¿Otra vez?

Hace unas semanas… escribí un relato corto para el concurso de la librería la Central, era para los mantelitos del Bistró. No debí leer bien las bases del concurso y me excedí con las palabras. Ya escribiré otro. Si vivís en Madrid es un lugar tan maravilloso que que que ¡Ay! qué maravilla. Una vez a la semana no hace daño, pero concretamente a mi amiga Lola, a mí y a nuestros bolsillos, es hiriente.

Besos a todos.

– ¿Me quieres?
– Sí.
– Entonces, ¿cuál es el problema?

En la Central

¿Otra vez?

El tacto frío del metal sumó a unas líneas circulares, en el profundo caos de verse uno así mismo, reflejado. La luz de la habitación entrecerraba sus ojos cuando se enfrentaba al hierro que unos dedos temblorosos sujetaban. En ocasiones pensó que podía asustarse al continuar asomándose a esa ventana indiscreta tan estrecha, que sin embargo se resolvía en una rotonda de dudas. En realidad no era una rotonda, si no una lágrima, pero en grande. No le gustaban las cosas pequeñas. Si hubiera vivido en otro tiempo hubiera nacido en la movida madrileña. Disculpen, me he desviado del tema principal. La vida. Digo… si la vida. Si hubiese nacido en otro tiempo y en otro lugar, y encima hubiera existido la opción de elegir, hubiera sido la Faraona (ausencia honda de folclore, por favor) ¡Qué digo!, Reina y señora de cualquier paisaje en el que se hubiera podido hacer algo grande. Comencemos situándonos en el antiguo Egipto. Pero creo que esto último es algo fantasioso. Por lo tanto seamos realistas. Dueña de un lugar llamado ‘’papel en blanco’’.
Lágrima, porque una cuchara es algo así, una avenida resuelta en rotonda. Decimos esto, porque no queremos sonar tristes, y decir que es el dedo índice aproximándose de forma lenta a la cara para mudar la lágrima, sería a día de hoy un acto cruel y despiadado para con el lector.
Bien. Estamos hablando de una cuchara. Seguimos.
En aquel café la gente hablaba entre sí, pero Noelia prefería mantener una profunda conversación consigo misma y con el pastel de chocolate que estoicamente se rendía como Prometeo, cargando bajo sus hombros una tremenda bola de helado de nata. Como la tranquilidad es relativa, de pronto aparece el monstruo.
Una masa informe de forma absoluta, con una raja marcada en medio, aproximándose a velocidad, como diría algún físico con poca química, de reacción. Esto es normal, si es que hablamos de un ente parecido a una alfombra voladora, mojada con dirección los restos de chocolate que había partido la cuchara (¿la recordáis?). Aladino mientras tanto, anda colgado de la campanilla. Si es que todo lo confundimos los humanos, desde cuentos Disney hasta los deseos, si metemos al chocolate en medio de cualquier asunto… qué se yo… ¿Trafalgar por ejemplo? En lugar de armas, praliné. Totalmente, una maravilla.

Aquella lengua era la misma, que acariciaba de cuando en cuando unos labios sugerentes, en los que un vino de una cosecha, no sé de qué año, pregúntenle al empleado del Carrefour, se dejaba caer a veces. Es que a Noelia le iban ese tipo de hombres, maduros, fríos, rebeldes. De los que beben vino y se ponen cursis. La cerveza en ocasiones no venía del todo mal, en ausencia de esos tipos de pelo cano y barba. Es refrescante, joven, sin experiencia, y dura poco. Y cuando les decía con tono aparentemente interesado: – Si, sí, volveré a llamarte, ehm… ¿cariño? – Ellos quedaban prendados de una mujer que bien pudiera ser su madre. Su tía, su tía. Su hermana mayor. Una amiga. Cómo pasan los años…

– Disculpa, ¿el periódico de hoy?
– Claro, ahora mismo se lo traigo.
– Y la carta si eres tan amable…

Se pasó la mano por la nuca, fijándose en cada uno de los detalles minúsculos que adornaban la sala. Grande. Dato decente. La luz era tenue, pocas personas, hablando en susurros, muy agradecida tras la noche que acababa de pasar, mesas de madera sin mucha intención artística. Si estiraba un poco el cuello hacia arriba podía ver un agujero enorme, desconocía el término técnico, se lo preguntaría a Manuel, que extrañamente formaba una especie de patio. Tres plantas diferenciadas, gracias a los ventanales desprovistos de rejas y cristal dentro de ese rectángulo expresado en volumen. Formaban tres agujeritos preciosos.
Salió de casa, casi sin vestir, no le había puesto mucho entusiasmo al tema. Reparó en la imagen del cielo abierto y sin embargo tan frío le produjo un intenso dolor de cabeza. Parecido al que le provocaba su editor. La virgen, qué exigencias. A este le mandaba yo un par de rosarios y un poco de atención por parte de su mujer o de la querida, qué más da…
Ahora llamaba Manuel. No pensaba cogérselo. Desde que le había propuesto irse a vivir con él, en su casa, con sus cosas, el pelazo de por las mañanas, la foto de su madre, sus manías, ese abrazo mañanero que le aprisionaba sin dejarle respirar… pero por Dios. Quizá fuese algo radical. Y le apreciaba, en serio, pero no podía parar de poner excusas, tierra de por medio, hombres… ¿qué sé yo? ¡Sólo lo cuento! Venga, venga, decidido. Le diré que yo también le… qui… le aprecio. Le admiro. Le adoro. Le quiero. Quiero a Manuel leyendo en la cama. A Manuel con sus gafas torcidas y sin arreglar. Su histeria antes de presentar un proyecto ante la dominatris de su jefa…
También a su camisa negra y a sus vaqueros de fondo de armario. Pero es que asusta un poco. ¿Y si mejor… antes de todo eso… nos fuésemos de viaje?

-Aquí lo tiene. Fíjese en la portada, la gente no tiene vergüenza ya, ¿eh?
-A ver…

Se puso las gafas e hizo acopio de sus ganas de leer, fijándose en cada letra negra resaltada en Times New Roman del periódico. Del titular. Distinguió unas botas de gaucho, un abrigo de polipiel y un pelo corto, liso y desenfadado.
‘’La ciudad es sueño. ’’

-El ciudadano y una nueva forma NOCTURNA de protesta’’.

Una mujer fue ayer fotografiada, a altas horas de la madrugada, en diversas partes de la zona centro de Madrid. A la redacción de este editorial, han llegado multitud de correos de distintas fuentes ofreciendo testimonios gráficos. Curiosamente (las vueltas que da la vida), un fotógrafo canadiense, (se adjunta fotografía), Jean Shelter, cuya estancia en la capital coincide con la propuesta artística de ARCO, disfrutaba la noche madrileña en un bar próximo a varios de los sucesos, pudo realizar unas fotografías excelentes que se dispondrán en un reportaje. Texto por… pág 38.

-¿Queeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeé?
-…

Silencio.

– Disculpen.

Resulta que Noelia era sonámbula. Muchas veces había imaginado ese momento de su vida en el que Manuel le pillara desnuda en la cocina tomándose un vaso de leche fría. Un momento. En realidad eso es otra cosa. A ver. La verdad es que había temido que Manuel, le dejase al darse cuenta de que ella tenía defectos propios. Que daba vueltas sola por casa, bailando y hablando sola mientras un disco del grupo de Courtney Love sonaba a todo trapo. Que le mandaba cartas asesinas escritas con la zurda, a la vecina estúpida de enfrente, firmando como Lolita y que se dedicaba a llamar a los telefonillos del portal de al lado, haciéndose pasar por la pizzera.

Un día fue más lejos y se apunto a la fiesta que tenían montada dos calles más abajo, en su bar favorito.
Y después, se había ido de karaoke, despertándose en un bañó cutre con cenefas doradas del que había salido corriendo en bota y batas. La vida, que es muy sabinera. Perra.
Esa vez había (según fuentes), paseado por medio Madrid besando esculturas, farolas, edificios, e incluso al oriental gracioso de Plaza de España, el de las rosas y las gafas con luces. También parecía que había llegado a ir al Retiro y había hecho la del Titanic en las rejas verdes, y afiladamente metálicas. Estupendo.
Notó vibrar de nuevo el teléfono en la bata. No. En el abrigo. Espera. ¿Estaba dormida? La gente ahora le miraba raro. De pronto se sintió observada. Y oyó un golpe, así como un accidente. No lo entendía, puesto que esa calle era peatonal, no tenía sentido que… se quitó las manos de la cara y vio a esas personas con el rostro pintado, cada uno de un color. Los deliciosos pasteles de la entrada estaban bailando entre las mesas y los camareros giraban sobre sí mismos envueltos en una espiral de espuma de canela, café y té.
En el patio, millones de libros abriéndose y cerrándose, volando. Temió por el lomo de esos textos… ahora tenían alas y podían llegar a cualquiera. Lectura libre.

– Dime Manu.
– Te has vuelto a quedar dormida Noe.
– Mierda. El artículo.

El despertador se había caído al suelo, abriéndose la tapa de las pilas que ahora corrían por el parqué.

AT.

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