Breve noticia.

”…crónicas desoladas y sombras,
que ya no quieren recordar…”

JH. ”Cantando en Yiddish”.
Ya lo puse en otra entrada. Marvelús.

Compró un café y se sentó en un banco de metal verde, algo oxidado. Unos músicos se ponían de acuerdo sobre lo que iban a cantar o al menos eso entendió. Something classic? Not Vivaldi! Iba sorbiendo y soplando de forma tranquila, no tenía prisa, nadie esperaba nada. Eso sintió. ¡Cling, cling! Unos céntimos cayeron en el pavimento. Un taxi los desplazó hacia una playa junto a una lata de refresco y un chicle más antiguo que todos los que pisamos la tierra. El agua de la lluvia pareció haber sido el causante de esa playa artificial según los expertos. O de los restos de aceite de los puestos de perritos calientes. Lo que fuera se hiela, hace mucho frío. Toma un par de fotografías. La ciudad cubierta de nieve, alguien tiene que venir a soplar los copos y reducirlos a olvido.
La plaza comenzó a llenarse de gente. Los árboles parecían cambiar de color. Un hombre vendía camisetas del que su corazón esperaba que fuese el próximo presidente de su gran nación, una mujer montaba un puesto con cuadros, marcos y espejos muy extraños en los que uno no podía reflejarse. No me veo, pensó. No. No hay manera, tampoco de perfil. Ahora no veo. Ah, espera. Se quitó una hoja que acababa de caer del árbol. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Se cambió el café de mano y se dio cuenta de que ya iba por la mitad.
Un hombre allí en bicicleta. ¿Qué estará haciendo? Pues pedalear. Aquella mujer con las piernas kilométricas, unos pantalones cortos y una camiseta que deja ver su ombligo baila con un aro. Se oyen campanas. Los del Hare-Krisna vienen. No. No quiero magdalenas con hierbas aromáticas. Que no. Que no quiero. ¿Por qué insisten tanto? Bueno vale. La verdad es que tengo algo de hambre. Pero no pagaré esas flores que acaban de laurearme. Meció el fondo de su vaso, ya no quedaba nada. Una niña se acerca y le mete un dólar. Tiene la piel muy morena y su madre es blanca como esa nube que está ahí, le coge bien fuerte y le aleja. Ahora se explican esos dos grandes ojos azules.
Siente algo de calor, se toca la cara. No puede moverse de su sitio, porque es suyo. ¿Quién vendrá después? Acaricia el banco y se queda con un poco de pintura levantada entre los dedos. Está ardiendo. ¡Oh Dios mío! Es decir… ¡Oh my god! Ahí hay un chico tomando fotos de una modelo. Sensual no es sinónimo de poca ropa. El atractivo es un don, no un producto. Se quita la gabardina llena de manchas oscuras. Se cae al suelo. Tiene migas de pan en uno de los bolsillos y un trozo de periódico en el otro. Vienen tres palomas. Les tira las migas de pan y se tumba en el banco, arrugando el periódico para estar más cómodo. Ahora revolotean junto a ese hombre que me mira con unos ojos extraños. Es turista, como yo. Unos policías murmuran al lado algo de un thief. Verdaderamente sus botas son un robo. Le detienen y montan un escándalo, me ato los cordones de mis zapatillas de lona rojas. Ahora son granates y cuando alzo la mirada veo un mendigo forcejeando con los agentes. Los visitantes no tenemos vergüenza, cargar con las culpas a desalmados (segunda acepción del término).
Entiende que a su derecha hay una papelera. Tira el vaso. No dispara bien, aunque la vida sea una guerra perpetua. Se queda en el suelo. Es momento de recogerlo. Las ciudades avanzan no se destruyen.
Alza la mano y para un taxi. De él se baja una mujer. Ese banco de ahí tiene unas vistas maravillosas. No sé si me ha entendido. A lo mejor no llevo la ropa adecuada. Creo recordar que la tienda de la esquina junto a la demostración del pelador de fruta instantáneo es aceptable. Que va a la moda. Mientras piensa se da cuenta que el hindú del taxi ha huido. Se aproxima a la tienda y el guarda le hace con un gesto de: Usted no va a pasar ni aunque yo fuese nacido en el mismo Triana. Le enseño mi cartera y un fajo de billetes. Uso el castellano, y luego el inglés. Parece que no es suficiente que una lengua haya superado una invasión y una guerra, tiene que haberse independizado y haberlo festejado con té. Me miro al escaparate. No me reconozco, así que no estoy y esto no está pasando. Me dice algo como gone, gone, I’ll call the police. Una pena que no hayas conservado el idioma de tus abuelos al pisar este país, Kevin López.
Vuelve a la plaza y consigue reflejarse en el espejo de la mujer, que no entiende (entendemos) que ahora esté embarazada. Quizá me contemplé de perfil y ella de frente. Una pena no habernos puesto de acuerdo. Bien. ¡Es usted indigente! ¡Se ha quedado así por contemplar al personal! Hombre, hola Kevin. Siento el juicio emitido sobre usted antes. Me vuelvo a mi hotel, deben echarme de menos. Le acerco. ¿Le han contado a usted quiénes son los homeless de esta ciudad? Ocurre a menudo.

AT.

E.E, en esto pensé ayer. Más o menos.

Ya no sueña aquel niño que soñó que escribía

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