Primera parte. ”Amor sueco”.

Todo empieza con la historia de alguien conoce a alguien. Mantienen una relación alejadísima de las características de un Bécquer y cualquier chiflado que ahora lee a Moccia. Todo era tan pasional que asustaba. Ni la mismísima Elvira podría haber soportado tantas idas y venidas, y no es que el fuese un Montemar cualquiera pero era algo malo en cuanto a expresar sus sentimientos. Quizá un día se acercaba a su ventana le tiraba un par de chinas y le sorprendía con la luz de la luna reflejada en su rostro y una rosa que si te fijabas bien tenía en el último de sus pétalos una lágrima escondida.
Ella sin embargo sufría muchísimo. No la interesaba, era ese sentimiento de contradicción lo que la estaba llenando ahora. No sabía si quererle o destrozarle la vida. Pero no sabía. No sabía nada de nada.
Desde el primer momento en que la vio su corazón ardió en deseos de llevársela con él al fin del mundo proclamarle su amor y encerrarla allí donde nadie pudiese verla. Como un tesoro, una pieza de caza, un secreto familiar que algún viejo loco se llevó a la tumba. Algo así.
Comenzó a seguirla a todos lados. Tenía sus horarios, lista de amigos, gente con la que quedaba, color favorito, película favorita e incluso sabía qué número calzaba de pie. Se moría por dentro al pensar que los zapatos de mujer que acababa de comprar en aquella zapatería de la calle principal que tanto la gustaba la hiciesen el pie bonito, y se estremecía al pensar que no pudieran quedarla bien. Su psiquiatra le dijo en algunas ocasiones que no debía obsesionarse con la belleza de una mujer, que la belleza se busca en las pequeñas cosas, en la contemplación de aquello que pensamos como bello. Y que en un momento de rigurosa contemplación, desviamos nuestra atención hacia otro objeto y que en aquella comparación encontramos lo absoluto, es decir la belleza del momento. El caso es que él no se conformaba. Encontró su ocasión un día de verano cuando ella estaba en una terraza, con unas grandes gafas estilo Audrey Hepbourn, y un vaso de zumo en la mano, que solo con mirarlo te parecía sentir en la lengua la pulpa de unos gajos cortados con delicadeza.

Edward-Hopper

– Sé que usted es periodista, la he visto cerca de un millón de veces por la televisión y me encantaría invitarla a cenar en un restaurante no lejos de aquí mañana a las ocho.
– Bueno, todo es tan repentino… ¿De qué se trata?
– Oh, no es nada, simplemente un cuestionario urgente a rellenar para una cadena norteamericana sobre el impacto televisivo en la juventud.
Se sorprendió al haberse inventado semejante mentira.
-…Verá soy sociólogo, y… vengo de lejos para este trabajo, encargado por la universidad…y… bueno podemos maquillar el trabajo con alguna conversación sin interés…
– Vale, acepto, estaré un poco más tarde tengo que cuadrar la agenda…
La tenía. Ahora solo le faltaba el plan. Chaqueta de traje, unos pantalones algo informales vaqueros, quizá algo rasgados por las rodillas y su encanto natural. Toque de colonia. Sonrisa perfecta. Atrevida. Llegada al restaurante.
Y ahí estaba ella. Algo azorada, tocándose continuamente el pelo. Eso era buena señal seguro. Estaba increíble.
– Siento haber tardado tanto.
Él le hizo un gesto al camarero.
– ¿Quieres pedir algo de beber?
– Sí, por favor… Un Martini. Rojo.
Tan sugerente como sus labios pensó. Se apartó el mechón de la cara y la sonrió. Estuvieron largo rato sin decirse nada. Ella parecía que temblaba.
Otro gesto cómplice dirigido al camarero. Y al rato pasó.
– Lo siento muchísimo, no me encuentro nada bien, no sé qué llevaba ese Martini… lo he pedido millones de veces, estoy como atontada…
– No te preocupes. Te llevo a casa. Cambiaré mis planes.
Me quedo un par de días más por aquí.
Lo tenía todo más que atado. Re-atado. La tenía.
Al sentarla en el asiento de atrás de su coche, tras haberle dado una generosa propina al guardacoches, la tumbó con todo el amor del mundo y el cuidado. La puso su chaqueta de cuero helada bajo el pelo olor jazmín y un rizo le tocó la mano. Estaba eufórico. Pero se contuvo. La quitó los tacones rojos, y cerró la puerta. Tener la sensación de que ella realmente descansaba en la parte de atrás del coche era un alivio para su torturado corazón.
Llegaron a su apartamento, él la llevaba a ella en volandas, como recién casados, como si recientemente hubiesen dejado de amarse, pero se hubieran reconciliado poco tiempo después. Ella estaba desfallecida, como ida, veía todo borroso, pero de repente se durmió. A la mañana siguiente se despertó en una cama, casi desnuda, pero vio una camisa encima de una silla de mimbre en una lujosa habitación de un apartamento situado en las alturas. Se extrañó al ver que la puerta tenía varias hendiduras de cerrojos, pero daban al otro lado. Aun escalofrío la recorrió la espalda, compartiendo al mismo tiempo el tacto con aquella manivela metálica envejecida.
Tenía miedo de que el apuesto hombre con el que había quedado y ella, hubieran hecho algo de lo que ella misma no se acordaba. Se maldijo una y mil veces. Para una cita que me han pedido de forma original desde hace tiempo y lo echo a perder… ¿cómo he podido ser tan tonta?
– Buenos días…
Se quedó con la boca abierta. No lo recordaba. Aquel piso era como un inmenso loft. Era enorme, entraba la luz por todos los sitios, tenía numerosos ventanales que dejaban que la ciudad entrase dentro, muy dentro. Un apetitoso desayuno descansaba sobre una mesa muy moderna. El piso era como muy ecléctico, cosas de aquí y de allí, de antes y de ahora. Pero todo casaba a la perfección.

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