Ana-tú-mío.

Siento ser una voz triste,
cuyo eco se desvanece por
tu garganta.

Una figura que se lanza desde un
acantilado rosáceo, pasión y momentos,
grietas, que gritas.

(Ignoro el motivo, eres la causa).

Dos manos en soledad, rozan tus orejas
Parecen escuchar lo que tus oídos me tocan.

El pelo es, tu pelo sí, de un color
‘tú dices tal cosa’. Tus pies cargados de
camino, somos memoria.

Si tuvieses pecas, de noche las quiero,
imagino una masa dulce, que reposa sobre madera.
Un olor a chocolate, azúcar glas.
Un bote pequeño. Mi mano agitándolo, cayendo
como copos de nieve sobre el día.

Tus manos al lado de tus dientes, que me gusta
verte sonreír, al mismo tiempo que mientes.
Me gusta la destrucción, la avalancha, el lunar
de tu palma.
La red de carreteras que me conducen, configuran tus dedos, y
les hacen brotar como burbujas, como letras,
como hojas… Como luz.

Parecen tus ojos alegres. Reflejos anaranjados.
Tus pupilas, tus pestañas me bailan. Una línea quiere ser
ciudad de
edificios y un cielo gris quiere ser nube.
Ambas y ambos ríos que separan dos aguas.

Tu cuerpo es el tiempo, con estaciones. En estación.
Si esto fuera cierto, yo tomaría un café.
Existir si existieras, ni si quiera caminaríamos de pie.
Si no entre oscuridad.

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