Segunda parte. ”Amor sueco”.

Él estaba sentado en el sofá blanco, muy pensativo. En pantalón de pijama y sin camiseta. Como haciendo yoga, con los ojos totalmente cerrados y una expresión seria que pronto hizo su mudanza.
– Buenos días princesa. Ahí tienes todo. Zumo, galletas de arándanos y algo de ropa en la silla. La tuya de ayer estaba bastante… bueno, ya sabes.
Ella se rascó la cabeza. ¿Cómo podía aquel hombre que apenas conocía saber todo lo que a ella más le gustaba para desayunar? Al ponerse aquella ropa, se asustó un poco. Todo la quedaba precioso. Era un conjunto de pantalón blanco de cintura alta y una blusa morada muy vaporosa. Un collar dorado y unos pendientes a juego. Sin contar el anillo que soñó una tarde en su mano desde el otro lado del escaparate.
-… ¿Cómo sabes todas estas cosas?
– Mira Valeria, yo no te voy a obligar a nada. Ahí tienes la puerta. Sé que no vas a entenderlo, pero yo te quiero. Me he enamorado de ti, llevo días buscándote en la noche, siguiéndote ahí donde ibas, preguntando en el trabajo por ti. ¿Ves aquella pila de películas que parecen de otra época? Son todas tuyas. De momentos robados.
El zumo cayó al suelo y ella se precipitó contra la puerta. Se quedó ahí mirándole antes de apretar con todas sus fuerzas, llamar al ascensor y salir corriendo de allí para llamar a la policía. Pero no lo hizo. Se acercó al mismo tiempo que él a la mesa y se sentaron a charlar largo rato. Era encantador, con un toque siniestro al final de la comisura de sus labios. Aguantó cerca de cinco minutos sentada. Se levantó. Él la miraba como si lo hiciera desde un mirador con unos prismáticos. En la lejanía.
– Ni siquiera sé cómo te llamas…
– ¿Acaso importa?
Ella le miró con ojos de ternura, vio la desolación en sus ojos y comenzó a besarle, primero con dulzura, y luego con rabia como si quisiera que ambos se fundieran por un momento en el infierno.
Cuando pudo reaccionar, estaba como la mañana anterior. En la cama. Pero esta vez su tobillo se resentía. Como cuando de niña perdió aquella competición de atletismo al saltar aquella valla y hacerse tanto daño. Una cuerda le sujetaba el pie fuertemente. Una llave enorme, como de cárcel en la mesilla de noche. Se apartó el pelo para poder ver bien todo lo que en la habitación había. Lo memorizó palmo a palmo. Estaba presa. Presa de un fuego que no sabía si ardía o la quemaba por dentro. La puerta tenía un cristal. La permitía ver el salón.
Pasó algo de tiempo. A veces la llevaba flores. Otras veces la sorprendía poniéndole ‘El conde de Montecristo’. Ambos reían pensando que ella era Edmundo, pero tras ese momento de complicidad, él la llevaba a ella hasta su cuarto en sus hombros, ella pataleaba y le arañaba la espalda, creyéndole hacer un daño interior. Llegaban a la cama y no podían resistir.

Hopper_Madrid

Semanas después, él la dejó poner la televisión. Cada semana era un logro distinto que ella esperaba con ansias. Unas veces eran libros, otras veces canciones… Hasta llegó a dejarla usar internet, pero todas sus redes sociales estaban bloqueadas. Pudo incluso llamar a su casa desde un teléfono desechable para que la policía que ya había anunciado su desaparición no la encontrase nunca. Siempre las mismas palabras de ‘estoy bien’.
Un día él llegó, la desató de la cama, la cogió en brazos y la tumbó en el salón.
– Me llamo César. Así me llamo.
Ella se pasó la mano por la frente. Él estaba impaciente, ella había visto esa expresión muchas veces en sus ojos. Le abrazó. Y se convenció. Definitivamente no tenía ese síndrome, el de Estocolmo. No tenía frío, en absoluto. Cogió un libro del montón de la izquierda, y se lo tendió.
– ¿Podrías salir esta tarde a comprar un par de ingredientes para el pastel de frutos del bosque? Creo que nos hemos quedado sin ello…
– Cla…claro.
Estaba muy sorprendida.
– Genial. Me tengo que ir a trabajar.
Cuando sonó la puerta y el consiguiente cerrojazo, Valeria le dio la vuelta al libro. Parecía nuevo. Pero sus letras eran antiguas. Pasó la mano por la portada. ‘Cárcel de amor’.

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