Segunda parte. ”El amor en tres palabras”.

Anita se puso la mano en el corazón. Le dio la vuelta al sobre que antes había guardado aquel secreto. Se trataba de una carta desde el frente, cuando el amor se jugaba en tiempos de guerra. El abuelo, se había estado carteando con una muchacha, probablemente la de la foto. Leyó un par de cartas más que estaban por ahí. Descubrió que la joven se había marchado dejando a su abuelo solo, en aquella casa, con un muchachito pequeño para irse a la guerra, a ayudar a su país. Ella era norteamericana y en Vietnam se jugaban mucho. El caso es que era también enfermera, aparte de ser madre en sus ratos libres y la llamaban de allí. No era cualquier tipo de causa, si no LA causa. Había paquetes por todos lados, muchos periódicos de aquel tiempo y una tarjeta de un club donde probablemente se conocieran. Todo estaba lleno de polvo y quizá el corazón de su abuelito también. Con lo cual organizó sus ideas, se sentó en aquel diván de cuero berenjena y pensó…pensó fríamente y durante largo tiempo. Quizá hubieran discutido por algo que ella pensaba que era importante. Alomejor había dejado aquel continente para encontrarse más cerca del que huele a vainilla y había dejado obligaciones allí.

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– Anita, ¿dónde estás? Ya no queda leña en la chimenea, y tengo algo de frío… ¿Podrías venir?
Tenía una voz grave, y algo cascada por el tabaco, pero siempre era como abrazar a alguien que siente realmente las cosas. Se quedaba confortada cuando lo hacía. Cuando le preguntaba por su padre y este cerraba los ojos. Las arrugas de su cara parecían rejuvenecer y suspiraba un: ‘Seguro que está bien’.
Pero ella no era ninguna niña pequeña. Había crecido de golpe. Sabía que se habían separado, que su relación estaba coja y que papá se había ido a otro país con una mujer y con sus hijos, mientras mamá descansaba en la habitación de arriba, sin hacer ruido, como su alma.
Su abuelo y su madre nunca se habían llevado bien, pero cuando Félix adoptó aquella postura de vividor, Alejandro aceptó a Marga, como quien acepta una tormenta de invierno en pleno verano. Se vio identificado en aquella mujer de largos cabellos azabache.
Anita recogió todo aquello y procuró cerrar con fuerza la puerta, como si diese un cerrojazo al pasado para procurar que se acabase por fin.
Bajó corriendo las escaleras, cada día se le daba mejor, y había estado practicando como bajarlas apoyada en la barandilla, incluso sin pies, como si fuese un tobogán o la lengua de un caracol. Este último punto no lo tenía muy claro, pues no sabía si los caracoles tenían lengua o no, pero estaba segura de que los camaleones sí.
Se dirigió hacia su abuelo y le dijo al oído:
– No te preocupes. Somos felices mamá tú y yo. Te quiero mucho. Nada importa ya.
Y así es como se resume el amor que aquel día el pie derecho con el que se levantó quiso trasmitir.

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