Ruptura. (2)

Aquella mañana me había despertado con algo de sueño atrasado, por eso no llegué a levantarme del todo, tampoco a vivir sin andar medio dormida, como me suele pasar últimamente. Esto lo contaré después si tengo tiempo .Bueno, mejor ahora. Le comentaba a mi amiga Lola, que yo últimamente vivo con miedo. Se me olvidan las cosas, relego a las personas a un plan sombrío y me alejo en la tiniebla de pensamientos que me acompañan diariamente hasta transportarme hasta la más absoluta nada. Y esto hablando con fulanito y no sé cómo se llama. Y me nombran a un autor y asiento por inercia porque me acuerdo de su nombre pero de la punta de mi lengua no sale ni su inicial. Es extraño. Parece que soy una demente que camina por la calle pensando en la composición poética de la carretera o de qué hubiera ocurrido si la Bombal hubiera sido un hombre. Excentricidades aparte, digo que aquella mañana todo parecía salir de un cuento onírico, algo inestable sí. Es como cuando nos levantamos por la mañana y nos acordamos perfectamente de lo que hemos soñado pero al intentar transmitirlo, los detalles se van difuminando como una pastilla efervescente. (Debo contar lo de la pastilla).
Mi hermano se puso su abrigo de cuadros de colores tristes, mientras yo apuraba mis últimos cinco minutos algo tercerdimensionistas -por la cantidad de cosas que caben en ellos- y abrió la puerta de la calle. Se quedó parado. Lo sé porque el suelo de la entrada de casa tiene una burbuja de aire, por ser tarima flotante. Cuando te quedas quieto, en realidad no lo haces, tu cuerpo late balanceándose.
Los castellanos de mi hermano en contacto con la alfombra y la madera se movían. La puerta de mi vecina es contigua a la nuestra, los felpudos son casi hermanos. Y allí estaba ella, tirada en el suelo, dormida como una niña. Se le había ido el color de la cara, no tenía gesto definitivo. Por eso parecía destilar algún tipo de ingenuidad infantil que se diluía cuando posabas tus ojos en sus manos curtidas en la más absoluta urbanidad, que entró según fuentes del rellano, a los diecimuchos con nocturnidad y alevosía en su vida. Pero ahí estaba. Quizá sólo era inocente cuando dormía.
Su pelo, tan negro como una farola rota por la pedrada de algún gamberro, cubría parte de las baldosas granates del suelo y también se enganchaba en esa horrible alfombrilla que compramos de forma unánime en la no-reunión de propietarios del octavo. Quise saber qué estaría soñando y si sus labios sonreían en algún punto del planeta, pero mis ojos se entristecieron y pude verla desde el ángulo que en aquel momento le correspondía. Y la juzgué. Sin el quizás. Y la miré de pie, sosteniendo el grito ahogado de mi hermano en una mano y el picaporte y el bolso en la otra.
Por eso, y otras tantas cosas me acordé de ese novio suyo, que aparecía en el portal a veces de malas formas y pidiendo dinero. Dejé de compadecerme del frío que debía estar sintiendo, puesto que las baldosas de mi rellano son antárticas con sólo mirarlas, para decirle de forma silenciosa que yo no era quién para decirle que dejase esa doble relación adictiva, pues el amor es una droga también, y ella ya tenía una lista de la compra demasiado larga. Pero yo no soy quien para decirle: –Déjale, porque él no te comprende, déjale, porque él nunca va a entenderte sin mediaciones ni exigencias.
Supongo que ambas tenemos miedo. Yo lo tengo.

AT.

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