Jesús

1366373040_805447_1366374129_album_normal

Caminó algo distante hasta que por fin decidió subirse a su vehículo. Lo había aparcado cerca de su casa, tras haber estado dando vueltas por el barrio durante casi tres horas el día anterior. Debía estar en la puerta, para que al salir del portal fuese lo primero contra lo que chocasen sus ojos, y que pudiera decir, sí, está ahí, sigue siendo mío. Lo veo.

Estaba enfadado, muy aturdido. No comprendía por qué la vida le había arrebatado a su mujer, no sabía porqué ya nadie respiraba a su lado en las noches de tormenta. Nadie iría a echarse las manos en la cabeza porque los capullos de los geranios aún no hubieran decidido saludar. Laura se llevó el despertar, le habían arrancado la primavera.
Los primeros días deambuló por su casa, como un muerto viviente. Sus pisadas eran el eco de los pasos de ella, cada habitación, ¡el pelo aún estaba enredado en las púas del cepillo! y él, él…miró sus manos… sus dedos ya no mecerían los suyos, ya no le apartaría los mechones dorados que descolgaban sobre su cara para poder besarle. El alma colorida y espontánea ya no vivía entre la organización anárquica de las estanterías. Recordó que le gustaba bajarse a la piscina con la toalla de su viaje de novios y el primero de los libros de la lista. ¿Dónde estará ese dichoso papel y por qué enfermó de repente? En los libros parece que alguien enfermo no morirá nunca, y que alguien que muere, vivirá por siempre. Los problemas del hombre debían absolverse cerrando puertas y no abriéndolas. El cementerio es un lugar que debería estar cerrado. Alguien debería ocuparse de eso. Se angustió pensando que el cielo, sí el cielo, estuvo abierto el día que Laura le dejó. ¿Cuándo enfermaste y por qué te dejaste ir?

Ya no me gusta fumar, porque tú no me regañas. No como en la mesa de la cocina porque al sentarme no me reflejo en ti. No veo la televisión porque la mano se me va a tu entrepierna. Y no estás. Y en el balcón de casa ya no vienen los pájaros a molestarme, porque la casa suena a tu voz, y las puertas se han quedado a medias. Sin embargo Laura seguía siendo suya. Aunque no pudiera verla. Ahora pasaba todas las tardes un rato pequeño en el parque de enfrente de su casa. A veces se le unía la mujer del perro blanco y le daba algo de conversación. Él sabía que inspiraba pena en sus vecinos, pero bueno, el ser humano ha olvidado la empatía, ahora sólo se compadece. Y la voz de aquella mujer, cuyo nombre ignoraba sonaba, y le distraía, y pensaba que era una voz, que no era la suya, pero que no tenía remedio, porque Laura, tu voz es…tu voz era…tu voz es. La radio también es una voz. Era la única cosa que no hacía cuando estabas tú, bueno, sí, pero..tú no lo sabías. O quizá sí. Pero no me digas nada…ya no. Y eso que no paro de pensar que ojalá pudieras, y ojalá…y ojalá… ojalá que en tus labios se dibujase otra vez mi nombre.

Andrea.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s