Ruptura (5)+ Cuento de Lola.

No todo el mundo tiene la suerte de amar dos veces en una misma vida. Yo me pregunto cómo debe ser querer tanto a alguien, que simplemente no te hace falta nadie más. Y que de pronto: ¡pam! te ves solo o sola. Y luego con el tiempo, tras haberte vaciado de un cúmulo de vida que se transforma en pastilla efervescente, viene otra persona, y lo hace para quedarse. No sé. Si podemos llegar a amar de forma incondicional dos veces, por lo menos, es que el amor como concepto general no existe…¿no? Lo que sí lo hace es el concepto ”una persona encuentra a otra”. A eso lo han llamado amor. Llegados a estas alturas, deberé aceptarlo. Es amor. En fin.
Un día, acaso en verano, iba con el coche, uno de esos días raros. No recuerdo a dónde iba. Cuando pasé el cuarto cruce, junto a una rotonda, allí estaba Carmen. La vi de pasada, pero supe que era ella. Pelo negro, flequillo, bolso antiguo y pequeño, vestido de flores y sandalias algo desfasadas (no entiendo cómo me dieron finalmente el carné de conducir).
Estaba agarrada a un hombre que yo no conocía. Y no sé muy bien por qué digo esta tontería, porque podía ser cualquiera. No me acordaba del aspecto del que fuera su ex-marido, si es que llegó a serlo. Porque en ocasiones, cuando bajaba en verano a la piscina de casa le veía con él, dando vueltas por el parque, no solía mirarles a la cara. ¿Miedo? No lo sé.
Él estaba colgado de su cuello, cogiéndole, susurrándole en el oído. Se agarraba a su vestido, tirando de la tela hacia abajo. No iba bien vestido, la verdad. Y con esto no quiero incurrir en el tópico de mala gente implica una vestimenta a la altura. Miren a los que se encuentran dentro del congreso. Todos son hijos de sus obras. Cuando los perdí de vista, me fijé en el retrovisor izquierdo. Ambos se encontraban en una boca de la M-30, contemplando cómo pasaban los coches. Puede que tirando colillas. Piedras. Flores. Deseos. Las muerte.
Es increíble que mi mente retenga este tipo de imágenes que se atropellan en unas décimas de segundo. Me dio tiempo a echar un vistazo final al retrovisor grande. Ahí estaba Carmela. Acercándose a ellos dos, con un paso firme, y agarrándose la chaqueta como si su corazón quisiera verdad y ella se empeñase en seguir encubriendo lo que podemos tocar, que no siempre es lo real.
Al día siguiente, mi madre se encontró con mi vecina. Tuvieron una breve conversación en la que sin quererlo, se coló Carmen. Carmela dijo que ya estaba bien, que no se iba con el nuevo hombre ese más, porque no paraba de implicarla en cosas de las que ella no tomaba parte. Al salir su hija en sus palabras fue como una iluminación, porque necesitaba hablar de ello. Y eso es normal, es humano. Decir cuando nos duele y cuando se encuentra en paz el corazón. Supongo que la ley lo contempla.
Cuando estuvimos ya en casa, mi madre me confesó que alguien no se mete en historias ni se droga por voluntad ajena. Siempre hay un porcentaje de uno mismo en las decisiones que tomamos. Yo pensé que esa no era la cuestión. Lo que realmente estaba pasando es que Carmen seguía viendo a un hombre extraño que con el tiempo se volvió habitual en nuestro portal, en nuestra vida y en la comisaría.
Hoy la he visto cuando he abierto la puerta de casa para dejar pasar al insistente de mi hermano. Venía con una bolsa de la farmacia en la mano y comentaba lo mayor y lo alto que estaba el ya no tan pequeño Diego. Le comparaba con su nieto. Sonreía y no paraba de hablar. Yo también he sonreído sin saber muy bien por qué. Quien miente una vez, puede llegar a mentir siempre.

AT.

Os dejo con una canción muy divertida que encontré ayer por internet. Muchos grupos españoles de ahora cuentan historias con un par de acordes detrás. Es bien.

También os pongo un cuento que le escribí a Lola el otro día en un curso de hispanoamericana que hicimos junto con Bea, Paloma y Ángelus. Fantástico.

Escribo la transcripción, porque mi letra es así de guay. Aprendí hebreo sobre noviembre.

[Miro que no Miró*, que no estoy pintando un cuadro, a Lola. Tiene un boli en la mano. Es azul. Es una aguja. Es de madera. Y se pincha, y se queda dormida. Sus ojos se abren porque el lobo viene a buscar a los cerditos. Sopló…sopló…sopló, y la casa hecha de pestañas cayó.
Ahora la escucho, pero por dentro. Tiene una voz de pulgarcito o cita. Mejor hablo yo que ella. Porque yo cito y digo y escribo, porque me ha pedido un cuento. Y yo no sé contar cuentos. Me va a crecer la nariz.
]

Loli y su cuento

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