Entrevistas a mujeres decentes.

Entonces mi amigo me dijo que no estaba con ninguna chica. Esperaba a la
musa, y que mientras tanto escribía, y que durante, se cruzaba (muy de vez en cuando) alguna ninfa.

El personaje se llama Soledad Linela, ”Yo , mi hija y mi marido.”

Aquella noche me llamó mi hija. Sabe que no me gusta el teléfono. El teléfono es frío. Esa vez me transmitió un burbujeo de coches, luces y picardía. Cuando llaman los de la compañía telefónica me inspiran ganas de tenderles junto a mi faja en el patio de vecinos, con un par de pinzas de colores distintos. Creo que la rosa es de Agustina. Que se fastidie. A mí me robó las de madera buenas del todo a cien. Cuando llaman sin embargo de la compañía de gas, me suelo hacer pasar por mi marido. Supongo que una voz varonil es más difícil de encandilar si no es en vivo y en directo, con un par de copas y un carmín barato.
No estaba cerca de casa, según me dijo, y la verdad es que era bastante tarde. Agustina siempre paseaba a Mikito, su chihuahua repelente a las doce y trece. Debo cambiar el reloj de encima del televisor, porque va con una hora de retraso. Luego me dejó entrever que se iba a dormir a casa de su amiga Susana. La verdad es que sigo sin entenderlo. Yo siempre me he mostrado como una madre sin complejos. Llevo chaquetas por encima del ombligo quiero decir…He de reconocer que quizá algo pesada, pero bueno, con lo que ocurre ahora, es darte la vuelta y te la tiran al río, quién no lo es. Esa niña es una mojigata. Con diecinueve años y todavía con mochila y falda por encima de la rodilla. No sé a quién pretende engañar, pero desde luego a mí no. Puede que su padre se haga más el loco. Las cuerdas atan, y le gusta mucho Pili y bajar al bar de la esquina con el metro. Espero que pronto me presente al novio con el que está, que por lo menos sé que vive cerca de casa. Y se deje ya de tonterías, y de cambiarse la falda en el ascensor. Que la policía es tonta. Pero su madre no.
De todas formas, si pasa tantas noches con ese chico, me pregunto quién le habrá enseñado a querer. La referencia que tiene aquí en casa es regular. Me preocupa, me asustan sus dudas. Me pregunto si me ha tenido ahí cuando lo ha necesitado. También que en ocasiones haya elegido mal, y que se haya equivocado. Pero qué le vamos a hacer. Mira, mírale. A mi marido. Parece que de perfil pinta mejor, pero no es verdad. El pelo desordenado, unos calcetines blancos hasta los tobillos, que le dejan esa marca tan fea, pillándole los pocos pelos que le quedan en las piernas. Los calzoncillos de la mili y la camiseta de la expo. Unos labios aburridos. Ya no saben a muchas cosas. Salvo a veintisiete años desde aquel beso en el banco de Antón Martín. ¡En qué momento…! Pero Dios mío, virgencita. ¿Quién habrá enseñado a querer a esta niña?

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Pd. Esto es una secuencia. Lo de antes, y lo de después.

AT. Bonita semana. Algo fría, pero nadie es perfecto. El señor del tiempo, el de la cinco. Ese sí lo es.

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