Problemas de autoría.

Aquella caseta del Retiro le llenaba de alegría todas las primaveras. Memorizaba los sonidos. Dese el primer pájaro que escuchaba al sentarse en aquella silla que chirriaba contra el suelo, hasta las lenguas que mataban a los helados del puesto contiguo. Cuando llegaba allí, se frotaba las manos, miraba al frente y veía otra, unos libros para niños, que en ocasiones le hacían soñar y regresar al mundo del que un día escapó. El caso es que, ese día su mujer, Ana, le había hecho un par de bocadillos, que luego acabarían en la basura, cuando Ricardo, su representante le invitase a un par de cervezas y empeorara su caligrafía a la hora de firmar libros. ¿Cómo decirle que no a un hombre de cincuenta años que tiene por hobby coleccionar fotografías en blanco y negro? Alguna vez llegó a preguntarse si realmente veía en esos dos colores. Otro día cuando coincidió con un colega suyo, le contó que estaba enfrascado en un artículo, era muy interesante, al menos así se lo parecía a aquel compañero de profesión. Era sobre un hombre que solo podía captar el blanco y el negro, dejando a un lado el resto de colores. Pero un buen día algún iluminado tecnológico de los que hay ahora, que cuando pisas el suelo, salen corriendo, le instaló un chip en la nuca. El invento no era otro que este hombre, que vivía anclado en las primeras televisiones, con los dos rombos incluidos, al tocar las cosas sentía su color. ¿No es precioso? Le dijo el artista. Sí, la verdad es que sí que lo es. Tocar una cosa y sentir como cobra vida.
Era una mañana muy aburrida, asique decidió decirles a los colaboradores de la editorial que iba a salir a dar una vuelta. Más bien a darle una vuelta a su mente. Acababa de publicar un libro, sí. Había sido un gran éxito. También. Pero tenía miedo de que los personajes que iba dejando atrás saliesen algún día de las páginas. Algunos enfurecidos, otros agradecidos por el aspecto físico que les había proporcionado, dibujado en su mente, escrito en el folio en blanco de su escritorio. Asique tenía un pequeño secreto. Los iba apuntando cuidadosamente en una libreta que le regaló su profesor de Historia en el instituto. Por orden de aparición en el mundo de sus ideas. Todo comenzó cuando se dio cuenta de que la Residencia de Estudiantes, se encontraba a tres paradas de metro de su casa. Y se pasaba allí las tardes. Pensando que por ahí habían pasado grandes escritores, algunos gritaron muy alto y a otros les silenciaron la voz. Bueno, pues allí, junto a aquel árbol, cerca de la pared llena de grafitis con aquella margarita impasible al paso del tiempo y las estaciones nació Eva. Era despistada, con un aire como de otra época. Con el cabello largo, largo miel, unos ojos negros enormemente penetrantes. Tenía manos de pianista y se comía las uñas. Lectora imperdonable, amate secreta de Espronceda. Así la pensó, y así la plasmo en su primera la novela: ‘Canción sin letra para ti’. Tuvo éxito, aunque los críticos la tacharon de ‘Estrafalaria y rebuscada, pero algo brillante’.
A medida que caminaba e iba inmerso en sus pensamientos se chocó con una muchacha. No llegó a verle la cara pero le recordaba mucho a alguien. Sobre todo ese olor a mar. Ese olor que no se podía quitar de la bufanda en invierno y del cuello en primavera. Ese olor que parecía sumergirte en el susurro de una caracola de una isla perdida. El olor a amor de verano, amor en un puerto.

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Salió corriendo detrás de ella. Estaba seguro de que era aquella chica con las manos llenas de anillos, cada uno a su estilo, que venía siempre, en primavera. Era la que esperaba la cola interminable, la que aguantaba que los lectores con hijos le electrificaran el pelo con los globos que regalaban de publicidad a lo largo del camino de los libros. Era ella. La que le pedía siempre: ‘Dedícamelo…para mí. ‘
La buscó entre la multitud, pero no la encontró se había fugado, con un punto en el horizonte que queremos alcanzar, pero nos damos cuenta de que no existe, porque a medida que avanzamos se aleja más, y más cada vez. Era ella. Respiró.
Volvió a entrar en la caseta y estaba Pedro, su asesor de imagen esperándole. Se alegró de que Ricardo se hubiera ido a casa.
– Han llamado de la revista. ‘Tócala otra vez, Sam’ ya está en imprenta. Sale en el número del sábado, al final, como siempre. Quieren que escribas algo agresivo la próxima vez, quieren hacer un número político con fuerza. Te envían las fotografías la semana que viene.
– De acuerdo.
– Entonces empezamos, vamos a abrir ya. La pluma con tinta negra está preparada al lado de la pila de libros. ¡Vende mucho, campeón! Tiene pinta de que hoy va a ser un gran día.
Perdió la noción del tiempo. Preferiría seguir dando un paseo y pensando en un mundo que no es de esta tierra. Sonreír, escribir, mirar al cielo haciéndose el interesante, poner algunas citas, o frases de alguna de sus obras que recordaba con cariño, y coger ese cariño y ponerlo por escrito en un ‘Un saludo’, ‘un beso’, ‘recuérdame’….
Se preguntó, desde cuándo la literatura es tan mecánica. Tan comercial. Bueno, sin la parte comercial no existiría mi casa de Cabris en la Costa Azul. Se regañó así mismo. Era un pretencioso esclavo de las letras y amante con rosas por detrás.
Y llegó su turno.
Era ella, estaba segurísimo.
– Dedícamelo…
– …Sí… ‘Para ti’. Terminó.
– …Sí. Se sonrojó.
– ¿Quién eres?
– Un recuerdo.
Una vez firmado salió corriendo y la perdió la pista.
Se le volvió a escapar, otro año más. ‘Hay que ver cómo vuela la primavera, y qué pronto llega el invierno…’ se dijo.
Era siempre la misma historia. Ella salía corriendo, él la llevaba ahí, en su mente y salía disparado tras ella. Once años igual, la misma historia. Perderla entre la multitud. Pero aquella vez fue distinta. Porque la agarró del pañuelo de tonos morados con imágenes chinescas que llevaba puesto. Lo que no contó, fue que ella siguiese corriendo sin parar a recuperarlo.
Asique, si fue distinta, pero la misma historia. Se había enamorado de ella. No sabía quién era, no sabía su nombre, tenía un pañuelo en la mano. Y nada más.
Pasó un año. Impaciente la esperó en primavera. Cuando las flores aparecen y nadie sabe porqué.
Pasó otro año. Y allí estaba ella. Con su libro en la mano. Como dando saltitos con los pies, y una gran gabardina que ocultaba sus intenciones respecto al mundo. Rebeldía sin mediar palabra, estaba claro. Le llegó el turno. ÉL TENÍA El tenía el pañuelo bajo sus libros en su rinconcito del están. Se agachó a cogerlo.
– Esto es tuyo.
– Gracias, un día el viento me lo arrancó y tardó dos años en dármelo.
– ¿Quién eres?
– Eso no es importante. La cuestión es… ¿Quién eres tú?
– No intentes confundirme.
– Carlos, Carlos Montuí. Ese eres tú.
– ¿Y entonces tú?
La apretó fuerte las manos, y la tinta de alguna pluma que los separaba comenzó a fluir, como un río, cada vez más, cada vez más fuerte a su paso por la montaña…
– Soy tu canción del pirata…
Y desapareció.

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