Segunda parte. ”Carmín y pintauñas’.

Salió de la confusión, se arregló el vestido y se tele trasportó por arte de magia al mismo asiento del vagón de tren. Pasó otra hoja, no sabía cuántas podía haber pasado ya sin saber lo que estaba leyendo. Se cortó un dedo con el filo de la hoja, y justo sonó por unos altavoces: Próxima estación, Ibiza. Salió a toda prisa, y casi se deja el bolso. Se detuvo sin aliento en la salida del metro. Sacó su abanico y empezó a atrapar un poco de aire, lo necesitaba. Una vez sosegada, se dirigió hacia el Parque del Retiro a sentarse en su sitio de siempre, con su helado de siempre y su vista panorámica que no era la de siempre, ya que sus ojos miraban al estanque, donde las barcas, y no eran siempre las mismas personas, ni los mismos estados de ánimo, ni los mismos nada. No puedes comparar un segundo con otro, una ola con otra, ya que el mar cambia y las personas, también.
De pronto, se hizo tarde y ya era hora de volver a casa. Cuando volvió el panorama la disgustó profundamente. Era una de esas personas que le encantaban las sorpresas, los pequeños detalles que daban vidilla a lo oscuro y triste. Pero José tirado en el sofá con una cerveza y los calcetines de rombos era lo menos íntimo que había visto nunca. Tenía un aspecto rarísimo y la casa estaba silenciosa, aunque el televisor estuviese a todo trapo retransmitiendo una repetición del Barça-Madrid del día anterior.
– Cariño, qué tal ha ido el día.
– Psé…Bien…ya sabes en la oficina, mucho papeleo.
– Pero… ¿bien?
– Paloma, no insistas, bien y punto, qué más quieres que te diga, qué quieres saber, quieres que te cuente cuántos cafés me he tomado hoy, con quién he comido, quién me ha saludado por la calle…en fin. Rita ha hecho algo de comer. Está en la nevera, nos lo ha dejado antes de irse.
– Bueno yo he ido al Retiro, ya sabes como todos los miérco…
– Que vale, Paloma, que estoy cansado.
– Nunca me escuchas.
El televisor se apagó de golpe. El mando rebotó contra la mesa. Se levantó como muchas otras veces y le abofeteó la cara tan fuerte que se cayó el libro que tenía entre las manos. Ella con él dos segundos más tarde. Una lágrima se escapó y un llanto ahogado quedó reprimido por su pelo, que ahora le tapaba la cara.
– Lo has conseguido. Te felicito. No tengo hambre. Pobre Rita.
– …
– Y para escucharte…ya están tus amigas.
Subió al piso de arriba y cerró de un portazo. Habitualmente vemos en las películas cómo cuando un matrimonio discute es él el que se queda en el incómodo sofá cama para visitas del salón. Aquí era diferente. También la manera de pedir perdón. Él no volvía, era autónomo e independiente. Le encargaba a Rita que comprase flores a su mujer sin importarle el precio, el ramo más grande si cabía. Sus conversaciones con cada discusión renacían. Después de cada incidente todo lo relacionado se volvía tabú. Aquel día no pudo más, y se deshizo de todo lo romántico que poblaba su vida. El color se fue. Y la novela rosa acabó en el fondo de la basura.
Otra pregunta surgió de su mente. Rita. Rita y su marido, qué se traían exactamente, no lo sabía.
Prefirió no preguntar cuando vio el pintalabios de su asistenta. Le era muy familiar.
Paloma retomó de un modo gradual la conversación con su marido. Un día, le tapó los ojos mientras estaba sentada pintando en su jardín a media tarde, otro de sus hobbies y la llevó a cenar, pasando una de las mejores noches de su vida después, tocándose, redescubriendo el uno el cuerpo del otro, dejando que la luz filtrase entre los cabellos de ella y que se posara en los lunares de él por la mañana. Paloma le quería, la pegaba, pero le quería. Era como un Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Unas semanas de día, otras semanas eran noches. Oscuras, misteriosas. Él cambiaba, se transformaba, tomaba su pócima, o volvía borracho. Que viene siendo lo mismo.

113

La normalidad se instalaba de nuevo en su casa. No se oía la risa incontrolable de niños, sólo la de los hijos de los vecinos. Vivían en una urbanización de Madrid, con algo de prestigio por aquí, y lujo por allá. José no quería niños, o al menos de momento, la dijo tres meses después de casarse, ‘’Estoy liado en el trabajo, un niño son complicaciones, y necesito que me asciendan, puedes comprarte un terrier que ahora están muy de moda…lo del niño déjalo para más adelante’’. A veces él huía. No solo de conversaciones, también de sus besos. Se había vuelto frío con los años. Pero otras veces era más caliente que el desierto de Atacama. No le entendía. Lo que sí entendía es lo que pasaba. El niño no llegó, ni llegaba, ni llegaría nunca.
Un día fue a visitar a Carmen, una de sus mejores amigas. Se conocían porque sus chalets estaban pegaditos, porque su José y Pedro también eran amigos y porque las citas de las chicas los martes en su casa eran…todas las redacciones de las revistas rosas en cuarenta metros cuadrados.
– No sabéis de lo que me he enterado-dijo Conchita, una nueva adquisición del grupo, separada con mucho dinero de su ex marido, y que vivía con su hijo Nicolás en el número 63.
– ¿De qué?-exclamó Menchu, que era también Carmen.
– Pili, la del 86, fue a la fiesta del sábado pasado con un bolso de imitación. Un Gucci de mentira, ante nuestros ojos y no nos hemos dado ni cuenta.
– No me lo puedo creer…y luego va fardando por el club con el- dijo Amaya, una resabida mujer, que si se mordía la lengua en el parte médico por defunción pondrían: Fallecimiento a causa de: envenenamiento.
Paloma asentía. De repente esa conversación no le importaba, simplemente quería que llegase mañana. Era miércoles, el día en el que ella se sentía ella y no otra que vive atrapada.
– Qué opinas mujer, que llevas callada mucho tiempo-. Le dijo Conchita.
– Que ya es hora de que se compre un bolso bueno, al menos un Vuitton, que con tanto plástico nos va a intoxicar a todas.
Rieron todas al unísono. A Paloma no le hizo mucha gracia. Pero al menos salió del atolladero. Cerró los ojos mientras se tomaba su café con leche. Y mucho azúcar. Estaba deseando que llegase el día siguiente con su sol y su metro, su helado y su árbol del retiro. Cogería una novela policiaca ahora que las rosas estaban en extinción. Y su reproductor de música con canciones de los Guns and Roses, de cuando atravesó esa época heavy metal en el instituto, que se acabó en menos de lo que canta un gallo gracias a su madre, que aunque le quitó todo, no le pudo quitar la música. Porque la música se va. Puede marcharse pero nunca silenciarse.

Primera parte. ”Carmín y pintauñas”.

Paloma. Cuarenta y dos años. Recién cumplidos y bien llevados. Pintauñas rosa chicle en sus uñas de los pies, a juego, unas sandalias blancas con algo de tacón. No solía llevar pintalabios, ya que a José Ramón, su marido, se le abrían las carnes cada vez que veía uno. Y mucho. Y es que desde que este había vuelto de aquel viaje de negocios a Ámsterdam hace algunos años, y había encontrado carmín en su traje de rayas diplomáticas, y tuvieron aquella bronca que se resolvió con un bofetón, se convirtió en algo tabú. Como cuando se habla de la economía y todo el mundo suspira y añade ese aire soñador de dedo índice en la barbilla mirando al cielo, y exclama ‘’Parece que va a abrir, ¿eh?’’. Ella también esperaba que su relación se abriera algún día hasta tal punto que resolviesen ese hecho y muchos otros que ella no acababa de entender. Como cuando encontró entre sus papeles unas esposas, o como cuando encontró entre sus corbatas un mechón de pelo rosa sintético. Prefería que su mente callase. Seguro que eran casualidades. Como cuando se acumulaba una gran bola de pelusa debajo de su enorme cama, con su colchón igualmente caro combinado con aquella colcha tan…tan…silvestre.
Paloma estaba sentada en un asiento del metro, como todos los miércoles. Ese día era el único que tenía libre. Aunque en realidad tenía libres todos los días. Tenía la vida resuelta. Su José, era un hombre muy trabajador y respetable. Había trabajado mucho. Esas dos últimas frases las llevaba escritas a fuego. Como que se auto convencía de ello cada vez que tomaba un café con leche y mucho azúcar en el club de campo y charlaba un poco con sus ‘’amigas’’, o cada vez que veía su fabulosa casa mientras tomaba algo el sol en el jardín o esas veces, cuando iba al supermercado cuando no iba Rita, su asistenta, y pagaba con su brillante Visa oro.
Y la pregunta que ahora choca y sale corriendo a toda prisa, como el metro cuando coge esas curvas y una voz te avisa de qué está pasando entre coche y andén, no es otra que la siguiente. ¿Qué hace una señora, alguien así, cogiendo el metro cuando puede coger su fabuloso coche? La respuesta sin embargo no es sencilla, ni tampoco clara. Y no se debe a ninguna casualidad de la vida, como que se le hubiera rozado un poquito al aparcar cerca de la peluquería, o que los niños del vecindario hubieran trasteado…o lo más simple. Iba más allá.
Tenía cubierto el libro que sostenía entre las manos con un papel de forrar blanco. Se transparentaban un poco, pero había conseguido camuflar la foto de la portada. Era una novela rosa en la que estaba enfrascada, de esas que vendían cada semana en su kiosco más cercano, de confianza. Se pisaba un poco las sandalias, y se mordía las uñas de vez en cuando. También se apartaba mirándose en el cristal del vagón su media melena rubia, más bien castaña
A su lado se sentaban un par de estudiantes, algo desaliñados, tal y como se estila ahora se dijo para sí.
– Tío tenías que haber visto la que se pilló el Rulas ayer.
– Qué dices tío, si apenas bebió, este es más fantasma…
– Pues tienes que oír lo que le dijo a su vieja te meas…
La dieron ganas de cerrar el libro y estampárselo a ambos en la cabeza a ver si salían de su mundo de yupi. Sin embargo, adoptó una actitud tranquila, y tal y como le había enseñado Yago, su monitor de yoga, que en conjunto sonaba todo my sonoro, tomó aire por la nariz y lo expulsó por la boca cerrando un poco los ojos. Tampoco quería parecer la loca del vagón. Le daban mucha rabia esas situaciones, cuando los chavales de hoy en día sólo aceleran, y se limitan a vivir ni tan si quiera saber lo que significan esas cinco letras ni el misterio oculto que se esconde tras ellas. Erica su hermana sin embargo lo sabía, lo sabía perfectamente.
Intentó proseguir su lectura con poco éxito. Y es que a medida que avanzaban las palabras en su cabeza, dejaban de tener significado, ya que una fuerza terriblemente asociada al pasado y a los recuerdos la iban consumiendo, como cuando miras por la ventana del metro, te marea el saber que aunque sabes lo que estás viendo, no lo identificas con claridad. Cayó en la espiral.

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Paloma estaba un día hace mucho en casa. Jugaba con su Nancy, y la vestía de princesa, para ir a la piscina, la vestía de novia, e intentaba recrear su futura boda. Quería, como cualquier niña de su edad, tener una boda de cuento de hadas, donde los unicornios volasen y la tarta tuviera mil pisos llenos de flores de chocolate con nata. Un estruendo sonó sobre su puerta, que permanecía cerrada. Agarro a Simoneta, y se cayó el peine verde chiquitito al suelo.
– Abre la puerta enana, que aquí hay alguien que quiere conocerte.
Sus padres no estaban en casa, se habían ido de fin de semana.
– Que abras te he dicho.
Más golpes. Y de repente la puerta se abrió. Paloma estaba agarrada a su muñeca, detrás del armario. Cerró los ojos instintivamente, muy fuerte, pidiendo no ser descubierta. Se oyeron unos pasos, varias cosas cayeron al suelo con violencia, y algunas risas de fondo.
-Parece que tu hermanita la buenecita no está aquí… ¿eh?
– Ya aparecerá seguro que está por algún lugar de la casa.
La puerta se cerró de un portazo. Paloma no salió hasta que dejó de oír carcajadas que le recordaban a una película de payasos que había pillado viendo a su padre una noche a altas horas de la madrugada. Su hermana había traído unos amigos a casa. Y la cosa, se había descontrolado. Cuando salió de su guarida, fue directa al salón. Olía a tabaco, como el del abuelo, y…a algo que no supo distinguir, que años más tarde en una cata de vinos a la que la llevó José, sabría qué era eso, vino. Su hermana estaba tirada encima del sofá a medio vestir y con todo el pelo alborotado. Tenía el maquillaje corrido, y también prestado, porque se lo había quitado a su madre. Paloma se acercó a ella, dejando a Simoneta en el suelo.
– Eri… ¿estás bien?
Una vocecilla carraspeó antes de salir.
– Mita…pequeña…no me encuentro muy bien no me acuerdo de lo que ha pasado. Esto solo era un guateque y ahora no queda ni un resto de lo que fue. O quizá demasiados. Lo estábamos pasando bien…te lo juro…No se lo digas a papá y a mamá…me metería en un lío…
Paloma calló a su hermana con sus deditos de princesa de cuento de hadas, intentando llevar a su hermana al suyo propio.
-No te preocupes Eri… Estoy aquí. Somos una.
La intentó mover poco a poco. Y aquello parecía no acabar nunca como la obra de El Escorial. Tardó lo que le parecieron meses en llegar al cuarto de su hermana. Le quitó la ropa, y le puso un pijama de los que las dos hermanas tenían iguales. Le arropó y cerró la puerta. Se dirigió al salón y echó todo al cubo de basura que más tarde dejaría en el descansillo y abrió las ventanas de par en par. Cuando dejó de oler al abuelo fue hora de cerrar. Aquella noche se durmió tras haber terminado de limpiar las huellas del que no delata a la persona que ama. Sus padres llegarían al día siguiente. Y por mucho que Paloma se esforzó, la vecina de al lado les comentó lo sucedido, Paloma pensó que era una entrometida, y que no tenía otra cosa que hacer, ya que sola vivía, porque un gato feo no contaba como compañía. Sus padres siempre fueron muy religiosos y conservadores. A Paloma quizá le engañasen un poco más, pero a Eri no le colaban ni una y siempre que podía se saltaba sus obligaciones bajo la dura mirada de los que no entendían su libertad. Cogieron a Eri interna en un reformatorio para chicas en Sevilla, donde tenían unos familiares. Cuando cumplió la mayoría de edad se fugó y no la volvieron a ver.

Tercera colaboración. Eva Marín.

Como ya he dicho, os sigo animando a que me enviéis vuestras palabras a mi mail, andrea.tab12@gmail.com

Hoy contamos con la colaboración de mi amiga, Eva. Me acuerdo de la vez que fuimos a casa de Sara. Hacía muchísimo frío, e íbamos a tomar algunas copas allí. Tú dijiste que sólo te quedabas un rato. Creo que te pregunté dónde vivías, y me sonó lejísimos. El caso es que unos meses después, cuando quedamos todas a ver el partido de fútbol y luego salimos, descubrimos que hacíamos un buen equipo.

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Os dejo con Eva, que también tiene un blog, muy interesante.
aquesabenlaspalabras.wordpress.com

¿Oscuridad?.

Se amanece en la mañana de siempre. Oscuridad.
Ropajes húmedos, el alma seca, la cama dura.
El cuerpo metido en el frío, busca consuelo en la almohada
y el sol que se cuela al alba, no calienta. Oscuridad.

Y observa, y piensa, y busca, y por fin despierta.
Las golondrinas no añoran su nido, y de los mirlos
escucha el canto, y el danzar del riachuelo. Con el día
ve todo nacer, y al olor de narcisos, también él despierta.

¿O acaso sigue durmiendo? Sueña poesía.
¡Cambiemos por manjares el pan de ayer!
Es mentira. Se abraza, se siente, se enfría.
Llora sin lágrimas, recuerda amores, canta poesía.

El sol por fin bajo las sábanas le encuentra. ¿Oscuridad?
Blanco uniforme suyo que se torna rallado a la luz.
A través de la ventana escapa la Libertad, sola,
que acompaña el llanto del preso. Oscuridad.

NO QUIERO CREÉRMELO.

No me creo que haya gente que al menos no crea en nadie o piense que alguien cree en ellos. No soporto que en este país las personas que están remando se sometan al remolino de fuerza que los lleva a hundirse sin remedio, y encima sin saber a cuento de qué. No entiendo porqué jóvenes emprendedores no tienen trabajo, personas que se han preparado durante muchos años para estar pidiendo trabajo ya de cualquier cosa. Porque el sueño que emprendieron cuando comenzaron a hacer lo que más les gustaba se ha roto al tener que supeditar la libertad a la de otros que manejan el barco a su antojo. Que esto parecen las galeras, y si no sabéis que es que te condensasen a galeras buscadlo porque la situación no es mejor que la de ahora. No soporto ver cómo en la universidad te hablan de grandes valores, te animan a ser un grande en el futuro y lo primero que hacen es cortarte, en algunos casos no en todos, las alas para que te estampes y caigas al mismo agujero al que se está yendo todo esto que otros con cariño construyeron. Me enfada que por otro lado den la oportunidad de recuperar horas perdidas de clase y que muchos salgan huyendo como hacen otros tantos metiendo la cabeza bajo el ala al ver la que se nos viene encima, que lleva ya bastante con nosotros, porque prefieren estar en casa no sé haciendo qué. Y me da igual que sea aprovechando el tiempo, porque se supone que tú has elegido una carrera porque el sistema educativo cree que eres lo suficientemente maduro como para saber qué puedes hacer o qué quieres, para que en un futuro seas alguien de provecho y sobre todo ÚTIL para el mundo.

Porque las personas tienen que ser útiles, tenemos que serlo unos con otros, ayudarnos y entendernos y no montar la guerra, que con una civil ya fue suficiente. Que has elegido TU carrera porque te gusta, porque la disfrutas, porque esto ya no es el colegio y no has tenido que escoger entre ciencias o humanidades. Porque claro que yo soy la primera que preferiría estar en mi cama leyendo tranquilamente o pasando apuntes o haciendo cualquier otra cosa, pero no, yo sé que tengo una responsabilidad primero conmigo misma, y después para con los demás. Y no es justo como tantas otras cosas que están pasando y que a nosotros no nos está importando.

Odio profundamente a todos aquellos que hacen como que no pasa nada, como que no han despedido a miles de profesores, como que no van a quitar filosofía de las aulas, y van a crear una generación de borregos. Porque yo doy gracias, doy gracias por haber podido cursar una asignatura en la que se me ha brindado la oportunidad de pensar quién soy yo y cómo actúo frente a mi realidad. No desprestigio el resto de asignaturas ni mucho menos, todas tienen su función pero no creo que la solución sea aumentar horas de matemáticas en detrimento a las horas que se quitan de filosofía. Y todos aquellos que piensen que está bien, que no importa, que así muchos otros no tendrán que estudiar esa ‘asignatura’ porque era aburrida estarán equivocados. Puede que fuese aburrida, pero parad un segundo, pensad, y si lo hacéis preguntaos porqué.
La educación, sea del tipo que sea, debería defenderse y no ser lapidada, como está ocurriendo ahora.

Yo no digo que el mundo deba ser maravilloso, ni que todos vivamos en amor y compañía, porque para mundo ideal ya podemos viajar al de Alicia en el País de las maravillas, y os aviso desde aquí que ya han anunciado recesión y que el sombrerero por fin se ha vuelto loco y no solo en la cabeza de Lewis. Solo digo que podría ser más auténtico si nos quitásemos la mentira de encima, y se nos dijera cual es la realidad que nos la parecen dar con cuenta gotas maquillada con los resultados de los partidos de fútbol. Que hasta el deporte se ha metido en otros ámbitos. Y con todo el respeto del mundo, qué hace Sergio Ramos escribiendo un libro. De verdad que me parece estupendo que alguien se anime a coger un libro, pero esto qué es. ¿Podemos llamar libro a lo que ha escrito Sergio Ramos?, entonces ”Tiempo de silencio” de Luis Martín Santos, ¿Qué es? ¿Un súper-libro? Pues claro que lo es, pero lo de este señor no merece la categoría que se la ha dado. Y es que parece que aquí ahora cualquiera puede sentarse a escribir un libro. Porque muchos decís que si el fútbol fuese fácil, se jugaría a las cuatro y media a la salida del colegio en un descampado. Pero si la literatura fuese sencilla, se llamaría propaganda.

Me desespera que el amor se esconda. Me pone furiosa que las personas se hagan daño continuamente, que pasen buenos momentos con otros y que a las veinticuatro horas pregunten aquello de, ¿te conozco?. Me pone negra la cuestión de azar, el ser la vida tan arbitraria el no saber dónde vamos a acabar. No me gusta empezar a querer y tener que dejarlo porque la otra parte se ha ido de fin de semana a París con otra persona y me ha mandado recuerdos. No me hace gracia pensar como cada día muchas parejas se rompen porque a veces lo difícil es darte cuenta de que amar no es fácil, que cuesta y que cuando comienzas a hacerlo eres tú solo claro, pero también dos. Y que comienzas a tener cuatro ojos en lugar de solo un par, y de que a lo mejor no llevas gafas pero te das cuenta de que sin ellas te faltan algunas dioptrías.

Me duele ver cómo gente muere todos los días en accidentes de tráfico por culpa de alguien que cuatriplicaba la tasa de alcoholemia. Cómo estás personas que pierden a sus hijos se levantan y ven que ya no están. Cómo alguien puede dejar a su hija en la boca de un metro y recibir una llamada de teléfono ya entrada la madrugada diciendo que no va a volver a verla más porque ha muerto asfixiada en un túnel de una macrofiesta. Porque a los del Madrid Arena debería caérseles el pelo a todos, deberían irse a dormir pensando que una chica que quería ser abogada ya no lo será, que una que sus amigas consideraban pilar fundamental ya no está y la casa se viene abajo, y de cómo otra que estudiaba químcias ya no dará clases a mis hijos, que vendrán enfadados porque no entienden los compuestos inorgánicos.

Porque parece que nadie toma cartas en el asunto, que no hay responsabilidades, y que todo es un gran problema que parece que nos ha sentado mal. Pues es verdad, no vamos a negarlo. Pero es la vida, y en lugar de remar todos a destiempo y mal deberíamos empezar a saber dónde esta el norte. Y empezar a impedir que gente se suicide porque pierden el hogar donde han criado a su familia, lugar donde guardan sus mejores recuerdos. Y no me importa que mis palabras huelan a demagogia, ni a indignación. Estoy enfadada y creo que debo expresarme, que para eso tengo voz, aunque parezca que no tenga ya ni voto.

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Segunda colaboración. Marcos Rodríguez Castillo.

Os sigo invitando a que participéis en la semana de las colaboraciones, recordándoos mi correo: andrea.tab12@gmail.com. Ya sabéis cual es el formato: fotografía, texto y canción. ¡¡No esperéis más!!

Hoy os traigo a una persona que no tiene presentación. Es increíble como un chico pegado a un iPad, que se apoyaba en la pared sin hablar con nadie ahora haga un curso de escritura conmigo, y que me haga reír tanto, hasta el punto de llamarme la atención porque no le gusta que me pare en medio de la calle, él siga andando y yo esté por el suelo, sin poder hablar. Gracias Marcos. Tú lo sabes.

Marcos es genial escribiendo, y no lo digo porque sea mi amigo, que claro, pero es que consigue llegar, que es de lo que se trata. A mi me recuerda un poco a Paul Auster, y a una señora del curso que he comentado a Albert Spinosa. Pero yo creo que no. Que simplemente es Marcos Rodríguez Castillo, y para los amigos, es decir, Lola, ‘cosita monísima’.

DISFRUTADLO.

PD. Él me pidió que subiera una foto en la que pareciese que lo pasábamos bien, y he encontrado ésta.

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Un cuento de Navidad

Debido a ciertos asuntos, me encontraba yo la otra noche en la calle Gran Vía, esperando a que una joven se dignase a aparecer en el lugar acordado. En esto estaba, cuando un hombre en el cual no había reparado se acercó a mí y me pidió fuego. Le dije, como es cierto, que no fumo, a lo que me respondió “¿Ni siquiera en Navidad?”. Al despedirse, quedé pensativo. Repasé las palabras que me había dicho y las hallé ambiguas. ¿Se refería, acaso, a si ni siquiera fumo en Navidad? ¿O a que ni en esta época soy generoso y me escondo tras una mentira? Ambas interpretaciones me asustaron, y, como no pude responderle en aquel momento –ya había transcurrido demasiado tiempo desde la despedida–, tomé por satisfactoria la simple reflexión. Alcé la vista, hacia las luces de estética discutible que adornaban la calle. Pensé que no reflejaban realmente la realidad de Madrid, puesto que representaban un conjunto de edificios esquemáticos más propios de Nueva York, por poner un ejemplo. Quise encontrar alguna relación entre esas dos ciudades, infructuosa tarea hasta que miré la propia Gran Vía; única semejanza a simple vista. Observé atentamente a las personas que caminaban por el lado de la acera en el que yo me encontraba, tratando de descifrar aquello del espíritu navideño, a pesar de que lo intangible rara vez se capta en rostros ajenos. Rechacé la visión anticonsumista tradicional de la Navidad, para poder desarrollar la mía propia. En este discurso me hallaba, cuando llegó a mí un olor que me hizo buscar su fuente, un puesto de castañas que estaba a cargo de una mujer de avanzada edad y rostro agradable. Le pedí un cucurucho –así se llama la ración individual– y pagué de muy buena gana. Con las manos por fin calientes, retomé el punto en el que había dejado el pensamiento aquél. Entendí, en ese momento, que la Navidad significaba más que compras, además, parece que las épocas hay que marcarlas con ciertos elementos propios que las caractericen. No sé si
eso deja en buen o mal lugar al que necesita luces para distinguir las estaciones. Dichas luces son un símbolo, pero no necesariamente del consumismo, sino de la época en sí. La arbitrariedad de este hecho me llevó a pensar en las diferencias culturales y en que soy hijo de mi tiempo y país, como los rostros alegres de quienes caminaban junto a mí. Ellos, seguramente, verían la Navidad como un tiempo de felicidad, familia, regalos y buen ánimo. En mi caso, es cierto que las luces me ayudaron a asimilar que ya era el último mes del año, pero no veía normal que la Navidad fuera causante de un comportamiento diferente al ejercido durante las demás estaciones. La virtud es virtud cuando es un hábito, no cierto hecho aislado, por lo que la generosidad en invierno no convierte a quien la practique en generoso. No quise deprimirme, de modo que dejé de lado la felicidad, los regalos y el buen ánimo, además, de vuelta a la Gran Vía, me pareció distinguir a la joven que me pedía disculpas por retrasarse. Mirándome, preguntó qué me sucedía. Que no sé si vuelvo a tener espíritu navideño, si es que ya lo tuve o es que nunca lo perdí, dije.

Primera colaboración. Luis Fuente Pérez.

Como ya dije en Twitter, esta semana contaremos con una serie de colaboraciones. Podéis enviarme desde poemas, a microrelatos, pasando por historias o anécdotas. Lo que queráis contar con palabras. Enviádmelo a mi correo: andrea.tab12@gmail.com. Debe ir con una fotografía y la elección de una canción que os guste.

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Hoy os presento a mi amigo, a mi amigo Luis. Despistado, estudia escuchando ópera, y me encanta oírle decir: ”Es una maravilla, una maravilla”. Es una de esas personas que sienten las cosas, porque éstas pasan por él. Y no Luis,no cambiaré mi opinión sobre Gabo, y sí, llegarás a hacer grandes cosas. Viva la generación de los tres. Os dejo con la estupenda voz de este poeta. Porque tiene todo lo necesario para estar en el Parnaso. Espero que sigas dándole a tu pelirouge muchos años la lata.

Se trata de un ciclo de tres poemas. Puedo presumir de haber visto nacer a uno de ellos.

CICLO DE INSTANTES

Instante primero

No existía la clave del momento
pues yo hundía las manos en tu escarcha.
Tú sonreías, luna a ciegas. Ambos
suspendidos a un labio de distancia.

Volcamos los segundos. Solo ardía
mi voz negra hacia graves dentelladas,
que buscó, sin más norte que la ausencia,
tu sonrisa de mimbres de albahaca.

Y a jirones, templada en agonía,
susurraba entre nubes tu mirada
anhelando a mis voces por tus labios
dos únicas y sólidas palabras:

«Calla, bésame y calla». El silencio
lo prendiste de una hoja; luz en llamas.
Tu mirada en los párpados oculta,
tu mirada y mis últimas palabras.

Instante segundo

Nunca. Jamás encontrarán la huella
de mis sienes ardientes en tu cuerpo.
Nunca entenderán qué latido intacto
palpita siempre ciego, quedo y hueco.

Los otoños aguardan, disecados
por el sueño vertido de tu acento,
mientras yo callo; el mundo en diez líneas
labrado en el estigma de tu pecho.

Respiraciones que aniquilan, labios
codiciando incansables tu desierto.
Los otoños aguantan en su espera
sin querer devolverte de tu sueño,

tu sueño de corales abrasados
fluyendo limpiamente entre mis dedos.
Yo absorto entre un instante que perdura
y otro instante que olvido sin remedio.

Instante tercero

Ningún cielo creía que importara.
Ni un mundo preguntó. Nadie buscando.
«Mejor para nosotros» pensé al viento
y una aurora chocó contra mis manos.

El vaivén de los álamos disuelve
los sarmientos de luz amalgamados.
Es tu espalda su tierra y ellos causa
de que suelden las horas de mis años.

Sin estelas de mares ni de angustia
cien nenúfares gimen en tu abrazo.
La luz sufre, tú invocas lo que suena
una nana de estaño, quizá acaso

un vacío irredento de nostalgia
o un diluvio en los lindes de mi espanto.
No sé… yo escuchaba sin oírte, pues
moría en el rompiente de tus labios.

Relato corto. Tercera parte. ”Sin respuesta”.

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– Creo que voy a dejar de escribir durante un rato. Creo que es basura todo lo que sale esta tarde de la dichosa máquina de escribir. Palabras antiguas y usadas que no me dicen nada, como mis excusas. Todo gastado. Sin valor.

Estoy seguro de que dije algo así, y si no, me juego unas cañas en el bar de Tirso con Santa Ana. Aquella tarde la luz me pareció más transparente que nunca. Mi piso estaba vació y en el balcón tan solo estaba yo con mis patillas, mi pelo despeinado y mis gafas. Laura no se estaba quejando porque yo fuese demasiado alto, porque no estaba. Reinaba el silencio. Si hubiera estado, hubiera estado tocándome por detrás del pelo, convenciéndome de ir a dar una vuelta por una ciudad cuyos muros se me echaban encima. No lo soportaba más, por lo que le llamé.
Nunca tuvimos conversaciones realmente comunes. Bueno la verdad es que sí, pero es que es tan diferente, que creo que todo lo que toca se convierte en algo que solo los que realmente ella quiere que entremos en su mente, pueden ver. Sé que son imaginaciones mías, que soy un romántico, un bohemio, un galán, un ‘creo que en breves empezaré a cantar soy un truhán, soy un señor, amo la vida, amo el amor’. Pero hablas con ella de nada, y estás hablando de todo. ¿Qué más podía decir?
Cogí mis botas del armario, las que parecen de militar retirado dando de comer a las palomas en el parque del Planetario, junto a un fusil cargado y un palillo en la boca. La gorra negra del Che del Rastro, el jersey grande verde, los vaqueros desgastados que por alguna razón que no llegué a comprender estaban tirados detrás de la estantería, tabaco de liar, mechero y al ascensor.

-Macho, ya no eres lo que eras. La ciudad está en contra, porque el corazón de Laura no quiere ni oírme. Ella late por Madrid.

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Relato corto. Parte dos. ”Sin respuesta”.

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– Dime. ¿La quieres? ¿Qué quieres con ella?
– Te he dicho… que yo sólo quiero estar contigo.
– Si sólo quisieras estar conmigo, no buscarías trozos de mí en otras. ¿No te das cuenta? No puedes quererme, ni podrás querer a ninguna. Porque tú… no sabes querer.
– Quiero estar contigo.
– Sí, pero tú no me quieres.

‘’Wayra nació bajo la tercera luna de febrero. Sus piernas eran fuertes y robustas, acompañadas de un par de tatuajes tribales. Al lado de la cueva, junto a la cascada, sus antepasados habían ido construyendo un pequeño poblado cerca del cementerio de elefantes. El gran brujo de la tribu anunció el día de su nacimiento que llevaría al pueblo a la desgracia, por eso decidieron que su alma podrían dedicársela al sol, para ahuyentar las desgracias y mantener alejadas a las fieras. El día que cogieron al niño Wayra y lo subieron a la pequeña barca hecha con cáñamo, que crecía en la orilla, no pudieron oírse gritos desgarrados de una madre. Brazos rotos de dolor extendiéndose para abrazar la delgada línea que le separaba de la tierra. Los Utskauol no amaban y no lloraban a sus muertos. Nacían, si sobrevivían era un milagro. Trabajaban la cerámica, a partir del rico barro que encontraban en las fuentes naturales cercanas a la gran explanada.
Pescaban río abajo, siguiendo el camino que la fuerza de la cascada había surcado desde tiempos remotos. Ni si quiera los antiguos conservaban leyendas escuchadas. Prosiguiendo con la historia, pusieron al recién nacido entre flores blancas y anaranjadas, de una belleza singular, lo exótico es maravilloso cuando arde. ‘El niño será muchacho, joven que traerá desgracia, destrozará el sistema que nos une hermanos, veremos nuestra tierra devastada. Vuestras casas de los árboles perecerán, caerán bloqueando el gran río. Debe morir, y nosotros vivir’. El brujo esparció cenizas de los muertos, hojas trituradas del árbol más alto y la pequeña balsa se alejaba… Un viento atroz se levantó. No es común que suceda esto en un lugar donde el hombre moderno jamás entró, sólo los hijos de la tierra que jamás salieron. El recién nacido cayó al agua, y todos se dieron la vuelta para volver a sus tareas. Menos una persona, que ofreció unos segundos de una vida sin enmarcar en el tiempo feliz.
Los ojos como platos, un sudor frío que invadió a Minhra. Su hijo iba a morir, y ella no podía hacer nada para salvarlo. Ni si quiera el padre, Jafgo lo entendía. Ella sabía que había algo en el poblado que podía olerse, pero no verse, tampoco tocarse. Todos aquellos que veía cada día, tenían los ojos un brillo especial en la mirada. Nunca hablaban de lo que sentían, pero ella sentía un quemazón por dentro. Lo sintió cuando compartió la noche con el padre del hijo al que estaba dejando morir. Fue ritual, doloroso, incomprensible. Ella no sintió nada, y se perdió en el vacío porque cuando hay un hueco sin rellenar, todo se llena de incógnitas.
Cuando los segundos se consumieron en el fuego de la hoguera, siempre encendida en la parte alta de la caverna, pareció que todos los pájaros de la selva se habían reunido en un punto muy concreto y habían salido disparados, como un manotazo del dios que todo lo poblada, que todo sabía, que nadie conocía. Un llanto que salió de las entrañas del mundo sonaba, bajo la sorpresa de todos. Nuatle uno de los subordinados del gran Ismcán llegó corriendo muy sofocado, entre gritos de pánico. El dios Ijuque había vertido su ira sobre el pueblo, castigándole. Si cruzabas los árboles en dirección al sur, unos noventa pasos, un gran círculo se abría entre los árboles. Dentro un mar de círculos espaciados, frondosos árboles cortados, humo alrededor y máquinas de los infiernos… ‘’

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Hoy voy a decirlo: ¡cómo me amo! Y tú ya no puedes hacerme daño.

Relato corto. Parte uno. ”Sin respuesta”.

Fue entonces, y solo entonces cuando el indígena se cruzó con la bestia y reflejado en esos ojos rasgados por la rabia, supo por fin donde quería que reposase su alma. Bajo sus pies, en la tierra, en las raíces… en las hojas mojadas por el rocío de la mañana que cubrían las piedras del suelo. De pronto la escena se ve interrumpida por un disparo, que hace que un enorme grupo de pájaros multicolores ajenos a la escena, salieran volando hacia unas ramas más tranquilas, o quizá hacia otros estados más cercanos al sol.
Enfoquemos cuidadosamente, el realismo de la escena depende de ello, e intentemos describir al salvaje imbuido en esa torpe realidad. Es cierto que por aquel entonces yo no sabía mucho de la vida, salvo lo que ponían los papeles enmarcados en el despacho de abogados de mi padre. – Mi hijo es antropólogo-. Yo sé que no lo decía con mucha convicción, después de todo el era el ilustre y yo ni si quiera tenía un rayo de toda la fuerza que irradiaba su corbata verde que gritaba: Cuidado conmigo. Por aquel entonces yo había terminado mis estudios, creo que me estoy repitiendo un poco, y había empezado un máster en cómo destrozar a tu pareja. Laura y yo llevábamos varios años saliendo, podríamos decir que desde la napolitana con chocolate y el café con leche- ¿Me podrías poner dos bolsitas de azúcar más?- Sí claro, cómo no-¿No te gusta lo amargo?- No pretendo ser dulce. Más o menos empezamos así, en la cafetería de Humanidades. Ella estaba de visita, estudió Psicología, venía a ver a Rocío, una amiga suya que estudiaba lenguas de no sé qué. Nunca me enteré bien de lo que estudiaba porque cuando hablaba con ella lo hacía en su cama, borracho y medio llorando porque Laura y yo habíamos discutido y había ido a buscar calor donde más frío encontré. Es normal que se acabase enterando, sobre todo porque creí necesario contárselo. Soy un idiota, pero hasta yo mismo sé dónde están los límites.

Cernu (24)

Unos ojos enormes miraban con descaro al tigre, desafiando a las rayas, que aunque éstas se encontrasen nadando en el mar, bastante alejadas de donde se encontraban, eran más nítidas que nunca. Sí que es cierto, que había creído morir cuando vio esa fila de dientes apuntando directamente hacia su corazón, pero el tacto de la lanza de madera en su mano le devolvió del mundo de los muertos, aún seguía vivo. El disparo no había marcado un antes y un después, únicamente había introducido un elemento más, la figura del cazador que sería cazado. Dicen que la selva, es para los hombres que llegan a fusionar su espíritu con el de las entrañas de la tierra, conectando desde cualquier punto del planeta con el extremo más alejado de los vientos del desierto. Por eso dicen que el resto debe conformarse con lo duro del asfalto y el calor de los monstruos metálicos, algunos también de carne y hueso, y que para enlazar con el mundo, que es su propia vida, necesitan de un dispositivo electrónico. Y yo me pregunto, ¿es que no hay mejor canal de comunicación que la lluvia?

Palpitante, que palpita.

I’ll find my way through night and day, cause I know I just can’t stay…Here in heaven.

Time can bring you down, time can bend your knees.
Time can break your heart, have you begging please, begging please.

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Podrás tocar el árbol, sin
convertirte en madera.
Porque unas ramas, que
son tus brazos, intentarán tocar
el cielo, pero lo más cerca
que estarán de conseguirlo, será
bajo tierra.

Podrás hundir tus dedos en la piedra,
sin lograr echar raíces.
Caminar, adentrarte, hundir tus pies
en el agua, que
el sol caliente tu frente, y
tengas que apartarte el pelo
de la cara… para entender que
no llegarás a ser horizonte.

Podrás, querrás…amar, pero quizá
no lo consigas. Porque es difícil sentir
que alguien, en un lugar del mundo te deja
ser.

Sin embargo te digo, que si logras
atraparlo… tendrás aquello que abre
las puertas de lo que
no puede tocarse. Ya que
tiene vida propia.

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Cernu (21)