Ruptura. (3)

Si supiera lo que tú piensas, quizá yo no fuese yo ,en tanto que existiese un nosotros que quizá nadie haya soñado todavía.

Recuerdo que me fui al colegio, y que acompañé a mi hermano durante todo el camino, muy cerca. Las luces de la farmacia verdes no me transmitieron ninguna esperanza. Más bien me sentí vacía, pues había dejado atrás la imagen de mi vecina tirada en suelo como si no fuese una persona, como si no fuese nadie, como si existiera y significase eso: nada. Fue un sentimiento…transitorio, pero muy activo, una cuestión palpitante como diría alguien… En realidad fue rápido, dejé a mi hermano en el umbral de la puerta, sumido en una parálisis, no se le puede pedir más a un niño de trece años. Se lo dije a mi madre, que corrió- aunque no vivamos en un piso palaciego- hasta llegar y poner una solución tan breve como llamar al timbre de su casa un par de veces. Ni si quiera le tocó, ni le tomó el pulso. Creo que sintió miedo de que Carmen ya no fuese Carmen, si no alguien que ya no está. Un cuerpo solo. Sólo un cuerpo. Esto no ha llegado a decirlo, y yo tampoco se lo he preguntado, desconozco la importancia que pudiera tener.
Al caminar miraba hacia el cielo, aún tan negro como las pestañas del pequeño cuerpecillo que iba andando a mi izquierda muy recto, mirando al horizonte inexistente de la plaza que marca el hemistiquio del camino. Me pareció mayor, porque cuando crecemos solemos escoger las palabras y guardar silencio cuando es necesario. Me senté en mi pupitre y mis yemas rozaron el frío de la mesa de madera, puro invierno. Le escribí a mi madre, preguntándole. No entró en detalles salvo por la ambulancia y los llantos de una madre tirada en el suelo al creer que ese pelo enmarañado junto a un par de bolsas de basura con ropa y un bolso de piel eran lo único que quedaba de su hija, y que al menos la noche le había conducido al lugar donde con más o menos regularidad le proporcionaban algo de verdad. Porque la verdad real ,imposible de fingir, son las palabras de un padre o de una madre pensando en quien más quiere. Por eso pienso que mi madre no me dijo qué pensó cuando la vio allí, como sin vida. Porque tuvo miedo de tocarla y escuchar un ruido traducido en una respuesta que quizá no llegase. Y sobre todo quizá no encontrase las palabras adecuadas, porque no siempre existen cuando las necesitamos.

Enano, ¿estás bien?

Le di un beso, porque sabía que no nos habíamos entendido.

AT.

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