Ruptura. (1)

Se ha matado la del octavo, ¡Se ha tirado por la ventana!
Calla, calla que por ahí viene su hermano, y allí está su padre.
Pues mira, no te voy a decir que me alegre, pero casi…
¡Pero mujer! Qué poca sensibilidad.
Lo que estaba viviendo no era su vida, si no la de sus padres y las drogas. Y también la nuestra que vaya…¿eh?

Es cierto que nunca había compartido mucho tiempo con Carmen. Para mí, era mi vecina, sin puntos suspensivos y ninguna pausa ajena. No estoy segura de si alguna vez hemos llegado a compartir el mismo aire, no durante mucho tiempo quiero decir. Tan sólo un par de suspiros prolongados mientras intentaba- sin mucho éxito- abrir la puerta de su casa, mientras mi llave se abría paso a través de la cerradura de forma rápida, ya que mis manos temían que mi corazón ante el sobresalto de verla así, de pronto dijera: basta.
Su aspecto era tan variado que a veces llegué a pensar que no era la misma persona. Pero cuando entré al portal hace algunos días, y me enteré- por un papel bastante profano- que había muerto, sentí que me había equivocado. Siempre había sido el mismo alma que muchas veces escuché en el rellano gritando y golpeando la puerta de la casa de sus padres, la misma que me había dicho que hacía mucho que no me veía, en una de esas charlas insustanciales -propias del ascensor-, cuando el día anterior habíamos cruzado un par de miradas en el parque de enfrente de casa. La realidad gemela de la persona con la que me cruzaba de fiesta los sábados en el mismo estado de embriaguez, yo por mi falta de control y mis hormonas juveniles desatadas de ser mejor con dos copas y ella porque su cuerpo le pedía volar sin alas cuando sus miembros se encontraban, desde el día en que nació, irremediablemente anclados a una tierra que ahora guarda su cuerpo.
Había creído que ella no era la mujer que yo veía en cada encontronazo, pero sí que lo era. Habían estado fallando mis ojos, mi mente, mis dientes sonrientes ante algunas situaciones incómodas que vivimos, también mis prejuicios y tampoco olvido esos vídeos que nos traía la dirección general de tráfico al colegio y las sucesivas charlas sobre drogas, que con el tiempo me han enseñado que tienen el mismo valor personal que aquel aficionado a los sudokus, que desea creerse ser el nuevo premio Nobel de matemáticas.
Cuánto nos equivocamos y qué poco nos lo decimos.

AT.

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