Viajes en autobús.

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Ayer sentí mucho frío cuando estuve esperando en la parada del autobús para ir a la universidad. Oteaba el horizonte, esperando que apareciese ese terrible trasto que no para de traquetear y de mojar a la gente, pasando por alto los charcos que se forman en la cuneta.
El pelo me tapaba la cara, y yo no dejaba de sentir que en algún lugar de aquel páramo perdido, porque esa zona es tierra de nadie, se escondía algún foco de calor y color. Por fin apareció la máquina, y al parar unos metros delante de mí, corrí torpemente, por si no me había visto. Subo y el conductor se desespera algo, no encuentro el billete naranja dichoso. Pero no parece que le importara tanto como yo he querido sentir, y cierra las puertas y sigue haciendo mucho frío. Y el cacharro se mueve, y mientras mis dedos buscan dentro de mi cartera morada de cuero contemplo el panorama del autobús que ahora parece una aeronave llena de caras largas. El problema es que parece que nos acercamos a algún mal lugar, y que esas caras tristes tienen justificación. Al fin lo encuentro y un pitido confirma mi estupidez, para después aparecer una lucecita verde que confirma mi inteligencia.
No me gusta sentarme delante, por la sencilla razón de que no me aporta perspectiva y no me deja ver qué hacen las personas cuando no se sienten observadas, si no libres. Acabo en la parte de atrás junto a una señora que huele de nuevo a frío. Cruzamos una mirada, porque a mí también me molesta que se sienten a mi lado cuando hay asientos vacíos dobles. Un chico a mi derecha, unos asientos más allá lee un eBook. El muchacho de detrás lee un libro y el de su derecha está escuchando música mientras mira por la ventana, moviendo su pie derecho a un ritmo frenético que mis ojos de diez de la mañana no aguantan.
Me giro y contemplo a la señora que había abandonado antes. Está haciendo un sudoku. Mentira. Es un … un… una sopa de letras. En realidad no entiendo qué son esos símbolos que escribe. Me descubre y cierra la revista, porque es de colores con fotografías en la portada. Parece ruso. Sí, es ruso. Estaba escribiendo en cirílico letras, rellenando espacios para formar palabras. Sentí de pronto algo de calor en mis mejillas, me miraba en tono de reproche, porque quizá, bueno, porque rompía esa intimidad de la que nos gusta rodearnos por la mañana en el medio de transporte, cualquiera, que usemos. Yo me encojo de hombros y no sé si decirle alguna estupidez del tipo: ”Quiero empezar a leer a los rusos.”
Ya se ve la Autónoma, y me bajaré dentro de poco, pienso para mí. Encenderé mi cigarro, andaré un poco y me quemaré los labios, por hacer el tonto. ¿Alguien me estará mirando?

AT.

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