar lo de: ‘lo siento’. Porque no creo que se diga, ‘pésame’, pésame el qué. Pésame me lo doy a mi misma, porque nunca me abrió la puerta, nunca me dijo hola, y por una vez que voy a casa de mis padres a por un maldito libro de un esperpéntico chiflado me veo en la obligación de sentir una muerte terriblemente 70% de chocolate amarga.

– Disculpe, ¿Es aquí el velatorio?
– Ah, muy bien, muy bien. Voy a tomar asiento.
– ¿De parte de quién viene?
– De mi conciencia.

AToribio.

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