Pinturas de guerra.

Me he propuesto escribir una serie de relatos que iré subiendo poco a poco,
esto es sólo un adelanto. A lo mejor no los llego a subir, quién sabe. O sí, soy demasiado buena.
Espero que los disfrutéis, casi tanto como yo al escribirlos. No prometo subirlos todos de seguido,
que ya sabéis que me indigno mucho y a veces poetizo, y está bien variar un poco.
Como diría Mariano: ”En algunas cosas”. Besos a todos. Y gracias por leerme.

Gracias, gracias. Mil gracias.

Os dejo ya. Lo dicho.

Pinturas de guerra.

El susurro de la vida comenzó a borbotear en forma de llanto reprimido, en una cúpula de madera, que debió ser, sin embargo cristalina. Marcela y Sancho se miraban sin saber qué hacer. Un golpe en medio de la noche los había despertado de su mugriento lecho, compartido, de paja y plumas de gallinas. Les cogió abrazados en medio de la noche, a pesar de ser verano. Las noches malagueñas a veces son como fantasmas, te devuelven a un pasado repleto de escalofríos.
La mujer del propietario de la finca para la que trabajaban, tras un pequeño sendero que conducía desde la casa grande a la pequeña casita del matrimonio que formaba parte del servicio desde tiempos inmemoriales para la familia, estaba casi descalza dando golpes a la puerta bimembre. Marcela se desembarazó de los brazos hoscos, mejor que cien hogueras con la mejor de las leñas, para dirigirse a la entrada. Abrió la parte de arriba y ahí estaba. Con el pelo sin recoger, los ojos vidriosos y la tez tan blanca como la espuma del mar, que en noches como esa se podía ver desde allí.
Sin dar explicaciones, el género entendido, cerró lo abierto, para dejarla entrar de forma completa. La cogió del brazo, despertó a su marido y su mano en la boca le hizo callar.

– Ni una palabra.

En realidad tampoco podemos hablar de mujer. Era delgada, con los labios finos y una nariz no especialmente chata, pero si bonita en términos generales, pensó Sancho. Él apreciaba lo bonito y lo feo, desconocía la belleza y la arcada a no ser que estuviésemos hablando de los fines de semana en los que los señores marqueses le permitían que su hijo viniese a visitarles a su humilde casa, o el parto de la yegua favorita del hijo del señor. Le hicieron tirar al potrillo, aún envuelto en lágrimas, a criarse en el campo, a su suerte. El angelito tuvo suerte y nació muerto, por lo que él y su mujer organizaron un pequeño entierro por la pérdida del sentir de aquel animal. Nunca sabría cómo es la mano del campesino, curtida como la piel, para tener algo en común sobre su lomo. Esas uñas cortas y cuadradas por las labores absurdas, la pintura blanca entre sus dedos. El vello naciéndole desde la muñeca hasta la barba. El movimiento del compañero con el cuello para indicar la marcha. El verde sobre su lomo, las margaritas bajo sus entrañas.
El pelo era oscuro y demasiado largo para una mujer de ese talle pensó la campesina mientras se lo sujetaba, al tiempo que modulaba su respiración con la mano en un ir y venir de aire, que faltaba. Puede que allí ni si quiera lo hubiera.
La doña, o doñita, se sujetaba el vientre fuertemente. Y el matrimonio se fundió en una vista, un sentido del tacto y oído. Durante sus labores no tenían permitido mirarles a los ojos. Marcela se miraba sus manos, impregnadas de manchas por el sol, tocándose entre sí continuamente y rezando para que desapareciesen mientras la misma que ahora se encontraba en su lecho, le decía que echaba en falta un collar dorado con un par de perlas nacaradas. Durante el sermón sobre cómo emplear el dinero que ganaban por parte de su señor, Sancho solía retorcer su gorra de tela marina y verde oliva que le tejieron aquellas manos que envejecían. De ahí el aceite que se permitían rociar sobre el pan horneado de los domingos. Los ojos fijos en el suelo mirando las piedras que caían a sus espaldas por parte de los dos cuando se enteraron de que el primogénito de los señores les visitaba a veces y comía con ellos mientras Marcela le contaba que también tenían un muchacho como él, pero que vivía con una tía en Córdoba, porque allí no podía estar.
Pero ahora sí que lo hicieron. Incluso apretaron sus manos, animándole a salir de aquello. Y a la vez preguntándose de dónde había salido aquel bulto. Porque ellos no podían mirarles a los ojos pero sí el resto del cuerpo. Los gestos y las manos, los andares y los dejes, indicando que nunca serían como ellos, porque la clase no la impone el dinero, si no el nacimiento.
La señora dio una patada al suelo con el pie izquierdo, que casi hace que Sancho cayera al suelo, perdiendo el equilibrio. Se mantuvo y continuo agarrando la mano fría de la muchacha. Puede que incluso tuviera la misma edad que su hijo, solo que este estaba trabajando y ella se había casado con un hombre algo más mayor. De pronto sus ojos se fijaron en el suelo de la casa, que comenzaba a llenarse de sangre oscura, fundiéndose con la arena del suelo.

– Marcela, ve aprisa al pozo, coges el cubo, lo llenas de agua y toma unas mantas del armario, ¡aprisa!

Obedeció porque su marido sabía traer criaturas al mundo. Porque no era la primera vez, y aquello es lo que estaba sucediendo en ese instante. Escuchó un grito que le paró el corazón y se le cayó la mitad del contenido del recipiente. Tan sólo uno.
Cuando llegó, la señora estaba tendida en la cama, con la mano derecha sobre la frente, llena de sudor, como desfallecida. A su lado su marido con el hijo de la tierra en la mano, en una España que aún tendría que dar la callada por respuesta durante muchos años. El cordón umbilical aún le unía con su madre. Esto no duraría mucho. Arroparon y atendieron al niño, colocándole en la pila entre mantas marrones con líneas moradas y rojas. Colocaron a la muchacha como pudieron y esperaron agarrados, frente a la ventana a que amaneciera, para darles constancia de que la noche había pasado y de que los gritos que escuchaban eran de su hijo, y el pasado que vuelve.
Sin embargo no fue así. Cuando el sol se dejó ver a través de los árboles, la playa y el mar, la señora ya se había ido. Usó la palangana y el cristal triangular colgado de la pared con un alambre y un clavo y se marchó por donde había venido esa noche. Y con la voz medio partida les dijo:

– Dadme tiempo. Haced todo lo que yo os diga, e inventaos lo que queráis, pero este niño es de vuestra sangre desde ahora mismo. Nunca le faltará de nada. ¿Entendido?

– Sí señora- dijeron al unísono

La vieron alejarse camino arriba, en dirección a la casa, de la misma manera en que la recibieron. Agarrados, el uno contra el otro, sintiendo su respiración. Pero aunque la madrugada ya se había ido, y los demonios habían huido acechando hasta la noche próxima, el niño seguía ahí. Ahora dormidito, mecido por el viento que se colaba por los arbustos de buena mañana.

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